Nunca dejaría que pasaran desapercibidas las verbenas del pasado, los desvelos de salón, las madrugadas perfumadas con el aroma de alguna fulana que jugaba conmigo al los besos con urgencias y llenos de calenturas, incitados por algún buen Ron o en su caso una descarriada cerveza. En Tlacotalpan me la pasaba tequiliando con las palomitas que de un día, valiente en la corrida de los Toros, y volando por los flash back que me hacían recordar aquella princesa que aun tenia la buena forma de hacerme daño a distancias.
Luego un par de días después me fui a Los Tuxtlas y comprendí que aunque los años pasan, hay cosas que el tiempo deja intacto en la pesadumbre de las costumbres, como lo fue en San Andrés Tuxtla y su feria patronal a la cual llegamos de improviso un amigo y yo, revivimos esos años cincuenta y ante el desconcierto nos sentimos tan abandonados e insípidos como un Latino sin sabor. Así emprendimos de nuevo el viaje que se había hecho intermitente y por fin llegamos a Catemaco, aquella ciudad mágica y única que me regaló mi amistad con el Pirata y claro, la indiferencia hacia el trabajo que me enseñó Chucho el Brujito.
En ese viaje lejos de la solemnidad y las buenas costumbres me divertir e hice cosas que nunca pensé realizar, me sentí libre, vivo, respirando como si fuera la ultima vez. El billete falso de mil pesos que me dejó mi amigo me bastó para subirme en las alas de las travesuras y de las aventuras a la que viví al borde de mis instintos prematuros. Y es que a las buenas costumbres nunca me he acostumbrado, al calor del hogar y de la ducha de vez en cuando me aburren, prefiero la carretera sobre los viajes hechos a la buena voluntad de la incertidumbre. Volvería a vivir todo lo que viví en ese viaje, quedarnos despiertos en la laguna hasta el alba y tocar el Jembe para "según" despertar a los monos, además de acampar en la playa de Montepío, ahí donde la mirada se me perdía de ver tanto mar, incluso volvería a vivir esos malos minutos donde estuve apunto de ahogarme en aquel mar bravo.Voltear al pasado es saber quien soy y elevar mi autoestima pigmea.
Como olvidarme de las mujeres que olvidaba al abordar otro bus, era como un pirata que dejaba una mujer en cada puerto, pero a pesar de tener mis labios calientes y una emoción en la entrepierna debo de ser sincero y advertir que quise siempre a la mujer que mas me quiso.
Siempre era maravilloso andar del brazo de la locura y de la libertad, nunca fue tan divertido como aquella ocasión en la que me lancé al puerto de Veracruz y me acordé que alguna vez he dado más de lo que tengo, siempre me dan algunas veces más de lo que doy, y sobre todas las cosas saber que nada sabe mejor que la amistad, René, Iván, César, Alan. Les llevo siete carreteras delante de ustedes. Pobres Cristianos.
El afrocaribeño me hico ver que a veces en el infierno llueve sobre mojado y que las perversiones y los excesos para mi hoy son pura nostalgia. Entre Córdoba y Tuxpetec nunca lloré y casi siempre estuve abandonado pero contento, y Minatitlán breve pero amistosa me hizo fumar más de lo debido y sufrir al no encontrar en una plaza a alguien que me ofreciera un encendedor. Y claro, en Orizaba tengo más de lo que quiero pero lo que quiero nadie me lo quiere dar. Ahí en ese evento cultural latinoamericano me encontré con La lluvia de Valdivia, la argentina de Borges, y la Nicaragua en pie de guerra y un Perú con las travesuras de la niña mala.
Nunca quise regresar a Xalapa y abandoné la propuesta que me hicieron llegar con la condición de que tenía que viajar al Df, Ni en Drogas dije. “Es que Al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver”
En todo caso cuando alguna nube negra se acomode en mi cama, y sea lo que sea en un espejo roto, y cierre la casa porque me sienta herido recordaré lo que hice en este año maravillosamente feliz. Y trato en esto de dejar de andar perdiendo los autobuses que te dejan en los cuentos que siempre acaban mal, trato entre muchas cosas convencerme de que estoy vivo, y que a pesar de que haya alertar rojas en el corazón, y la adicción de fumar y añorar lo que se nos fue cayendo en la vida, siempre hay que luchar por cambiar el temporal, Siempre hay lanzarse a la aventura, la vida es bella.
Francisco Rico Hernandez.
Diciembre del 2009.
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lunes, 28 de diciembre de 2009
miércoles, 10 de junio de 2009
Chucho el Brujito.
Él estaba sentado sobre la arena recogiendo caracoles con el propósito de enseñarme a hacer un collar, era medio día de un miércoles de abril y yo estaba en la zona costera de Catemaco vendiendo artesanías en otros de mis frecuentes viajes que realizaba cada vez que mi amigo Alan me invitaba a la aventura de las travesuras.
Aquella mañana me topé con “Chucho el brujito” que deambulaba sobre el malecón vendiendo chicharrones y palomitas, él no se esmeraba en su trabajo, mas bien andaba pensando en todo menos en el menester que tenia que hacer, y que a mi parecer era injusto a su corta edad. Ese niño era algo regordete, moreno y por algunos dientes picados le calculé nueve años, además tenia un brillo en sus ojos muy especial, lleno de vida e inocencia, aquel niño soñaba de con ser de grande un policía, para según él cuidar a las personas.
Chucho el brujito cursaba el tercer año de primaria y en estas vacaciones tenia que interrumpir el descanso y la diversión porque tenia que trabajar arduamente en la venta de las frituras que les ofrecía a los turistas para ganarse de alguna manera u otra la vida, esa vida de rigor que es impasible.
Supe claramente después de observar su impavidez y su escaso afán de preocupación que él era inmune a los prejuicios, a las reglas, y a los acuerdos de la supervivencia, era mas bien un niño que a pesar de que tenia que trabajar buscaba la manera idónea para divertirse, y así lo hacia.
Como los dos, ni él ni yo, habíamos comido absolutamente nada le di un par de monedas de la venta exigua para que fuera a comprar un paquete de galletas y una Coca-cola, con la encomienda también de que se quedara con el cambio.
Cuando regresó me trajo el desayuno y alegremente me enseñó las sabritas que se había comprado, con eso apaciguamos el hambre mientras esperábamos a que Alan llegara con la comida.
Mientras comíamos me contó Chucho el brujito que era el mayor de sus hermanos, que viva allá arriba, allá muy lejos, me dijo también que su equipo favorito de fútbol eran las chivas del Guadalajara y por ultimo me preguntó que si yo era el Paco de los cuentos, “Paco el chato” . Rió. Para después de algunos minutos me preguntó que era lo que más me gustaba de la laguna de Catemaco y después me asaltó con la última pregunta:
—¿Que hacen los escritores?
—Inventan historias, te cuentan cuentos— le dije—.
—Cuéntame un cuento ahora mismo — cuando me lo dijo sentí el peso de aquellas palabras como nunca las había sentido—.
—Déjame pensar un poco — mi mente se nubló— no se me ocurre nada… lo siento.
—Enséñame a escribir un cuento como lo hacen los escritores y yo te enseño como se hacen los collares de caracoles — me lo propuso mientras sus ojos brillaban mas, eran tiernos, inocentes—
—Me parece perfecto — finalicé—.
Chucho el brujito se paró de la banca donde estábamos sentados y se agarro del farol que estaba atrás de nosotros para bajar del malecón e ir a la playa. Ahí se sentó, se quitó las chanclas y se puso a expurgar la arena con el objetivo de encontrar caracoles y tegogolos. Mientras estaba ocupado yo fui a pedirle un cigarro al “Padre”, un viejo que hablaba lentamente, espiritualmente rico, y que tenia el cabello y la barba larga y con canas.
Mientras fumaba un par de Delicados observaba la gente pasar, turistas con cámaras, tías con sobrinos berrinchudos, policías quitándole al vecino de a lado su mercancía, el sol allá arriba, el hambre en mi panza y el cigarro consumiéndose.
Total que minutos después Chucho el brujito me trajo los caracoles y un hilo, después agarro una piedra filosa y después con delicadeza les hizo un orificio a los caracoles e introdujo el hilo para hilvanarlos y así terminar con el collar. – Es hermoso- dije. Él sonrió.
Cuando Alan vino a dejarme las tortas y el refresco le presenté a mi nuevo amigo, le comenté la historia de vida de aquel niño que comía desesperadamente, y que no respetaba el mal habito de lavarse las manos antes de comer. Alan y yo lo vimos mejor, y él nos ofreció alguna fritura, no la aceptamos.
Luego a la retirada de Alan yo y Chucho el brujito comenzamos a charlar acerca del futuro de él, y bueno, lo único que pude captar fue que aquel niño que a pesar de las desaventuras de su destino hacia un pastel de alegrías, emociones, felicidades recién pintadas.
—Chucho ve a ofréceles tus frituras a los turistas que recién acaban de bajarse de las lanchas.
—Fue corriendo, pero en vez de llegar hacia ellos se quedó contemplando las olas que llegaban a sus pies, y saltaba para evitarlas.
No vendió nada, regresó hacia a mi, y me dejó sus cosas de trabajo, sus chanclas y su camisa y se metió a nadar valiéndole madres todo el puto día perdido en las ventas.
Yo por mi parte de pendejo dejé que me leyeran mi mano, me pronosticó la mujer de aspecto rígido y piel de cobre y ojos de ocaso que tenia próximamente un gran oportunidad de trabajo, y salud, y después le pregunté de amor; pero para ser sincero ella me dijo lo que no quiera escuchar.
Chucho el brujito seguía sumergiéndose en el mar, una y otra vez, gritándome que lo viera en otros de sus muchos espectáculos de media día que inventaba para llamar la atención, pero sinceramente me divertía viéndole, mentiría si dijera que no tuve ganas de meterme al mar, aun cuando el mas de tres veces me lo pidió, pero me negué argumentado que tenia que trabajar, para esto, al escucharme él sólo me lanzó una mirada de conmiseración.
Pero la mala hora llegó, un tipo gordo y moreno se me plantó enfrente y me preguntó que adonde estaba Jesús, yo le dije que no sabia, pues al verlo supe de inmediato que era el padre de mi amigo. El señor tomó las cosas de Chucho el brujito y con la mirada empezó a buscarlo, yo vislumbre que mi amigo estaba escondido detrás de las muchas lanchas que estaban atracadas en el muelle. Yo lo vi, con su cara de angustia, con su mirada de desgracia.
Unos estúpidos niños hijos de puta le gritaron al padre de Chucho el brujito, y le avisaron que él estaba escondido, el padre tomó sus cosas y le gritó aun sin verlo que lo esperaba en la casa. Después siguió caminando hacia la retirada.
Mi amigo salió del mar, más mojado que un pescado y me miró sin decirme ni una palabra, pasó junto a mí, y sentí su mirada y todo lo que aun tenía que decirme, sentí su miedo, su desgracia, su futuro de infortunio. Antes de que se fuera le lancé una sonrisa y le dije; no te preocupes nos volveremos a ver. Algo me decía que así sucedería, después él camino rumbo a su realidad.
Francisco Rico Hernandez.
Catemaco, Veracruz.
abril del 2009.
Aquella mañana me topé con “Chucho el brujito” que deambulaba sobre el malecón vendiendo chicharrones y palomitas, él no se esmeraba en su trabajo, mas bien andaba pensando en todo menos en el menester que tenia que hacer, y que a mi parecer era injusto a su corta edad. Ese niño era algo regordete, moreno y por algunos dientes picados le calculé nueve años, además tenia un brillo en sus ojos muy especial, lleno de vida e inocencia, aquel niño soñaba de con ser de grande un policía, para según él cuidar a las personas.
Chucho el brujito cursaba el tercer año de primaria y en estas vacaciones tenia que interrumpir el descanso y la diversión porque tenia que trabajar arduamente en la venta de las frituras que les ofrecía a los turistas para ganarse de alguna manera u otra la vida, esa vida de rigor que es impasible.
Supe claramente después de observar su impavidez y su escaso afán de preocupación que él era inmune a los prejuicios, a las reglas, y a los acuerdos de la supervivencia, era mas bien un niño que a pesar de que tenia que trabajar buscaba la manera idónea para divertirse, y así lo hacia.
Como los dos, ni él ni yo, habíamos comido absolutamente nada le di un par de monedas de la venta exigua para que fuera a comprar un paquete de galletas y una Coca-cola, con la encomienda también de que se quedara con el cambio.
Cuando regresó me trajo el desayuno y alegremente me enseñó las sabritas que se había comprado, con eso apaciguamos el hambre mientras esperábamos a que Alan llegara con la comida.
Mientras comíamos me contó Chucho el brujito que era el mayor de sus hermanos, que viva allá arriba, allá muy lejos, me dijo también que su equipo favorito de fútbol eran las chivas del Guadalajara y por ultimo me preguntó que si yo era el Paco de los cuentos, “Paco el chato” . Rió. Para después de algunos minutos me preguntó que era lo que más me gustaba de la laguna de Catemaco y después me asaltó con la última pregunta:
—¿Que hacen los escritores?
—Inventan historias, te cuentan cuentos— le dije—.
—Cuéntame un cuento ahora mismo — cuando me lo dijo sentí el peso de aquellas palabras como nunca las había sentido—.
—Déjame pensar un poco — mi mente se nubló— no se me ocurre nada… lo siento.
—Enséñame a escribir un cuento como lo hacen los escritores y yo te enseño como se hacen los collares de caracoles — me lo propuso mientras sus ojos brillaban mas, eran tiernos, inocentes—
—Me parece perfecto — finalicé—.
Chucho el brujito se paró de la banca donde estábamos sentados y se agarro del farol que estaba atrás de nosotros para bajar del malecón e ir a la playa. Ahí se sentó, se quitó las chanclas y se puso a expurgar la arena con el objetivo de encontrar caracoles y tegogolos. Mientras estaba ocupado yo fui a pedirle un cigarro al “Padre”, un viejo que hablaba lentamente, espiritualmente rico, y que tenia el cabello y la barba larga y con canas.
Mientras fumaba un par de Delicados observaba la gente pasar, turistas con cámaras, tías con sobrinos berrinchudos, policías quitándole al vecino de a lado su mercancía, el sol allá arriba, el hambre en mi panza y el cigarro consumiéndose.
Total que minutos después Chucho el brujito me trajo los caracoles y un hilo, después agarro una piedra filosa y después con delicadeza les hizo un orificio a los caracoles e introdujo el hilo para hilvanarlos y así terminar con el collar. – Es hermoso- dije. Él sonrió.
Cuando Alan vino a dejarme las tortas y el refresco le presenté a mi nuevo amigo, le comenté la historia de vida de aquel niño que comía desesperadamente, y que no respetaba el mal habito de lavarse las manos antes de comer. Alan y yo lo vimos mejor, y él nos ofreció alguna fritura, no la aceptamos.
Luego a la retirada de Alan yo y Chucho el brujito comenzamos a charlar acerca del futuro de él, y bueno, lo único que pude captar fue que aquel niño que a pesar de las desaventuras de su destino hacia un pastel de alegrías, emociones, felicidades recién pintadas.
—Chucho ve a ofréceles tus frituras a los turistas que recién acaban de bajarse de las lanchas.
—Fue corriendo, pero en vez de llegar hacia ellos se quedó contemplando las olas que llegaban a sus pies, y saltaba para evitarlas.
No vendió nada, regresó hacia a mi, y me dejó sus cosas de trabajo, sus chanclas y su camisa y se metió a nadar valiéndole madres todo el puto día perdido en las ventas.
Yo por mi parte de pendejo dejé que me leyeran mi mano, me pronosticó la mujer de aspecto rígido y piel de cobre y ojos de ocaso que tenia próximamente un gran oportunidad de trabajo, y salud, y después le pregunté de amor; pero para ser sincero ella me dijo lo que no quiera escuchar.
Chucho el brujito seguía sumergiéndose en el mar, una y otra vez, gritándome que lo viera en otros de sus muchos espectáculos de media día que inventaba para llamar la atención, pero sinceramente me divertía viéndole, mentiría si dijera que no tuve ganas de meterme al mar, aun cuando el mas de tres veces me lo pidió, pero me negué argumentado que tenia que trabajar, para esto, al escucharme él sólo me lanzó una mirada de conmiseración.
Pero la mala hora llegó, un tipo gordo y moreno se me plantó enfrente y me preguntó que adonde estaba Jesús, yo le dije que no sabia, pues al verlo supe de inmediato que era el padre de mi amigo. El señor tomó las cosas de Chucho el brujito y con la mirada empezó a buscarlo, yo vislumbre que mi amigo estaba escondido detrás de las muchas lanchas que estaban atracadas en el muelle. Yo lo vi, con su cara de angustia, con su mirada de desgracia.
Unos estúpidos niños hijos de puta le gritaron al padre de Chucho el brujito, y le avisaron que él estaba escondido, el padre tomó sus cosas y le gritó aun sin verlo que lo esperaba en la casa. Después siguió caminando hacia la retirada.
Mi amigo salió del mar, más mojado que un pescado y me miró sin decirme ni una palabra, pasó junto a mí, y sentí su mirada y todo lo que aun tenía que decirme, sentí su miedo, su desgracia, su futuro de infortunio. Antes de que se fuera le lancé una sonrisa y le dije; no te preocupes nos volveremos a ver. Algo me decía que así sucedería, después él camino rumbo a su realidad.
Francisco Rico Hernandez.
Catemaco, Veracruz.
abril del 2009.
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