martes, 5 de enero de 2010

Pan y Flores.

Primer Acto I

Llegó a su balcón con las mejores intenciones de conquistarla. Toto llevaba una flor en su mano izquierda y un gesto de alegría en su rostro.
Dispuesto a llegar al corazón de su amada lanzó la primera piedra a la ventana. No hubo respuesta. Sin desanimarse tiró la segunda y la siguiente pedrada, para su fortuna las valentinas palomas de concreto bastaron para que su amada encendiera la luz de la habitación.

Ella encendió la luz y abrió la ventana de doble hoja. Junto al balcón había colgadas un par de estrellas.

Aquella mujer apenas había sacado su mano de la ventana solamente para saludarlo. Ese pequeño detalle sirvió para que Toto desvariara de felicidad, enseguida exclamó para ella las mejores palabras de amor y sólo consiguió para su sorpresa un exiguo ademan que ostentaba una mediana aprobación. Toto había caído en la cuenta de que tenía que esforzarse un poco más.
Entonces deslizó la palma de sus manos sobre su cabello, peinándose. Estiró un poco la tela del pantalón para después arrodillarse, cuando lo hizo un brazo yacía sobre su pecho y el otro lo elevó en el aire, mostrándole a su amada la flor que para ella llevaba.

Ante la poca atención que veía de aquella mujer, en su rostro dibujó una mueca que claramente ostentaba la incomprensión.

Se levantó de un tajo y tiró la flor al suelo, luego la piso una y otra vez hasta desojarla.

Se regocijó ante su cometido.

Toto se mantenía discurriendo de un lado al otro de la calle y no daba crédito al desdén que ofertaba ella desde su balcón.
Como era egocentrista y poco modesto con altanería mostró para ella las virtudes de su escueto físico. Le enseñó sus bíceps, tríceps y hasta imitó en un acto desaforado a Tarzán.

Nada de aquello funcionó, su amada con el dedo índice dijo No.

Él no se dio por vencido. Entonces le expuso sus piernas al instante que se las palpaba, luego movió en un vaivén con morbo su cintura mientras se reía. Tampoco resultó. De ella no tuvo respuesta.

Él enfadado se lamentó.

Para entonces al verse sin nada ya que mostrar de su físico recorrió desesperado con la mirada su cuerpo. Y cuando todo parecía perdido su mirada recayó en su zona trasera. Pensó que no era mala idea enseñarle el trasero, pero el problema era, ¿Adonde estaba éste?
Se lo buscó hacia lado derecho e izquierdo, incluso abrió las piernas para meter su cabeza en la entrepierna con el objetivo inútil de encontrarse con su trasero. Luego giró sobre su eje buscando el vestigio de su trasero perdido.

Entonces para acrecentar la burla ella lanzó de su balcón un pantalón en el cual se le habían quedado las nalgas.

Toto recogió el jeans y lo vio y comprendió que lo que estaba buscando lo tenía enfrente. Volvió a mirar su exiguo trasero y comparó para su sorpresa que el jean tenia más que ofrecer.

Luego los tiró.



Segundo Acto II


Entonces puso sobre su barbilla la mano derecha y empezó a fraguar el plan exacto que lo llevara a los brazos de su enamorada. Sin previo a viso ella apagó la luz, en un acto que amenazaba con la debacle del amor.

Corrió como desesperado con las manos en la cabeza. Ella volvió a prender la luz. Lo confortó.

Enseguida sacó de la bolsa del pantalón su celular y realizó una llamada hacia sus amigos, la misma que sólo duro un par de minutos. Luego colgó.

Optimista ante las palabras que recibió de la conversación se frotó las manos.

En menos de lo que se suponía hicieron acto de presencia sus amigos acompañados con una caja que uno de ellos cargaba. Caminaron hacia Toto y lo abrazaron, apoyándolo. Luego se prepararon y se alejaron un par de metros, dejaron en el suelo la caja y de ella sacaron una grabadora y al momento la encendieron.

Mientras que con el dedo índice les mandaba una par señal de complicidad sus amigos, Toto empezó a gesticular en una maniobra tramposa la canción que se suponía que él cantaba. Ella sacó ambos brazos de la ventana, en señal de una posible aprobación.

La serenata marchaba de maravilla hasta que a uno de sus cómplices se le ocurrió jugarle una broma a Toto, el amigo irreverente al amor sacó de la grabadora el disco correcto y puso una melodía la cual cantaba una mujer. Esto hizo que la maniobra tropezara irremediablemente, y ante la risa sus amigos y el desconsuelo de ella, Toto acabo por improvisar en el acto.

Él enviaba señales subversivas a sus amigos con los brazos, volteaba hacia ellos sin que su amada lo viera. Sus cómplices decidieron terminar la serenata ante el mandato colérico de Toto.

Ella enojada apagaba y encendía la luz de su balcón. Sin lugar a dudas sabia Toto que era el tiempo de los instintos. Y el suyo le dijo que volvieran a recitar para ella otra vez las mismas palabras de amor, y como no sirvió la encomienda Toto se atrevió febrilmente bajarle primero la luna y luego las estrellas.

Al tenerlas en sus manos les dio y besó y las lanzó hacia su enamorada.

Ella otra vez sacó la mano mostrando una ligera aprobación. Lo que esa mujer en verdad quería era que Toto se esforzara un poco más. Él ya no sabia que hacer.

Ella con las palmas de las manos pedía más.

Cuando desilusionado Toto había decidido rendirse ante aquella mujer de corazón hermético, ella tiró desde el balcón su pañuelo.

Toto lo recogió del piso, lo olió, y sus amigos de lejos aplaudieron.

Se dibujó una sonrisa en el rostro de aquel hombre enamorado, pero poco después Toto se había quedado sin ideas. Volvió a rascarse la barbilla y enseguida discurrió hacia sus amigos en busca de algún utensilio que estuviera en la caja y lo ayudara a seguir la conquista.

No encontró nada, tiró la caja.

Entonces volvió a su lugar de origen, debajo del balcón. Se sentó y se mantuvo cruzado de brazos y cuando todo parecía perdido, se le ocurrió una idea, algo en el último momento del cual estaba convencido que lo llevaría a los brazos de su amada.

Metió sus manos en las bolsas del pantalón y extrajo de ellas una par de monedas, un dulce y una servilleta.

Se despojó del dulce y de las monedas y terminó quedándose con la servilleta.

Toto había recordado que un detalle de amor valía más si éste era hecho de la manera más sencilla, sabia que los pequeños detalle son lo que te agrandan la vida, son pedacitos de amor que se convertirán en dueños del corazón. Al final hizo una flor de papel con la servilleta y se la lanzó a su amada.

Ella aplaudió en señal del agrado. Toto había cumplido con su romántica odisea.











Fin.








16 de noviembre del 2009.
Francisco Rico Hernández.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Francisco Y ViceVERZA.

Nunca dejaría que pasaran desapercibidas las verbenas del pasado, los desvelos de salón, las madrugadas perfumadas con el aroma de alguna fulana que jugaba conmigo al los besos con urgencias y llenos de calenturas, incitados por algún buen Ron o en su caso una descarriada cerveza. En Tlacotalpan me la pasaba tequiliando con las palomitas que de un día, valiente en la corrida de los Toros, y volando por los flash back que me hacían recordar aquella princesa que aun tenia la buena forma de hacerme daño a distancias.
Luego un par de días después me fui a Los Tuxtlas y comprendí que aunque los años pasan, hay cosas que el tiempo deja intacto en la pesadumbre de las costumbres, como lo fue en San Andrés Tuxtla y su feria patronal a la cual llegamos de improviso un amigo y yo, revivimos esos años cincuenta y ante el desconcierto nos sentimos tan abandonados e insípidos como un Latino sin sabor. Así emprendimos de nuevo el viaje que se había hecho intermitente y por fin llegamos a Catemaco, aquella ciudad mágica y única que me regaló mi amistad con el Pirata y claro, la indiferencia hacia el trabajo que me enseñó Chucho el Brujito.
En ese viaje lejos de la solemnidad y las buenas costumbres me divertir e hice cosas que nunca pensé realizar, me sentí libre, vivo, respirando como si fuera la ultima vez. El billete falso de mil pesos que me dejó mi amigo me bastó para subirme en las alas de las travesuras y de las aventuras a la que viví al borde de mis instintos prematuros. Y es que a las buenas costumbres nunca me he acostumbrado, al calor del hogar y de la ducha de vez en cuando me aburren, prefiero la carretera sobre los viajes hechos a la buena voluntad de la incertidumbre. Volvería a vivir todo lo que viví en ese viaje, quedarnos despiertos en la laguna hasta el alba y tocar el Jembe para "según" despertar a los monos, además de acampar en la playa de Montepío, ahí donde la mirada se me perdía de ver tanto mar, incluso volvería a vivir esos malos minutos donde estuve apunto de ahogarme en aquel mar bravo.Voltear al pasado es saber quien soy y elevar mi autoestima pigmea.
Como olvidarme de las mujeres que olvidaba al abordar otro bus, era como un pirata que dejaba una mujer en cada puerto, pero a pesar de tener mis labios calientes y una emoción en la entrepierna debo de ser sincero y advertir que quise siempre a la mujer que mas me quiso.
Siempre era maravilloso andar del brazo de la locura y de la libertad, nunca fue tan divertido como aquella ocasión en la que me lancé al puerto de Veracruz y me acordé que alguna vez he dado más de lo que tengo, siempre me dan algunas veces más de lo que doy, y sobre todas las cosas saber que nada sabe mejor que la amistad, René, Iván, César, Alan. Les llevo siete carreteras delante de ustedes. Pobres Cristianos.
El afrocaribeño me hico ver que a veces en el infierno llueve sobre mojado y que las perversiones y los excesos para mi hoy son pura nostalgia. Entre Córdoba y Tuxpetec nunca lloré y casi siempre estuve abandonado pero contento, y Minatitlán breve pero amistosa me hizo fumar más de lo debido y sufrir al no encontrar en una plaza a alguien que me ofreciera un encendedor. Y claro, en Orizaba tengo más de lo que quiero pero lo que quiero nadie me lo quiere dar. Ahí en ese evento cultural latinoamericano me encontré con La lluvia de Valdivia, la argentina de Borges, y la Nicaragua en pie de guerra y un Perú con las travesuras de la niña mala.
Nunca quise regresar a Xalapa y abandoné la propuesta que me hicieron llegar con la condición de que tenía que viajar al Df, Ni en Drogas dije. “Es que Al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver”
En todo caso cuando alguna nube negra se acomode en mi cama, y sea lo que sea en un espejo roto, y cierre la casa porque me sienta herido recordaré lo que hice en este año maravillosamente feliz. Y trato en esto de dejar de andar perdiendo los autobuses que te dejan en los cuentos que siempre acaban mal, trato entre muchas cosas convencerme de que estoy vivo, y que a pesar de que haya alertar rojas en el corazón, y la adicción de fumar y añorar lo que se nos fue cayendo en la vida, siempre hay que luchar por cambiar el temporal, Siempre hay lanzarse a la aventura, la vida es bella.


Francisco Rico Hernandez.
Diciembre del 2009.

martes, 22 de diciembre de 2009

De.le.tre.an.do. a. Dios

Deletreando a Dios son palabras o preguntas que el hombre se debe de hacerle al creador, al padre. Y esas preguntas rondan mucho en la cabeza del tipo del barrio, del ruletero, del patojo que vive a la vuelta del correo, del pibe perdido y desconsolado que escucha a Charly Garcia, del chaval que escapa de la infancia, del Cabrón que roba para comer. Esos, yo, tú, él, ellos,aquel,el cardenal de la Roma perdida, ella la que crea adicción con los besos, pero sobre todo Nosotros debemos un dia de estos preguntarnos:

¿Qué te gusta de Dios?
¿Cómo será Dios, apuesto, gentil?
¿Qué te molesta de Dios?
¿Cuando será el cumpleaños de Dios?
¿Crees en los Milagros de Dios?

viernes, 18 de diciembre de 2009

Camuflaje.


Que te parece si te callas,
Si te muerdes la lengua por un rato.
Alguna vez te imaginé muerto,
Tendido sobre el abandono de las multitudes,
Esporádico del tiempo.
Quisiera en verdad que te callaras,
Para acariciarte ferozmente,
Como el pavimento a las rodillas,
Al igual que la navaja a tu piel.
Nunca fue tan cierto eso de lo
Que presumiste,
Tenías los pómulos hinchados,
Un par de labios anacoretas,
Y madrugadas que le pesaban a tus ojos de alquitrán.
Igual y si naciste y no te imagino,
Sobre mis sueños estás y perfumas mis sentidos,
Calmas tu hermosura.
De noche te sangra la costra de tus amores desvalidos,
El olvido de sus brazos te hace polvo,
Aturdido vuelves a empezar.
¿Si te pico las costillas sientes?
¿Si te quemo los pies obtienes de mí la absolución?
Es una tristeza que a tus años
Seas un gaucho con pereza,
Una tortuga desvariada,
Un amante con sotana,
Una duda que se camuflajea en un tal vez.



Francisco Rico Hernandez.
23 de noviembre del 2009.
Orizaba, Veracruz.

lunes, 14 de diciembre de 2009

LLuvia.

Dicen que Orizaba tenia el mismo clima de Valdivia, Chile, eso me lo contó ella, la poeta que escribía diciendo y cantando un himno inmejorable hacia la lluvia, era muy raro el estar ahí junto a ella, cuidándome el cigarrillo, acordándonos de la muerte, verificando imagines. Esa viajera tenia la fragancia de los andes sobre su cuerpo y un halito sudaca que me volvía endeble, y un buen gusto por fumar, además de tener un par de otoños bien vividos.
Nunca fue eso tan cierto lo que comentamos en el café, ni mucho menos al margen de Saramago o poemas de Sabines. Al menos se que ya se fue, seguiré escribiendo para cuando vuelva.Era ágil en la pluma y ambos nos habíamos conocidos en el encuentro latinoamericano de poetas, venia de la comunidad Maipú, la misma que mencionaba en una de sus canciones Sabina.
Y me abrigaba el corazón apenas y sonreía. No había conocido a una persona como ella, que decía tantas cosas hermosas, que encontraba la manera más delicada de hablar, que respetaba cada sentimiento.
Cierta ocasión me contó;
Yo tenía una amiga argentina y que de seguro escogió México para morir, ya que hace un par de días en el marco de estos festivales latinoamericanos que se organizan en este país ella falleció. Lo que de seguro debo de recordar de ella es que era muy alegre, muy vivaz, amable, y sin lugar a dudas una gran persona. Ella como buena anciana tenía sus dificultades para subir o bajar escalones, entonces nosotras, sus amigas, intentábamos ayudarla en esos menesteres, pero ella lo impedía de un tajo argumentando que sólo se dejaría ayudar por manos de hombres, y para mejor disposición que fueran manos de hombres jóvenes. Entonces Francisco hoy seguiré el ejemplo de mi amiga, y tú me acompañaras a todos lados,Ya que eres el hombre mas joven de este festival.
Era bueno saber ciertas cosas que nunca se olvidan, hacer homenajes sinceros a amigos que se fueron, que se conocen un día de tantos.
Ciertas ocasiones uno intenta adormitar el cuerpo, apagar la luz,oler el viento, escuchar las horas, y dejar que todo salga como se debería, y esa fue una gran ocasión en la que sucedió.

La vida es Bella.
Orizaba, Veracruz.

jueves, 10 de diciembre de 2009

ELEGIA A DOÑA JUANA LA LOCA

ELEGIA A DOÑA JUANA LA LOCA
A Melchor Fernández Almagro

Princesa enamorada sin ser correspondida.
Clavel rojo en un valle profundo y desolado.
La tumba que te guarda rezuma tu tristeza
a través de los ojos que ha abierto sobre el mármol.

Eras una paloma con alma gigantesca
cuyo nido fue sangre del suelo castellano,
derramaste tu fuego sobre un cáliz de nieve
y al querer alentarlo tus alas se troncharon.

Soñabas que tu amor fuera como el infante
que te sigue sumiso recogiendo tu manto.
Y en vez de flores, versos y collares de perlas,
te dio la Muerte rosas marchitas en un ramo.

Tenías en el pecho la formidable aurora
de Isabel de Segura. Melibea. Tu canto,
como alondra que mira quebrarse el horizonte,
se torna de repente monótono y amargo.

Y tu grito estremece los cimientos de Burgos.
Y oprime la salmodia del coro cartujano.
Y choca con los ecos de las lentas campanas
perdiéndose en la sombra temblorosa y rasgada.

Tenías la pasión que da el cielo de España.
La pasión del puñal, de la ojera y el llanto.
¡Oh princesa divina de crepúsculo rojo,
con la rueca de hierro y de acero lo hilado!

Nunca tuviste el nido, ni el madrigal doliente,
ni el laúd juglaresco que solloza lejano.
Tu juglar fue un mancebo con escamas de plata
y un eco de trompeta su acento enamorado.

Y, sin embargo, estabas para el amor formada,
hecha para el suspiro, el mimo y el desmayo,
para llorar tristeza sobre el pecho querido
deshojando una rosa de olor entre los labios.

Para mirar la luna bordada sobre el río
y sentir la nostalgia que en sí lleva el rebaño
y mirar los eternos jardines de la sombra,
¡oh princesa morena que duermes bajo el mármol!

¿Tienes los ojos negros abiertos a la luz?
O se enredan serpientes a tus senos exhaustos...
¿Dónde fueron tus besos lanzados a los vientos?
¿Dónde fue la tristeza de tu amor desgraciado?

En el cofre de plomo, dentro de tu esqueleto,
tendrás el corazón partido en mil pedazos.
Y Granada te guarda como santa reliquia,
¡oh princesa morena que duermes bajo el mármol!

Eloísa y Julieta fueron dos margaritas,
pero tú fuiste un rojo clavel ensangrentado
que vino de la tierra dorada de Castilla
a dormir entre nieve y cipresales castos.

Granada era tu lecho de muerte, Doña Juana,
los cipreses, tus cirios; la sierra, tu retablo.
Un retablo de nieve que mitigue tus ansias,
¡con el agua que pasa junto a ti! ¡La del Dauro!

Granada era tu lecho de muerte, Doña Juana,
la de las torres viejas y del jardín callado,
la de la yedra muerta sobre los muros rojos,
la de la niebla azul y el arrayán romántico.

Princesa enamorada y mal correspondida.
Clavel rojo en un valle profundo y desolado.
La tumba que te guarda rezuma tu tristeza
a través de los ojos que ha abierto sobre el mármol.


Diciembre de 1918
Federico García Lorca.

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ELEGIA A DOÑA JUANA LA LOCA

(Traduccion)

Princesa enamorada sin ser correspondida.
Clavel rojo en un valle profundo y olvidado.
La tumba que te espera llora tu tristeza
a través de los ojos que se abrieron sobre el mármol.

Eras una paloma con alma grandiosa
cuyo nido fue sangre del suelo noble,
regaste tu fuego sobre un la copa de nieve
y al quererle incitarlo tus alas se quebraron.

Soñabas que tu amor fuera como el niño
que te sigue obediente recogiendo tu ropa.
Y en vez de flores, versos y collares de perlas,
te dio la Muerte rosas marchitas en un ramo.

Tenías en el pecho la formidable aurora
de Isabel de Segura. Dura. Tu canto,
como alondra que se ve romperse en el horizonte,
se vuelve de repente simple y amargo.

Y tu grito agita los cimientos del pueblo.
Y oprime el canto del coro de los carruajes.
Y choca con los ecos de las lentas campanas
perdiéndose en la sombra temblorosa y destrozada.

Tenías la pasión que da el cielo de España.
La pasión del puñal, de la ojera y el llanto.
¡Oh princesa divina de oscurecer rojo,
con la rueda de hierro e hilo de acero!

Nunca tuviste el nido, ni el árbol doliente,
ni el arpa severa que llora distante.
Tu severidad fue un adulto con escamas de plata
y un eco de trompeta su pronunciación enamorado.

Y, sin embargo, estabas para el amor formada,
hecha para el suspiro, el mimo y el desmayo,
para llorar tristeza sobre el pecho querido
deshojando una rosa de olor entre los labios.

Para mirar la luna bordada sobre el río
y sentir la nostalgia que en sí lleva el rebaño
y mirar los eternos jardines de la sombra,
¡oh princesa morena que duermes bajo el mármol!

¿Tienes los ojos negros abiertos a la luz?
O se enredan serpientes a tus senos agotados...
¿Dónde fueron tus besos lanzados a los vientos?
¿Dónde fue la tristeza de tu amor desgraciado?

En el cofre de plomo, dentro de tus huesos,
tendrás el corazón partido en mil pedazos.
Y Granada te guarda como santa reliquia,
¡oh princesa morena que duermes bajo el mármol!

Eloísa y Julieta fueron dos margaritas,
pero tú fuiste un rojo clavel ensangrentado
que vino de la tierra dorada de Castilla
a dormir entre nieve y pasto limpio.

Granada era tu cama de muerte, Doña Juana,
los árboles, tus cirios; la sierra, tu imagen.
Una pintura de nieve que apaga tus ansias.
¡Con el agua que pasa junto a ti!

Granada era tu cama de muerte, Doña Juana,
la de las torres viejas y del jardín callado,
la de la hiedra muerta sobre los muros rojos,
la de la niebla azul y los arbustos románticos.

Princesa enamorada y mal correspondida.
Clavel rojo en un valle profundo y olvidado.
La tumba que te espera llora tu tristeza
a través de los ojos que se abrieron en el mármol.



Dicembre del 2009.
Francisco Rico Hernandez.


P.d, noventa años despues.
mi primera traduccion, del castellano
al español, espero sobre todas las cosas no maltratar el poema.

jueves, 3 de diciembre de 2009

El guardagujas

El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.
Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad:

-Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?

-¿Lleva usted poco tiempo en este país?

-Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.

-Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros -y señaló un extraño edificio ceniciento que más bien parecía un presidio.

-Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.

-Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá mejor atención.

-¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.

-Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré unos informes.

-Por favor...

-Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado.

-Pero, ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?

-Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están sencillamente indicados en el suelo mediante dos rayas. Dadas las condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un hermoso y confortable vagón.

-¿Me llevará ese tren a T.?

-¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente un rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?

-Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo ser conducido a ese lugar, ¿no es así?

-Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna...

-Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted...

-El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes de ida y vuelta para un trayecto ferroviario, cuyos planos, que incluyen extensos túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa.

-Pero el tren que pasa por T., ¿ya se encuentra en servicio?

-Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a un tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea.

-¿Cómo es eso?

-En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a ciertas medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos convoyes expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida de los viajeros sufre algunas transformaciones importantes. Los fallecimientos no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es motivo de orgullo para los conductores depositar el cadáver de un viajero lujosamente embalsamado en los andenes de la estación que prescribe su boleto. En ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los vagones se estremece lamentablemente con los golpes que dan las ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera -es otra de las previsiones de la empresa- se colocan del lado en que hay riel. Los de segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que faltan ambos rieles, allí los viajeros sufren por igual, hasta que el tren queda totalmente destruido.

-¡Santo Dios!

-Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren.

-¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!

-Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a convertirse en héroe. No crea que faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su valor y sus capacidades de sacrificio. Recientemente, doscientos pasajeros anónimos escribieron una de las páginas más gloriosas en nuestros anales ferroviarios. Sucede que en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo una grave omisión de los constructores de la línea. En la ruta faltaba el puente que debía salvar un abismo. Pues bien, el maquinista, en vez de poner marcha atrás, arengó a los pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo necesario para seguir adelante. Bajo su enérgica dirección, el tren fue desarmado pieza por pieza y conducido en hombros al otro lado del abismo, que todavía reservaba la sorpresa de contener en su fondo un río caudaloso. El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la empresa renunció definitivamente a la construcción del puente, conformándose con hacer un atractivo descuento en las tarifas de los pasajeros que se atreven a afrontar esa molestia suplementaria.

-¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!

-¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es usted un hombre de convicciones. Alójese por lo pronto en la fonda y tome el primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando menos; mil personas estarán para impedírselo. Al llegar un convoy, los viajeros, irritados por una espera demasiado larga, salen de la fonda en tumulto para invadir ruidosamente la estación. Muchas veces provocan accidentes con su increíble falta de cortesía y de prudencia. En vez de subir ordenadamente se dedican a aplastarse unos a otros; por lo menos, se impiden para siempre el abordaje, y el tren se va dejándolos amotinados en los andenes de la estación. Los viajeros, agotados y furiosos, maldicen su falta de educación, y pasan mucho tiempo insultándose y dándose de golpes.

-¿Y la policía no interviene?

-Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero la imprevisible llegada de los trenes hacía tal servicio inútil y sumamente costoso. Además, los miembros de ese cuerpo demostraron muy pronto su venalidad, dedicándose a proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados que les daban a cambio de esa ayuda todo lo que llevaban encima. Se resolvió entonces el establecimiento de un tipo especial de escuelas, donde los futuros viajeros reciben lecciones de urbanidad y un entrenamiento adecuado. Allí se les enseña la manera correcta de abordar un convoy, aunque esté en movimiento y a gran velocidad. También se les proporciona una especie de armadura para evitar que los demás pasajeros les rompan las costillas.

-Pero una vez en el tren, ¡está uno a cubierto de nuevas contingencias?

-Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las estaciones. Podría darse el caso de que creyera haber llegado a T., y sólo fuese una ilusión. Para regular la vida a bordo de los vagones demasiado repletos, la empresa se ve obligada a echar mano de ciertos expedientes. Hay estaciones que son pura apariencia: han sido construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad importante. Pero basta poner un poco de atención para descubrir el engaño. Son como las decoraciones del teatro, y las personas que figuran en ellas están llenas de aserrín. Esos muñecos revelan fácilmente los estragos de la intemperie, pero son a veces una perfecta imagen de la realidad: llevan en el rostro las señales de un cansancio infinito.

-Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí.

-Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, no debe excluirse la posibilidad de que usted llegue mañana mismo, tal como desea. La organización de los ferrocarriles, aunque deficiente, no excluye la posibilidad de un viaje sin escalas. Vea usted, hay personas que ni siquiera se han dado cuenta de lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Viene un tren, suben, y al día siguiente oyen que el conductor anuncia: "Hemos llegado a T.". Sin tomar precaución alguna, los viajeros descienden y se hallan efectivamente en T.

-¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?

-Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si le servirá de algo. Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a T. No trate a ninguno de los pasajeros. Podrán desilusionarlo con sus historias de viaje, y hasta denunciarlo a las autoridades.

-¿Qué está usted diciendo?

En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de espías. Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el espíritu constructivo de la empresa. A veces uno no sabe lo que dice y habla sólo por hablar. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase, por sencilla que sea. Del comentario más inocente saben sacar una opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor imprudencia, sería aprehendido sin más, pasaría el resto de su vida en un vagón cárcel o le obligarían a descender en una falsa estación perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe, consuma la menor cantidad posible de alimentos y no ponga los pies en el andén antes de que vea en T. alguna cara conocida.

-Pero yo no conozco en T. a ninguna persona.

-En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales.

-¿Y eso qué objeto tiene?

-Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la ansiedad de los viajeros y de anular en todo lo posible las sensaciones de traslado. Se aspira a que un día se entreguen plenamente al azar, en manos de una empresa omnipotente, y que ya no les importe saber adónde van ni de dónde vienen.

-Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes?

-Yo, señor, sólo soy guardagujas1. A decir verdad, soy un guardagujas jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos tiempos. No he viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los trenes han creado muchas poblaciones además de la aldea de F., cuyo origen le he referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren reciben órdenes misteriosas. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un determinado lugar. Se les habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres: "Quince minutos para que admiren ustedes la gruta tal o cual", dice amablemente el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia, el tren escapa a todo vapor.

-¿Y los viajeros?

Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban por congregarse y se establecen en colonia. Estas paradas intempestivas se hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda civilización y con riquezas naturales suficientes. Allí se abandonan lores selectos, de gente joven, y sobre todo con mujeres abundantes. ¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un pintoresco lugar desconocido, en compañía de una muchachita?

El viejecillo sonriente hizo un guiño y se quedó mirando al viajero, lleno de bondad y de picardía. En ese momento se oyó un silbido lejano. El guardagujas dio un brinco, y se puso a hacer señales ridículas y desordenadas con su linterna.

-¿Es el tren? -preguntó el forastero.

El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a cierta distancia, se volvió para gritar:

-¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice que se llama?

-¡X! -contestó el viajero.

En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al encuentro del tren.

Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.

FIN


Juan José Arreola.