viernes, 5 de noviembre de 2010

El Secreto Prodijioso.

Aquella tarde don Tito había llegado puntualmente al parque Castillo, eran pasadas de las cinco de la tarde y los remolinos que antes jugaban intempestivamente sobre los cerros ahora bajaban a la calle.
Ese día don Tito como todos los jueves había asistido al parque cumpliendo en ese acto vigoroso las formalidades de las costumbres. Él estaba vestido otoñalmente en plena clausura del verano, llevaba puesta una camisa almidonada de mangas largas abotonada desde el cuello hasta las muñecas, un pantalón gris de tela corriente y un par de botines desvencijados; el sombrero caribeño que tenia puesto sobre la cabeza era de ala ancha, sus canas eran plateadas y tenia una mirada de desamparo en esos profundos ojos color café. Don Tito estaba sentado en una de las bancas del parque en solitario, tenía los brazos cruzados y miraba a la gente pasar, permanecía callado, sin suspiros, vetado de risas, esporádico de emociones.
Todos ignoraban con acertada precisión lo que aquel anciano pensaba o simplemente imaginaba al ser testigo del discurrir de los transeúntes. El estado abismado de don Tito era rigoroso y su soledad se deslindaba de los ocios.
Algunas personas rumoraban siempre algún acontecimiento sobre la vida de don Tito, ya que él muchos años atrás era un prestigioso abogado y de la nada se había convertido en un maniquí viviente en un mundo de vivos curiosos. La gente que lo conocía recuerda que cierta ocasión viajó Europa en un viaje que duró poco más de un mes. A su regreso de la Valencia que fue última ciudad que vistió algo en él había cambiado, se le notaba en la mirada, en su misma persona. A base de estos acontecimientos se formularon algunas hipótesis que avalaran aquel silencio de hierro que forjaría una nueva personalidad en don Tito. Unos dicen que el viaje que emprendió lo hizo para convertirse en un expía de una de las tantas guerras de Europa y que logró someterse al juramentó de honor al guardar un secreto del Estado Mayor el cual nunca revelaría y que llevaría consigo hasta el lecho nupcial de la muerte.
Había un organillero desventurado que algunas veces se escapaba de la capital y llegaba a Orizaba cada vez que lo ameritaba su necesidad, aquel hombre pasaba largar jornadas en el parque Castillo y como era claro de entender comprendía el secreto austero del mismo anciano que llegaba cada jueves a sentarse en la misma banca del parque. Él me contó cierta ocasión que un jueves hace dos años atrás mientras tocaba todo el repertorio con su caja musical, observó que un par de españoles se acercaron a don Tito para averiguar aquel secreto inmemorial que guardaba, supo que eran ibéricos porque minutos antes le cuestionaron por aquel artefacto musical que ejecutaba melodías con ese toque tan especial.
—Sin embargo aunque trataron de persuadirlo de muchas formas no lograron robarse de don Tito ningún bostezo — me comentaba —.
—No te creo — finalicé diciendo—.
Yo no había creído esa historia paparrucha, al contrario pensé que aquellos españoles sólo eran turistas que se acercaron a ese anciano para preguntarle donde estaba el hotel más próximo. Estaba seguro que don Tito no pudo haber sido en sus tiempos mozos un espía, no encontraba vestigio alguno que lo avalara, además por el contrario su cuerpo era flácido y menudo, y era claro que una regla inquebrantable de los espías de las guerras frías es medir mas de 1.80 centímetros. Como ese rumor tampoco creí los otros, en especial el del padre Facundo que decía que don Tito era un fiel de la iglesia católica y que esperaba con devoción sentado en el parque y frente a la iglesia que algún santo novedoso lo llamara para de una vez compensar su inflexible paciencia. También omití con cierta incertidumbre el cuento de la mundialmente desconocida poeta Laura Valentina Guiza la cual argumentaba saber que ese anciano consiguió vender su alma al diablo por culpa de un amor platónico que no era correspondido, por esa razón a veces permanecía en un estado vegetal ya que el diablo apretaba su alma y corazón para humillarlo y dejarlo sin voz por el resto de su vida. Eso de que don Tito le vendió el alma al diablo me parecía muy romántico y claro como soy Piscis tuve mis razones para créelo. — Tal vez si, — pensé.

Lo que comenzó como un misterio de hora de comida, se había trasformado en un acto de honor que ni el mismo Sherlock Holmes hubiera desperdiciado. Había escuchado del secreto prodigioso de don Tito por primera vez en una comida sabatina de esas que se dan a la fuerza para unir los lazos familiares con parientes que ves cada quincena. En la reunión la abuela comentaba románticamente que de joven había sido otra colegiala que llegó a sufrir los estragos del amor no correspondido de don Tito. << Era indudablemente hermoso, con sólo escuchar su voz te elevaba al firmamento>>, decía la abuela evocando el recuerdo de aquel hombre. Luego aclaró que la única mujer que volvió irremediablemente loco de amor a don Tito fue Paloma Cisneros, la misma hija que acompañada de su padre había llegado a Orizaba con el propósito de abrir un taller de pintura. Sin embargo un día enamorado ya de ella don Tito vio partir a Paloma para no volver jamás. Después de ese momento don Tito desapareció por muchos años hasta que un día regresó más callado y taciturno que nunca. Ya no era el mismo. Mi abuela con la lucidez de sus sesenta años a cuesta aseguraba que después de Pedro Infante don Tito era lo mas hermoso que habían vistos sus ojos.
El verdadero sentido de mi previsora interrogantica hacia el despego social de don Tito con el mundo y la mierda de su amor huido y perdido nació cuando escuché que la abuela dijo las últimas palabras que se escucharon de don Tito Acuérdate de mi Paloma.
Y así fue como empecé a enamorarme de aquella historia que somete a los años y remide la confianza y la espera a cenizas que se lleva en silencio el viento.
La fama de aquel silencio consiguió ser escuchada en toda la ciudad y pasar intacta entre generaciones que algún día contarían lo que saben a sus hijos y a los turistas que tímidos y desconfiados observaban de lejos a el anciano que callado miraba todo. Entonces por aquella razón procuré viajar de Cosamaloapan a Orizaba cada temporada vacacional o fin de semana que lo permitiera, sin embargo en éste verano tenía la convicción de que por fin don Tito se dejara seducir por mí y violara su silencio inmemorial.


Por eso días yo era un pibe que estudiaba con esmero en las clases de lectura y redacción, fanático de los Pumas y con un corte de cabello que era burla de los chicos del barrio. En esta temporada vacacional en Orizaba yo trabajaba en el triste y solitario Café Tarumba; hipotecado dos veces, heredado y administrado por tres generaciones continuas, y que ahora era propiedad de un solterón ilustre de los tiempos modernos llamado Manuel Centeno; benefactor de los duelos de la melancolía y tertulias amenas de una ciudad meramente parisina en claustrada mágicamente en el México del nuevo siglo.
Lo había conocido gracias a su ex novia que resultaba ser mi prima Olga que fuera su lucero para después destruirle su vida por culpa de un tipo torero que se plantó en la Plaza de Toros la Concordia un mal viernes de Septiembre.
Correspondido por el tiempo y el momento Manuel Centeno supo la verdadera historia del aquel anciano lánguido y preso de un silencio que lo devoraba sin consuelo alguno y que padecía también en la costumbre la ley de ir cada jueves a sentarse en las bancas del parque sin mover ni un palmo de su cuerpo. En una confesión de whisky en las horas donde ya no aguantaba la rutina y el otoño perecedero de recuerdos me confesó que conocía toda la verdad del secreto prodigioso.
—Dígame el secreto — le dije —. Al cabo que nadie aguanta tanto silencio.
Cuando quise atacar su confiabilidad y deshojar el ramo de su memoria perdurable y hermética el rostro de Manuel Centeno cambió y me dijo:
—No debe de haber curiosidad en ti.
No tomé muy enserio su comentario y sin preámbulos le contesté: — Hay gentes que rumoran sobre la vida de don Tito, construyen hipótesis sin sentido, usted debería un día de estos descargar el peso de aquel silencio. No hubo respuesta. En cambio se dirigió a la cocina y sacó de la alacena la bolsa de Café Cordobés para enseguida echarlo a la cafetera que empezaba a calentarse.
—No dudes Xavier que la razón por la que don Tito está allí sea muy importante — me decía mientras preparaba el café —.
-¿Usted esperaría tanto tiempo? — le pregunté de un tajo —.
—Si yo tuviera las mismas razones lo haría sin dudarlo — apuntó complaciente —.
—Ningún pecado vale tanto la pena — insinué —.
—Desgraciadamente la soledad si.
El agua de la cafetera estaba hirviendo, el olor diáfano del aroma del café impregnaba el ambiente.
Manuel Centeno jamás abjuró a la encomienda que las casualidades de habían asignado, ya que el día de infortunio él fue testigo por casualidad del secreto de don Tito.
—Fue un jueves del mes de mayo hace treinta años atrás, yo era muy joven, tenia tan sólo quince años, lo que vi y escuché jamás lo contaré. No eres el primero que me pregunta acerca del secreto de ése anciano, sólo te diré que él sucumbió y alimentó su propia perdición.
La niebla cubría gélidamente los cerros aquella tarde de un jueves, yo aun mantenía la esperanza inflexible de descubrir el secreto de ése viejo que estaba sentado sin moverse en una de las bancas del parque Castillo. Por eso cuando tuve la primera oportunidad de escaparme del trabajo lo hice y caminé por calle Real hasta bajar a Francisco I. Madero y llegar al parque Castillo.
Me establecí a pocos metros de él y me compré para apaciguar los nervios una lata de Coca-cola y le bebí mientras pensaba como abordar a don Tito. Me sudaban las manos y fue cuando por primera vez se me antojó un cigarro.
Cuando por fin dejé atrás el respeto hacia su conciencia hermética y decidí lamentarme de la banca don Tito se puso de pie, me dirigió una exigua mirada y caminó a pasos lentos hasta llegar a una caseta telefónica la cual se situaba a pocos metros a la izquierda de su ubicación. Allí su memoria encontró caminos de regreso, depositó con su pulso palpitante un par de monedas en el aparato para después marcar una serie de números sin equivocación alguna, enseguida alzó la bocina y vislumbré de lejos que aquel anciano se envolvió en una conversación que tan sólo duró algunos minutos.
Cuando don Tito terminó de hacer su llamada y colgar el teléfono su cara marcada por lo horrores de la soledad y el desconsuelo, obtuvo por fin la tregua del alivio, ese con el que había soñado tanto tiempo. Don Tito se alejó de la caseta telefónica y continuó caminando lentamente, antes de que se perdiera de mi vista y que desapareciera de la ciudad como si la tierra se lo hubiera tragado, vi que por primera vez don Tito pasiblemente dibujó una sonrisa en su rostro al ver que un niño derramó accidentalmente sobre el piso su helado de chocolate.





Francisco Rico Hernandez.
Ciudad Mendoza, Veracruz.
23 de Julio del 2009.

1 comentario:

Nati dijo...

¿Sabés? A mí me gusta leerte.

Susanita San Juan.