martes, 5 de enero de 2010

Pan y Flores.

Primer Acto I

Llegó a su balcón con las mejores intenciones de conquistarla. Toto llevaba una flor en su mano izquierda y un gesto de alegría en su rostro.
Dispuesto a llegar al corazón de su amada lanzó la primera piedra a la ventana. No hubo respuesta. Sin desanimarse tiró la segunda y la siguiente pedrada, para su fortuna las valentinas palomas de concreto bastaron para que su amada encendiera la luz de la habitación.

Ella encendió la luz y abrió la ventana de doble hoja. Junto al balcón había colgadas un par de estrellas.

Aquella mujer apenas había sacado su mano de la ventana solamente para saludarlo. Ese pequeño detalle sirvió para que Toto desvariara de felicidad, enseguida exclamó para ella las mejores palabras de amor y sólo consiguió para su sorpresa un exiguo ademan que ostentaba una mediana aprobación. Toto había caído en la cuenta de que tenía que esforzarse un poco más.
Entonces deslizó la palma de sus manos sobre su cabello, peinándose. Estiró un poco la tela del pantalón para después arrodillarse, cuando lo hizo un brazo yacía sobre su pecho y el otro lo elevó en el aire, mostrándole a su amada la flor que para ella llevaba.

Ante la poca atención que veía de aquella mujer, en su rostro dibujó una mueca que claramente ostentaba la incomprensión.

Se levantó de un tajo y tiró la flor al suelo, luego la piso una y otra vez hasta desojarla.

Se regocijó ante su cometido.

Toto se mantenía discurriendo de un lado al otro de la calle y no daba crédito al desdén que ofertaba ella desde su balcón.
Como era egocentrista y poco modesto con altanería mostró para ella las virtudes de su escueto físico. Le enseñó sus bíceps, tríceps y hasta imitó en un acto desaforado a Tarzán.

Nada de aquello funcionó, su amada con el dedo índice dijo No.

Él no se dio por vencido. Entonces le expuso sus piernas al instante que se las palpaba, luego movió en un vaivén con morbo su cintura mientras se reía. Tampoco resultó. De ella no tuvo respuesta.

Él enfadado se lamentó.

Para entonces al verse sin nada ya que mostrar de su físico recorrió desesperado con la mirada su cuerpo. Y cuando todo parecía perdido su mirada recayó en su zona trasera. Pensó que no era mala idea enseñarle el trasero, pero el problema era, ¿Adonde estaba éste?
Se lo buscó hacia lado derecho e izquierdo, incluso abrió las piernas para meter su cabeza en la entrepierna con el objetivo inútil de encontrarse con su trasero. Luego giró sobre su eje buscando el vestigio de su trasero perdido.

Entonces para acrecentar la burla ella lanzó de su balcón un pantalón en el cual se le habían quedado las nalgas.

Toto recogió el jeans y lo vio y comprendió que lo que estaba buscando lo tenía enfrente. Volvió a mirar su exiguo trasero y comparó para su sorpresa que el jean tenia más que ofrecer.

Luego los tiró.



Segundo Acto II


Entonces puso sobre su barbilla la mano derecha y empezó a fraguar el plan exacto que lo llevara a los brazos de su enamorada. Sin previo a viso ella apagó la luz, en un acto que amenazaba con la debacle del amor.

Corrió como desesperado con las manos en la cabeza. Ella volvió a prender la luz. Lo confortó.

Enseguida sacó de la bolsa del pantalón su celular y realizó una llamada hacia sus amigos, la misma que sólo duro un par de minutos. Luego colgó.

Optimista ante las palabras que recibió de la conversación se frotó las manos.

En menos de lo que se suponía hicieron acto de presencia sus amigos acompañados con una caja que uno de ellos cargaba. Caminaron hacia Toto y lo abrazaron, apoyándolo. Luego se prepararon y se alejaron un par de metros, dejaron en el suelo la caja y de ella sacaron una grabadora y al momento la encendieron.

Mientras que con el dedo índice les mandaba una par señal de complicidad sus amigos, Toto empezó a gesticular en una maniobra tramposa la canción que se suponía que él cantaba. Ella sacó ambos brazos de la ventana, en señal de una posible aprobación.

La serenata marchaba de maravilla hasta que a uno de sus cómplices se le ocurrió jugarle una broma a Toto, el amigo irreverente al amor sacó de la grabadora el disco correcto y puso una melodía la cual cantaba una mujer. Esto hizo que la maniobra tropezara irremediablemente, y ante la risa sus amigos y el desconsuelo de ella, Toto acabo por improvisar en el acto.

Él enviaba señales subversivas a sus amigos con los brazos, volteaba hacia ellos sin que su amada lo viera. Sus cómplices decidieron terminar la serenata ante el mandato colérico de Toto.

Ella enojada apagaba y encendía la luz de su balcón. Sin lugar a dudas sabia Toto que era el tiempo de los instintos. Y el suyo le dijo que volvieran a recitar para ella otra vez las mismas palabras de amor, y como no sirvió la encomienda Toto se atrevió febrilmente bajarle primero la luna y luego las estrellas.

Al tenerlas en sus manos les dio y besó y las lanzó hacia su enamorada.

Ella otra vez sacó la mano mostrando una ligera aprobación. Lo que esa mujer en verdad quería era que Toto se esforzara un poco más. Él ya no sabia que hacer.

Ella con las palmas de las manos pedía más.

Cuando desilusionado Toto había decidido rendirse ante aquella mujer de corazón hermético, ella tiró desde el balcón su pañuelo.

Toto lo recogió del piso, lo olió, y sus amigos de lejos aplaudieron.

Se dibujó una sonrisa en el rostro de aquel hombre enamorado, pero poco después Toto se había quedado sin ideas. Volvió a rascarse la barbilla y enseguida discurrió hacia sus amigos en busca de algún utensilio que estuviera en la caja y lo ayudara a seguir la conquista.

No encontró nada, tiró la caja.

Entonces volvió a su lugar de origen, debajo del balcón. Se sentó y se mantuvo cruzado de brazos y cuando todo parecía perdido, se le ocurrió una idea, algo en el último momento del cual estaba convencido que lo llevaría a los brazos de su amada.

Metió sus manos en las bolsas del pantalón y extrajo de ellas una par de monedas, un dulce y una servilleta.

Se despojó del dulce y de las monedas y terminó quedándose con la servilleta.

Toto había recordado que un detalle de amor valía más si éste era hecho de la manera más sencilla, sabia que los pequeños detalle son lo que te agrandan la vida, son pedacitos de amor que se convertirán en dueños del corazón. Al final hizo una flor de papel con la servilleta y se la lanzó a su amada.

Ella aplaudió en señal del agrado. Toto había cumplido con su romántica odisea.











Fin.








16 de noviembre del 2009.
Francisco Rico Hernández.

1 comentario:

Jénnifer dijo...

Me alaga muchísimo que te guste mi escritura. Aunque he de reconocer que llevo unos días bastante malos en cuanto a inspiración. No consigo escribir algo con cierto sentido, así que no subo entradas con la misma frecuencia. Ahora le hecho un vistazo a tus nuevas entradas..que llevo un tiempo sin pasar por los blogs ( lo sientoo!!! ) Pero aún asi sabes que me encanta todo lo que escribes, conviertes en oro lo que tocas.

Mil besos.