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miércoles, 6 de abril de 2011

Figuras de Lodo

El sol desbarata las figuras de lodo. De pronto él se vio convertido en un objeto de barro. La tierra estaba quebrada, árida y él se encontraba parado en ella debajo del sol que los consumía a ambos — Tierra y hombre—.

Ahí se encontraba ese hombre quemándose los cueros de barro, despellejándose todito. Su corazón latía, pero no tenia ni una gota de vida, el calor lo consumía, le pudría el alma. En aquel lugar exiguo de sombras no existían las flores y el único ruido que se escuchaba era el sonido del palpitar de su corazón.
Sin darse cuenta de pronto sus piernas áridas estaban clavadas en el suelo. Eran estacas de barro. Del ombligo le creció una semilla de maíz, le había nacido un pequeño sol en su cuerpo.

“El cielo estaba ardiendo, Huitzilopochtli sonreía.”


Vio sus manos; eran dos y estaban inmóviles, secas, hechas barro como todo su cuerpo, inútiles. De su boca entreabierta salió una serpiente misma que después se convirtió en humo, el sol se come hasta el humo.
Él con una estrella sobre su frente seguía observando el cielo que se situaba allá arriba, es muy alto allá arriba donde se encuentra el cielo.
El sol es enorme, es una bola de fuego que da calor, es una yema de huevo hirviendo.

Un viento imprevisible que venia desde más allá de la distancia en donde el ojo pierde la vista desbarataba todo a su paso, quebraba el filo de las piedras, destrozaba los cimientos de la vida, desmenuzaba estirpes de nubes. Ahora en la tierra lo derruía todo; hasta los pensamientos borraba el aire.
Y él inmóvil e ingenuo aun se mantenía pensando si el sol estaba en la tierra o, la tierra en el sol. Pobre objeto de barro, desconocía su desgracia.
No tuvo tiempo de sucumbir al miedo, sus ojos de cristal se destruyeron de inmediato, su cuerpo se partió, se desmoronó, se hizo añicos; los remolinos intempestivos del viento lo trasformaron a pequeñas migajas de polvo. No quedó nada de él. El viento se fue y sólo quedó el sol allá arriba; un ojo de lumbre que lo ve todo, que lo sabe todo.
¿Qué culpas habrá pagado aquel hombre de barro? Suplicio indecoroso es esperar ser destruido por algo tan ligero y tormentoso como es el viento.

Al final, en un enorme agujero oscuro de pronto despertó del sueño, no, no es cierto; los muertos no sueñan.




Francisco Rico Hernández.
19 de febrero del 2009.
Escrita en el transcurso de Tlacotalpan – Cosamaloapan.

viernes, 5 de noviembre de 2010

El Secreto Prodijioso.

Aquella tarde don Tito había llegado puntualmente al parque Castillo, eran pasadas de las cinco de la tarde y los remolinos que antes jugaban intempestivamente sobre los cerros ahora bajaban a la calle.
Ese día don Tito como todos los jueves había asistido al parque cumpliendo en ese acto vigoroso las formalidades de las costumbres. Él estaba vestido otoñalmente en plena clausura del verano, llevaba puesta una camisa almidonada de mangas largas abotonada desde el cuello hasta las muñecas, un pantalón gris de tela corriente y un par de botines desvencijados; el sombrero caribeño que tenia puesto sobre la cabeza era de ala ancha, sus canas eran plateadas y tenia una mirada de desamparo en esos profundos ojos color café. Don Tito estaba sentado en una de las bancas del parque en solitario, tenía los brazos cruzados y miraba a la gente pasar, permanecía callado, sin suspiros, vetado de risas, esporádico de emociones.
Todos ignoraban con acertada precisión lo que aquel anciano pensaba o simplemente imaginaba al ser testigo del discurrir de los transeúntes. El estado abismado de don Tito era rigoroso y su soledad se deslindaba de los ocios.
Algunas personas rumoraban siempre algún acontecimiento sobre la vida de don Tito, ya que él muchos años atrás era un prestigioso abogado y de la nada se había convertido en un maniquí viviente en un mundo de vivos curiosos. La gente que lo conocía recuerda que cierta ocasión viajó Europa en un viaje que duró poco más de un mes. A su regreso de la Valencia que fue última ciudad que vistió algo en él había cambiado, se le notaba en la mirada, en su misma persona. A base de estos acontecimientos se formularon algunas hipótesis que avalaran aquel silencio de hierro que forjaría una nueva personalidad en don Tito. Unos dicen que el viaje que emprendió lo hizo para convertirse en un expía de una de las tantas guerras de Europa y que logró someterse al juramentó de honor al guardar un secreto del Estado Mayor el cual nunca revelaría y que llevaría consigo hasta el lecho nupcial de la muerte.
Había un organillero desventurado que algunas veces se escapaba de la capital y llegaba a Orizaba cada vez que lo ameritaba su necesidad, aquel hombre pasaba largar jornadas en el parque Castillo y como era claro de entender comprendía el secreto austero del mismo anciano que llegaba cada jueves a sentarse en la misma banca del parque. Él me contó cierta ocasión que un jueves hace dos años atrás mientras tocaba todo el repertorio con su caja musical, observó que un par de españoles se acercaron a don Tito para averiguar aquel secreto inmemorial que guardaba, supo que eran ibéricos porque minutos antes le cuestionaron por aquel artefacto musical que ejecutaba melodías con ese toque tan especial.
—Sin embargo aunque trataron de persuadirlo de muchas formas no lograron robarse de don Tito ningún bostezo — me comentaba —.
—No te creo — finalicé diciendo—.
Yo no había creído esa historia paparrucha, al contrario pensé que aquellos españoles sólo eran turistas que se acercaron a ese anciano para preguntarle donde estaba el hotel más próximo. Estaba seguro que don Tito no pudo haber sido en sus tiempos mozos un espía, no encontraba vestigio alguno que lo avalara, además por el contrario su cuerpo era flácido y menudo, y era claro que una regla inquebrantable de los espías de las guerras frías es medir mas de 1.80 centímetros. Como ese rumor tampoco creí los otros, en especial el del padre Facundo que decía que don Tito era un fiel de la iglesia católica y que esperaba con devoción sentado en el parque y frente a la iglesia que algún santo novedoso lo llamara para de una vez compensar su inflexible paciencia. También omití con cierta incertidumbre el cuento de la mundialmente desconocida poeta Laura Valentina Guiza la cual argumentaba saber que ese anciano consiguió vender su alma al diablo por culpa de un amor platónico que no era correspondido, por esa razón a veces permanecía en un estado vegetal ya que el diablo apretaba su alma y corazón para humillarlo y dejarlo sin voz por el resto de su vida. Eso de que don Tito le vendió el alma al diablo me parecía muy romántico y claro como soy Piscis tuve mis razones para créelo. — Tal vez si, — pensé.

Lo que comenzó como un misterio de hora de comida, se había trasformado en un acto de honor que ni el mismo Sherlock Holmes hubiera desperdiciado. Había escuchado del secreto prodigioso de don Tito por primera vez en una comida sabatina de esas que se dan a la fuerza para unir los lazos familiares con parientes que ves cada quincena. En la reunión la abuela comentaba románticamente que de joven había sido otra colegiala que llegó a sufrir los estragos del amor no correspondido de don Tito. << Era indudablemente hermoso, con sólo escuchar su voz te elevaba al firmamento>>, decía la abuela evocando el recuerdo de aquel hombre. Luego aclaró que la única mujer que volvió irremediablemente loco de amor a don Tito fue Paloma Cisneros, la misma hija que acompañada de su padre había llegado a Orizaba con el propósito de abrir un taller de pintura. Sin embargo un día enamorado ya de ella don Tito vio partir a Paloma para no volver jamás. Después de ese momento don Tito desapareció por muchos años hasta que un día regresó más callado y taciturno que nunca. Ya no era el mismo. Mi abuela con la lucidez de sus sesenta años a cuesta aseguraba que después de Pedro Infante don Tito era lo mas hermoso que habían vistos sus ojos.
El verdadero sentido de mi previsora interrogantica hacia el despego social de don Tito con el mundo y la mierda de su amor huido y perdido nació cuando escuché que la abuela dijo las últimas palabras que se escucharon de don Tito Acuérdate de mi Paloma.
Y así fue como empecé a enamorarme de aquella historia que somete a los años y remide la confianza y la espera a cenizas que se lleva en silencio el viento.
La fama de aquel silencio consiguió ser escuchada en toda la ciudad y pasar intacta entre generaciones que algún día contarían lo que saben a sus hijos y a los turistas que tímidos y desconfiados observaban de lejos a el anciano que callado miraba todo. Entonces por aquella razón procuré viajar de Cosamaloapan a Orizaba cada temporada vacacional o fin de semana que lo permitiera, sin embargo en éste verano tenía la convicción de que por fin don Tito se dejara seducir por mí y violara su silencio inmemorial.


Por eso días yo era un pibe que estudiaba con esmero en las clases de lectura y redacción, fanático de los Pumas y con un corte de cabello que era burla de los chicos del barrio. En esta temporada vacacional en Orizaba yo trabajaba en el triste y solitario Café Tarumba; hipotecado dos veces, heredado y administrado por tres generaciones continuas, y que ahora era propiedad de un solterón ilustre de los tiempos modernos llamado Manuel Centeno; benefactor de los duelos de la melancolía y tertulias amenas de una ciudad meramente parisina en claustrada mágicamente en el México del nuevo siglo.
Lo había conocido gracias a su ex novia que resultaba ser mi prima Olga que fuera su lucero para después destruirle su vida por culpa de un tipo torero que se plantó en la Plaza de Toros la Concordia un mal viernes de Septiembre.
Correspondido por el tiempo y el momento Manuel Centeno supo la verdadera historia del aquel anciano lánguido y preso de un silencio que lo devoraba sin consuelo alguno y que padecía también en la costumbre la ley de ir cada jueves a sentarse en las bancas del parque sin mover ni un palmo de su cuerpo. En una confesión de whisky en las horas donde ya no aguantaba la rutina y el otoño perecedero de recuerdos me confesó que conocía toda la verdad del secreto prodigioso.
—Dígame el secreto — le dije —. Al cabo que nadie aguanta tanto silencio.
Cuando quise atacar su confiabilidad y deshojar el ramo de su memoria perdurable y hermética el rostro de Manuel Centeno cambió y me dijo:
—No debe de haber curiosidad en ti.
No tomé muy enserio su comentario y sin preámbulos le contesté: — Hay gentes que rumoran sobre la vida de don Tito, construyen hipótesis sin sentido, usted debería un día de estos descargar el peso de aquel silencio. No hubo respuesta. En cambio se dirigió a la cocina y sacó de la alacena la bolsa de Café Cordobés para enseguida echarlo a la cafetera que empezaba a calentarse.
—No dudes Xavier que la razón por la que don Tito está allí sea muy importante — me decía mientras preparaba el café —.
-¿Usted esperaría tanto tiempo? — le pregunté de un tajo —.
—Si yo tuviera las mismas razones lo haría sin dudarlo — apuntó complaciente —.
—Ningún pecado vale tanto la pena — insinué —.
—Desgraciadamente la soledad si.
El agua de la cafetera estaba hirviendo, el olor diáfano del aroma del café impregnaba el ambiente.
Manuel Centeno jamás abjuró a la encomienda que las casualidades de habían asignado, ya que el día de infortunio él fue testigo por casualidad del secreto de don Tito.
—Fue un jueves del mes de mayo hace treinta años atrás, yo era muy joven, tenia tan sólo quince años, lo que vi y escuché jamás lo contaré. No eres el primero que me pregunta acerca del secreto de ése anciano, sólo te diré que él sucumbió y alimentó su propia perdición.
La niebla cubría gélidamente los cerros aquella tarde de un jueves, yo aun mantenía la esperanza inflexible de descubrir el secreto de ése viejo que estaba sentado sin moverse en una de las bancas del parque Castillo. Por eso cuando tuve la primera oportunidad de escaparme del trabajo lo hice y caminé por calle Real hasta bajar a Francisco I. Madero y llegar al parque Castillo.
Me establecí a pocos metros de él y me compré para apaciguar los nervios una lata de Coca-cola y le bebí mientras pensaba como abordar a don Tito. Me sudaban las manos y fue cuando por primera vez se me antojó un cigarro.
Cuando por fin dejé atrás el respeto hacia su conciencia hermética y decidí lamentarme de la banca don Tito se puso de pie, me dirigió una exigua mirada y caminó a pasos lentos hasta llegar a una caseta telefónica la cual se situaba a pocos metros a la izquierda de su ubicación. Allí su memoria encontró caminos de regreso, depositó con su pulso palpitante un par de monedas en el aparato para después marcar una serie de números sin equivocación alguna, enseguida alzó la bocina y vislumbré de lejos que aquel anciano se envolvió en una conversación que tan sólo duró algunos minutos.
Cuando don Tito terminó de hacer su llamada y colgar el teléfono su cara marcada por lo horrores de la soledad y el desconsuelo, obtuvo por fin la tregua del alivio, ese con el que había soñado tanto tiempo. Don Tito se alejó de la caseta telefónica y continuó caminando lentamente, antes de que se perdiera de mi vista y que desapareciera de la ciudad como si la tierra se lo hubiera tragado, vi que por primera vez don Tito pasiblemente dibujó una sonrisa en su rostro al ver que un niño derramó accidentalmente sobre el piso su helado de chocolate.





Francisco Rico Hernandez.
Ciudad Mendoza, Veracruz.
23 de Julio del 2009.

viernes, 2 de julio de 2010

Hoy llueve, esta noche llueve.

A Carlós Bárcenas Nava.

“Hay historias que nunca caducan,
Las otras de seguro las leerás”.





Facundo aquella tarde había despertado de aquel sueño involuntario, cuando abrió los ojos no tuvo conciencia alguna de lo que le ocurrió tan sólo un par de horas atrás, su mente estaba en blanco como si apenas hubiera despertado al mundo.
— ¿En donde estoy? ¿Quien soy? — se preguntó—.
Una mujer que vestía bata blanca y dibujaba veinte años, (al menos se le notaba por sus ojos claros) pronunció las buenas tardes con una sonrisa de puro tramite. Luego lo auscultó brevemente para después tomarle el pulso. De pronto ella colocó su mirada impasible en Facundo y frunció la boca con desdén de primera orden. En Facundo el mecanismo atrasado del dolor hizo su aparición.
—¿Qué carajos me pasó señorita? — preguntó a media voz —.
La enfermera le explicó sutilmente que había caído de un tercer piso en construcción a un pequeño cerro de grava, por su aspecto de hombre alejado de las buenas costumbre de la vida del confort, y no por su vestidura sucia e impregnada por el cemento la enfermera había caído en la cuenta que Facundo era un albañil.
—Es un milagro que esté vivo y sin fracturas — dijo ella. Se detuvo e hizo un gesto en el rostro que le preguntaba a Facundo ¿Quién diablos eres? Luego acabo diciendo: —Puede irse cuando quiera.
Dio la media vuelta y anotó en su carpeta metálica el estado sorpréndete de salud del paciente en turno. Era claro que las fracturas no hicieron su aparición, pero de igual forma Facundo no podía moverse aun del todo. La enfermera caminaba hacia la salida pero la caída de su lapicero mermó su propósito, entonces ella se inclinó para recogerlo y se puso a gatas, en ese momento Facundo pudo observar a placer y sin miramiento alguno la circunferencia llena de carne, las suculentas nalgas en forma de corazón de la enfermera y de pronto sin esmero alguno sintió una emoción en la entre pierna. << Con eso ya estoy mejor>>, pensó. La joven enfermera después de recoger su lapicero se acomodó el cabello y finamente caminó hacia la puerta para enseguida salir y perderse entre la multitud del hospital.

Facundo Gonzales era un albañil. Un hombre honesto, trabajador y ciertamente inocente ante las misóginas trampas de la vida moderna. Su destino desorientado y escaso de oportunidades lo orilló al oficio brutal del constructor. Facundo no se queja de la sequia inmemorial de no tener dinero, nunca se ha subido a un automóvil y sólo su destino apartado del trabajo le concedió el tiempo de conocer a una mujer. Él estaba convencido de que tiene todo lo que necesita para vivir; aire en los pulmones y a pesar de ser tan feo también tiene a su amada esposa Florencia; y por su puesto tiene lo más importante: la fe. Facundo piensa que constantemente uno puede pensar perder la fe en estos tiempos tan apartados de los buenos pensamientos, sin embargo sabe que el pez grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, el hombre se traga al hombre y a pesar de eso nosotros por mas malos, envidiosos o feos que seamos todos tenemos una parte divina, de bondad y amor. Él siempre recordaba las palabras de Genaro Solís su antiguo profesor de primaria, un caballero en toda la extensión de la palabra, el profesor le había dicho que hay que estar agradecido con Dios y con la vida para así disfrutar todo lo que haces en este mundo. El profesor escribió alguna vez una frase siniestra que hace gala a su profesión “La labor del profesor es una labor que siempre ha sido blanco de lapidaciones, injusticias e ingratitudes y que sin embargo será por siempre lo que desde el principio es faro de luz de todas las generaciones”
Facundo Gonzales con toda esta enseñanza ha crecido y por debido respeto a Dios y a la vida no pide más.
Cuando salió del hospital caminó por un callejón oscuro y solitario que para la gente normal seria un tropiezo de facultades caminar, el cielo de Cosamaloapan es diáfano, alto, nostálgico y las calles llena de perros. Al llegar a la esquina del barrio Facundo fue llamado por Jacaranda, que era una sirena sin mar y virgen del pecado que sobrevivía en el pedazo de cielo que le toco alumbrar con su cuerpo y corazón.
—¡Facundo ven de prisa! — gritó ella —.
—¿Qué pasa? — preguntó —.
—Mira que ese hombre que está tirado allá cerca del automóvil lleva más de media hora allí y por su aspecto no creo que sea un borracho, ve a ver que le ocurrió — agregó la mina de oro —.
Facundo cruzó la calle hacia la acera sombría, cuando se topó de frente con aquel hombre sintió una punzada en el estomago, la misma que hacia varios años no sentía, la ultima vez que le ocurrió fue cuando observó por primera vez en un periódico una guerra en oriente, en la fotografía entre el humo y la muerte la gente apiñonada cantaba, había soldados y niños que ostentaban el miedo en sus ojos, esa vez tuvo la punzada justamente en el epicentro del estomago. Se sintió fatal. Ahora muchos después la punzada otra vez precisó en el mismo lugar, adjudicando otro sentimiento de desconsuelo.
El hombre que Facundo veía era alto, con bigote pronunciado y acorde con el estilo del bien vestir, tenía la piel color del pan y un aura de abuelo patriarcal que daba respeto. En la mano derecha que sangraba tenia guardado un crucifijo de plata por el cual había peleado hasta el último aliento, también llevaba consigo un maletín de primer mundo el cual estaba abierto y que dejaba a su alrededor un mar de hojas tiradas en la calle. Facundo Gonzales recogió entre sus hombros a aquel hombre y se lo llevó consigo hasta su hogar.
Cuando llegó a su casa le ordenó a Florencia que le preparara una taza de café, además de que hirviera agua y buscara algunos trapos. Luego se dirigió hasta el cuarto matrimonial donde dejó caer con cuidado en la cama al hombre que llevaba a cuestas. Florencia desconcertada y meramente indignada por aquel abuso de bondad de su espeso acabo diciendo:
—Si un día la muerte te lleva nos acabaras jodiendo a todos con tus buenos actos.
Facundo ante aquel comentario no hiso alusión a nada.
Luego se dirigió al ropero y saco de el una fotografía de él cuando era niño, siempre la sacaba cuando Florencia se molestaba, sin embargo sabia que aquel detalle de doña Guadalupe Gonzales de poner a un niño flaco y desnudo era un motivo de carcajearse por encima de los indecoros del malestar. Su esposa no tuvo más remedio que omitir por culpa de las risas la acción de Facundo. Con mas resignación que ganas fue la misma Florencia la que se ánimo a ponerle las mantas tibias sobre la cabeza al recién llegado. El hombre se mantenía dormido, y Facundo lo miraba fijamente como si tratara de descubrir que había más haya de esos suspiros del sueño involuntario. De pronto allá afuera, arriba, el cielo sufrió una hemorragia y comenzó a llover.
—Esta noche llueve — le dijo a Florencia—.
—Todo lo que nos parece lejano lo tenemos en la punta de la nariz — le dijo—.
Y Florencia concluyó besándole la mejilla a Facundo.
Su esposa al vaticinar los efectos que tendría el techo a consecuencia de la lluvia inesperada fue por un par de cubetas para las goteras que pronto se aproximaban.
Como si fuera un recién nacido, violentamente despertó el hombre. Facundo y Florencia atendieron al ruido impetuoso de su inquilino.
—¿En dónde estoy? — les preguntó el hombre —.
—De todos los lugares donde puedas estar, estas en el sitio que no buscabas — dijo Florencia con amargura —.
Después el tiempo transcurrió y el hombre comenzó a tranquilizarse, Facundo le explicó que lo había encontrado desmayado en la calle, por su parte Florencia culpó a la buena voluntad de su esposo por meterse en cosas que no son de su incumbencia y se disculpó con el hombre, sin embargo él agradeció lo que habían hecho por su persona horas antes.
—Es una suerte que ustedes me hayan encontrado — decía el hombre — no muchos tienen ese talento de ayudar a la gente.
—No es talento señor, son necedades — dijo la esposa —.
—El prójimo es primero Florencia — dijo Facundo—.
El hombre se puso de pie teniendo la intención de abandonar la cama e irse para no volver jamás, sin embargo los cuestionamientos acerca de su estado de salud que le hizo Facundo bastaron para que él se quedara un rato más.
Por culpa de los quehaceres del trabajo y por la demora de dinero Facundo no tenia que ofrecerle de comer a su invitado así es que le dio una taza de café acompañada de una pieza de pan que descompletaba el último aliento de los víveres de la semana. Florencia desde su lugar lo miró indignada ahogando el coraje de perra brava en un suspiro de aplomo. El hombre se sintió apenado aun sin darse cuenta de la molestia inflexible de aquella mujer que tenia detrás.
—Usted no se fije, al confort de la buena vida nunca nos hemos acostumbrado — dijo Facundo —.
—Es usted muy amable — dijo el hombre —.
Mientras afuera la lluvia se fundía entre el aire de los sueños, adentro Florencia corría de un lado a otro vaciando el agua de las cubetas al instante que Facundo y el hombre conseguían entablar una conversación, él sentado a la orilla de la cama y Facundo en una cubeta.

El inquilino comentaba que el motivo de su vista en Cosamaloapan era para presenciar la boda de su sobrina Darinka que se casaba con un hombre llamado Francisco. Ellos para el desencanto de si mismo se habían conocido en un evento de la crónica nacional organizado en Puebla y al cual asistió Francisco invitado por haberse ganado su amistad en el tiempo que pasaron juntos en Chiapas.
—Es mi sobrina consentida, la más bella, blanca como la nieve — decía — de un pincelazo Dios dibujó sus cejas, ella es una mujer de principios, inteligente y especial.
—Ha de tener la unión de belleza y encanto — dijo Facundo —.
Aquel hombre amaba a su sobrina Darinka como si fuera su hija, la cual no pudo tener y no hubiera tenido nunca. Carlos Villareal era el nombre del hombre.
—Mi intención era ir hacia el salón donde la fiesta se celebraría pero me extravié y fui asaltado — apuntaba Carlos Villareal mientras se rascaba la nariz—.
—Que calamidad — agregó Facundo —.
La lluvia no escampó y nuca sucumbió. Las calles se inundaban.
—Pensé que moriría — apuntó lastimeramente el inquilino —.
—Nunca juzgue el atino de la muerte y el perdón del destino — agregó Facundo.
Carlos Villareal comenzó a contar sin darse cuenta, más bien en un sentido subconsciente su vida. Se describió así mismo como el Príncipe Triste y presumía de no haber tenido nunca un dolor de muelas. Recordaba su infancia y la afinidad para las reuniones de elite en las que se desarrollaba desde pequeño, los días en la casa de la abuela, las memorias del abuelo coronel, la debacle económica que sufrió la familia a consecuencia de la revolución, los viajes a Acapulco y España, Chilpancingo los martes. Había también oscuros e indescriptibles pasajes de su vida, Carlos Villareal con el misterio del mundo en su cabeza y contagiado por la epidemia del liberalismo en la adolescencia salió de casa acompañado de sus amigos hacia pueblos lánguidos por la miseria y olvidados por la memoria del mundo. En ese viaje cambió de atmosfera y se fue a respirar el aire de la miseria, de la desdicha, de la mierda.
Mientras Carlos Villareal narraba su historia Facundo escuchaba atónito, sin decir ninguna palabra, se mordía las uñas de los dedos, miraba las paredes húmedas, tenia ganas de llorar.
—Pero el tiempo cambió — dijo Carlos Villareal—.
Y lo había dicho porque ahora muchos años después, tenia un presente establecido, confort, ahora era todo un erudito en la literatura, y escriba con convicción y talento las artes ilustres de la crónica en su ciudad.
Para Facundo le resultaba un hecho incompresible tener a un hombre de esa índole en su humilde casa, sentado en un colchón heredado por un hotel en los años del derrumbe y cenando el ultimo pan de la semana.
De pronto ante el establecimiento de la confianza prematura Facundo se dirigió hasta su alacena y debajo de un cajón sacó una botella brandy, y fue por dos vasos para celebrar bajo la lluvia de la casa una amistad insondable.

El pobre, el rico, lo bueno y lo vulgar todo es igual bajo la lluvia.








Francisco Rico Hernandez.
26 de septiembre del 2006.

jueves, 20 de mayo de 2010

En la casa numero 33.

A Marisa.
"Justamente hoy en la noche a las diez
de la mañana me acorde de ti"

Eran las nueves de la mañana, un sol enorme se ponía en el cielo limpio, el viento había escurrido las nubes. El cartero anunciaba su llegada silbando alegremente el pito, había llegado como todos los días puntualmente al lugar correspondiente, cumpliendo en ese acto el inicio de su ruta de trabajo. Aquel hombre llevaba puesto orgullosamente el uniforme de los servidores públicos del correo postal, unos zapatos negros, una gorra en la cabeza que lo cubría inútilmente de los rayos del sol; él tenia una cara alegre y un bigote estéticamente bien cortado.
La mochila de piel que traía consigo guardaba en su interior una variabilidad de sentimientos tangibles hechos cartas, mismos que estaban pronosticados a liberarse del encarcelamiento ocasional al abrirse un día de tantos.
En esas horas de aquella mañana don Gaspar, el cartero, recorría la calle Mariano Abasolo a pie. Escrupulosamente dejaba las cartas en las casas precisas. No había errores en el cumplimiento de su menester, más de diez años de experiencia lo abalaban.
En la casa marcada con el numero veintinueve le dejó a la maestra que ahí vivía, un paquete que contenía el libro del Kamasultra que por oferta única tenia ocho posiciones nunca antes vistas, además de cinco cartas pasionales escritas por sus diferentes novios por correspondencia. La siguiente morada que visitó era un lugar triste y solitario, desde que tenia memoria nunca había visto salir a nadie de allí, eso si, el buzón al otro día estaba vacio. La casa con el numero treinta y uno recibió del cartero un sobre tamaño oficio, el cual tenia una revista de astronomía, y una carta en donde mandaban una subscripción para pertenecer al equipo de Mausan.
En el siguiente hogar don Gaspar puso al buzón despintado y oxidado una carta para el pastor de una iglesia, misma que le enviaba desde prisión su hermano, en el escrito redactaba la cantidad exacta de dinero que tenia que reunir de su fieles para pagar la fianza.

“Una gota de sudor se escurría lentamente sobre su frente, don Gaspar sentía el calor del infierno en su pecho, le sudaban los testículos.”


Cuando por fin llegó al hogar de Toto, la casa marcada con el número treinta y tres de la calle Mariano Abasolo, don Gaspar tuvo un sentimiento de culpa, lo sentía cada día desde hace diecinueve meses, dos semanas, y cuatro días.
Sigilosamente colocó un par de cartas en el buzón y cuando se disponía a irse, la puerta se abrió y alguien dijo:
— ¡oiga cartero! Ese alguien era Toto.
—Hijo acaso no te rindes — agregó don Gaspar—.
—La esperanza no me deja.
—El cartero le lanzó una mirada de conmiseración.
Toto Riquelme todas las mañanas; sentado en su sillón, en silencio y con la vista bien puesta en su buzón, esperaba una carta que nunca llegaba. - Tal vez esta seleccionando las mejores palabras de amor, esa es la razón de su demora -, pensaba por las noches cuando el sueño era una excusa.
Cuando se atrevía a cerrar los ojos pensaba en Esperanza, recordaba la constelación de lunares en su cuello, el olor de otoños vivos de desprendía su cuerpo, sus manos largas y flacas, la amalgama peligrosa de sus labios juntos.

“Pienso en ti Esperanza, te amo y te deseo como si fueras la única mujer del mundo”.

Toto abrió las cartas enfrente de don Gaspar con una excelsitud de maestro, tanto esperar lo había vuelto juicioso. Una a una las fue abriendo; en la primer carta le informaban que Reader’s Digest necesitaba urgentemente el pago del segundo mes de su subscripción, en la otra carta le advertían que tenia que pagar el adeudo del predial de su casa, ya que el Honorable Ayuntamiento no tendría piedad alguna con los ciudadanos morosos. Las demás cartas eran de sus admiradores que leían sus notas en el periódico. No había ningún rastro escrito de algún amor. Que pequeño es el mundo cuando el pasado se hincha de recuerdos.
— ¿Que día es hoy? — preguntó Toto —.
—Domingo — respondió el cartero—.
—La fecha.
—19 de octubre — dijo el cartero —.
—Un día como hoy, hace un par de años atrás ella abrió por primera vez los ojos al mundo. La vida se volvió desde entonces más feliz.


“Empecé a soñar contigo Esperanza desde el momento en que te comencé a extrañar, ahora cada noche no hago otra cosa que pensar en ti”.


Ha deber sido porque don Gaspar nunca se enamoró, por ese motivo no entendía lo que sufría aquel muchacho exiliado del amor. Toto la había conocido un buen día, en un viaje, en un salón, en una hora precisa, en el lugar exacto. Pasaron doce horas juntos, buen pretexto para enamorarse. Fue amor a primera vista, de esos de los que quedan pocos. Don Gaspar escuchó otra vez la historia de amor de Toto, y harto después de una hora encolerizado gritó:
— ¡Desde hace diecinueve meses, dos semanas y cuatro días escuchó tu historia de mierda!
— Que casualidad, es el mismo tiempo que llevo esperando alguna carta que me alivie el corazón.
—Lo siento hijo, es que hablar de amor, es hablar de enfermedades, y yo no soy doctor — finalizó el cartero—.
Toto invitó a don Gaspar a pasar adentro de su casa. El cartero en su estancia en la sala pudo ver un cuadro de ángeles colgado en la pared, una lámpara hecha de madera en la esquina, una galería de fotografías puestas en la mesa rectangular, y en el sillón vio el estuche de un violín, también observó que en la mesa principal Toto tenia una maquina de escribir, una taza de café y un cenicero lleno de cenizas.
Toto no pasaba de los treinta años, era un hombre largo, no tenia bigote y a veces miraba con la mirada abstraída de un sordo.


“Hay veces en que duermes con alguien para callar una platica insulsa y saciar tu sed de placer, por ego. Hay veces en cambio, que quisieras dormir con alguien para seguir la conversación y saciar tu sed de sentir, por compartir”.


Mientras fumaba sin prejuicio alguno él le contaba al cartero ya no la historia de amor, si no el motivo por el cual había visto pasar el invierno, la primavera, el verano, el otoño; sentado todas las mañanas en el mismo lugar, aguardando paciente una carta que no llegaba nunca.
—Fue una promesa — dijo desilusionado Toto—.
—Dicen que las mejores promesas, son esas que no hay que cumplir.
—Eso es de Sabina.
De pronto el sol se perdió en la inmensidad del cielo — el cielo esta muy alto — las nubes se reunieron y el viento luego sopló debajo del cielo. El viento barría las calles.

Cuando abrió la puerta para que el cartero se fuera, el viento descarrilado consiguió que la gorra de don Gaspar callera al suelo. Se inclinó para recogerla. Toto le agradeció por su visita, discurrió rumbo al buró y sacó del cajón una carta que le entregó al cartero.
—Llevas diecinueve meses, dos semanas y cuatro días entregándome una carta.
El sonrío y después agregó: — Lo hago porque es lo mejor que sé hacer.

“Esperanza arroyo claro, mariposa ligera ¿recuerdas cuando nos besábamos? ¿Qué sentiste con el primer beso? ¿Dicha, el amor? Yo me sentía el hombre más feliz del mundo. De pronto me vi soñando con los ojos abiertos, no había más cuerpo en el mundo que el tuyo, yo era tierra y tú nieve. ¿Cuantas cosas hermosas se nos han muerto? Decir tu nombre me eleva al firmamento”.


Se despidió de don Gaspar con un abrazo sincero y, recobró la esperanza porque sabía que mañana lo vería otra vez.








8 de febrero del 2009.
Tlacotalpan, Veracruz.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Ángel del oeste.

A Guadalupe Hernández Vázquez.


Y a Cesar Alejandro Rico en el dia de su cumpleaños.







Debí de haberme encontrado hace años atrás y un par de soles antes de la primavera de Prudencio Esquinas, un joven vagabundo en busca de nada. Impasible ante la vida y desembarazado de todo prejuicio, norma y utopía de la sociedad. Era como yo quise ser toda la vida: nunca lo logré. Nunca supo nada acerca de su origen o quienes fueron sus padres. Sobrevivió a duras penas en aquel terrible orfanato donde todos los días tenía que despertar a las cuatro de la madrugada a cortar trozos de tomate para el desayuno inmemorial de cada mañana.
Una noche antes de la navidad Prudencio Esquinas desapareció del lugar donde lo mantenían en cautiverio. Saltó la barda con mochila al dorso, a sus diecisiete años de edad se enfrentaba a la calle, era lo que tanto había esperado.
Pasaron los años e inimaginablemente viajó por casi todos los estados del país, pero en una de sus paradas extraviadas fue donde lo encontré.
Era martes y llovía, la manera más adecuada de disfrutar ese hermoso clima de Orizaba era tomándose una taza de café en El gran café de Orizaba ubicado en el Palacio de Hierro antiguo Palacio Municipal, construido en Bélgica, por la Societé Anonyme des Forges D’Aiseau, es una magnifica estructura de hierro, la cual completamente desarmada fue enviada a México a bordo de los buques de la compañía Trasatlántica Francesa. El lugar es elegante, hay meseros refinados apunto de casarse con su oficio despabilado que llevan sobre sus rostros la seriedad de su encomienda, el piso es de una duela excelente, sobre los muros de metal hay historita y un par de cuadros sobre caballetes, además de una cafetalera de abolengo y una carretilla dorada en la cual hervían café sobre las calles en los nostálgicos años sesentas. La proporción de distintos cafés amenizaban los antojos de la melancolía y de la soledad a la gente que se congrega en esa ciudad de lluvias nostálgicas.
Ordené una taza de café guatemalteco, eso provocó una caída en mi economía que no me alcanzó para un café colombiano, había olvidado lo difícil que es darse la vida de rico en estos días. De pronto un tipo se me aproximó y me susurró al oído:
—Ángel del oeste.
—A Dios gracias — le dije —, pero mejor seria si estuviera a la hora de lidiar con los problemas de la economía.
—Ángel del oeste — lo repitió apretando los dientes —.
—No lo sé — contesté de un tajo —.
—El problema es que ya está pagado el envío.
—Apreté la mandíbula y quedé desconcertado.
—Yo camino de esquina a esquina alrededor del país, mi nombre es Prudencio Esquinas — se presentó—.
Él tenía el oficio solemne y muy reconocido de pasar al otro lado al que se quedó del lado de los jodidos. De Latinoamérica para los Estados Unidos. Prudencio era la persona encargada de llevar de contrabando a toda persona dispuesta a soñar el sueño de soñar menos con el sueño americano.
Desde que salió del orfanato se prometió así mismo ayudar a las personas que no se encuentran felices en el lugar en donde están, cómo él algún día lo estuvo. Era una manera de conmiseración hacia el tipo que suda la camisa al caminar por el desierto, o se la moja con el agua del Río Bravo hacia los condenados a cien años de pobreza.
Después de aquel suceso de encuentros imprevisibles salimos del Palacio de Hierro y nos dirigimos al parque Castillo donde un centenar de montículos de origen celular abarrotaban un pasillo del parque. Un conjunto de rubias hermosas desprendían un aroma a magnolias y adornaban con su belleza de fábula aquel parque. < ¿Entonces no sabes lo que quiere decir Ángel del oeste?>, me preguntó. Me incliné por la tangente y le dije que no.

Hace años atrás en uno de sus múltiples viajes constructores de sueños Prudencio Esquinas viajó con María Candelaria Salazar y Amado Paz, un par de oaxaqueños buscando el sueño de soñar más. Recordaba sus nombre porque significaron mucho para él y descubrió que los que se dedican a eso de reivindicar oportunidades y destinos, muchas veces se olvidan del sentido común, del sentido humano, y sólo les interesa el dinero más que la integridad del paisano latino que pone toda su fe en sus trampas.
De no haber tenido ésa fobia imprudente Amado Paz hubiera cruzado el río: pero no lo logró. María Candelaria llevaba en brazos a una niña de cinco años de nombre Luz María que era por lo que se atrevían a desafiar las desaventuras de una realidad de terrible calamidad.
Cruzaron el desierto a las once de la noche, durmieron toda la tarde para que el sueño no fuera una carga. Discurrieron treinta kilómetros debajo de la inmensidad del cielo sideral con luz de luna. La temperatura comenzó a bajar, y las ráfagas de arena conseguían moverles el coraje para darle paso al miedo. La única persona que lo disimulaba o lo eludía era la pequeña Luz María, nunca aprendió el miedo heredado de manera que nunca lo sintió hasta el instante de presenciar el final del camino. Para pasar a tierra de Donald Trump, Michelle Jackson, y míster Obama una valla electrificada conseguían separarlos.
La niña se asustó, su madre le colocó en su cuello un collar plateado, con una medalla de un ángel inclinado al oeste que le fue otorgado de premio por ganar un concurso de pinturas en el Caribe. Amado Paz tomó con las manos la valla electrificada y soportó los miles de kilowatts gringos, se mantuvo firme. Levantó la valla para que su esposa pasara mientras Prudencio ayudaba a la pequeña niña a pasar. Los tres consiguieron llegaron al otro lado, luego sin anticiparlo un estropicio se escuchó y centenares de disparos sacudieron a los padres, matándolos. El infante consiguió escabullirse por debajo de la valla en el último intento de su padre por salvarla, la nena y Prudencio Esquinas escaparon de aquel terrible lugar.

Hace un par de días Prudencio Esquinas recibió la llamada telefónica de Luz María, después de quince años, aquella mujer de piel canela tenia la idea de emprender la aventura del sueño americano, pero ahora acompañada de un hombre Poblano que resultaba ser su esposo. Por esa razón consiguió el número telefónico de Prudencio Esquinas, el cual a través de los años se había convertido del dominio popular.
Ellos acordaron reunirse en El gran Café de Orizaba, sin embargo aquella ocasión Luz María tuvo que abandonar el autobús que la llevaría a la ciudad pactada ya que su esposo había sufrido un repentino ataque de tos.
Cuando salimos del café y conversamos de los menesteres que realizaba, Prudencio Esquinas me miró exactamente en el espacio de la pupila que duele y compromete, luego terminó diciéndome:
—Tienes que ayudarme porque sinceramente tengo miedo.
Y como era el amigo más cercano que tenia a la vista y al alcance opté sin tregua alguna acompañarlo, sin premeditación había iniciado una amistad con aquel hombre.
Ese mismo día Prudencio Esquinas llamó por teléfono a Luz María, ambos acordaron reunirse en ciudad Juárez. Viajé más de quince horas con el culo entumido y la columna rota por la dureza del respaldo del autobús.
Al llegar a la ciudad nos aguardaba en una cantina ambigua Luz María y un taciturno poblano, Juan Ayala.
—Ángel del oeste—dijo Prudencio—.
—Nariz de zanahoria y culo de elefante— contestó ella—.
—Mi chaparra buena parte— sonrió y se burló Prudencio—.
Tomamos la misma receta contra el sueño y partimos a las once de la noche rumbo a los Estados Unidos. Discurrimos el desierto como coyotes hambrientos, burlando otra vez la valla electrificada y nos adentramos a un pequeño bosque. Tenía yo la adrenalina corriendo por mis venas, de improviso le saltó un enorme perro al esposo de Luz María, los oficiales le dispararon a Prudencio Esquinas a quemarropa; Juan tenía el rostro destrozado y murió desangrado. A lo lejos lentamente observé el cuerpo de Luz María caer inerte con los ojos puestos al oeste, después de lo ocurrido comencé a sentir las miradas de los policías norteamericanos y al mismo instante sentí caliente el pecho y me ahogaba con mi propia sangre, antes de morir escuché que uno de ellos dijo en un español legítimo:
— No te preocupes son mexicanos.



Francisco Rico Hernandez.

22 de julio del 2006.

lunes, 1 de marzo de 2010

El gobernado.


En el año del bicentenario bajo el temporal caluroso que secaba los jardines y dificultaba los menesteres de la vida corriente, se encontraba en solitario el presidente y un viejo periodista que sobrellevaba en la decadencia de su persona el impasible peso de su ilustre oficio.
Ellos estaban en el palacio de gobierno de aquella republica de las Américas olvidada en los caminos del desamparo. En el escritorio el presidente vestido de un negro lúgubre, solemne y altivo fumaba sin prejuicio alguno. A pesar de su larga trayectoria como periodista de izquierda, la cual le había dejado un divorcio y una pobreza heredada a dos generaciones, ésta era la primera vez que lograba obtener una entrevista con el presidente.
—Siéntese — dijo el presidente —.
—Gracias — le respondió obedeciendo el periodista —.
Desde que había salido del liceo quiso afianzarse en alguna universidad de periodismo, y así lo hizo, cuando terminó de estudiar pronto consiguió trabajo en un periódico modesto pero de gran trascendencia.
A principios de la dictadura que ejercía el presidente que tenía enfrente, redactaba atingentemente en contra de la oligarquía, con esto rápidamente obtuvo el respeto de los colegas y el agrado de los lectores.
Al pasar los años se estableció en su trabajo la credibilidad y el respeto, se apareció la admiración, pero lo que nunca llegó fue el dinero.
Ahora ante los ojos del mandatario que lo miraba con altivez sabia que todo se había ido a la mierda. El viento de la libertad no consiguió despeinar la dictadura.
Cuando el periodista estuvo convencido de que era el tiempo de bajar la guardia abjuró hacia sus ideales, y utilizó para su bien, la invaluable oportunidad que tenia al estar con el presidente. El sopor de su vulnerabilidad lograba que su subsistencia de alguna manera lo mantuviera bajo el yugo.
Inesperadamente se atrevió a desafiar a la dictadura en la decadencia del espíritu y preparó el veneno de preguntas que comprometieran al mandatario, sin embargo la realidad se interpuso y lo hizo claudicar a su propósito cuando el presidente le preguntó:
—¿Qué horas son?
—Las horas que usted quiera señor presidente.









Francisco Rico Hernández.
Cosamaloapan, Veracruz.

lunes, 21 de septiembre de 2009

El Cuervo.


Cierta noche aciaga, cuando, con la mente cansada,
meditaba sobre varios libracos de sabiduría ancestral
y asentía, adormecido, de pronto se oyó un rasguido,
como si alguien muy suavemente llamara a mi portal.
"Es un visitante -me dije-, que está llamando al portal;
sólo eso y nada más."


¡Ah, recuerdo tan claramente aquel desolado diciembre!
Cada chispa resplandeciente dejaba un rastro espectral.
Yo esperaba ansioso el alba, pues no había hallado calma en mis libros,
ni consuelo a la pérdida abismal
de aquella a quien los ángeles Leonor podrán llamar
y aquí nadie nombrará.


Cada crujido de las cortinas purpúreas y cetrinas
me embargaba de dañinas dudas y mi sobresalto era tal
que, para calmar mi angustia repetí con voz mustia:
"No es sino un visitante que ha llegado a mi portal;
un tardío visitante esperando en mi portal.
Sólo eso y nada más".


Mas de pronto me animé y sin vacilación hablé:
"Caballero -dije-, o señora, me tendréis que disculpar
pues estaba adormecido cuando oí vuestro rasguido
y tan suave había sido vuestro golpe en mi portal
que dudé de haberlo oído...", y abrí de golpe el portal:
sólo sombras, nada más.


La noche miré de lleno, de temor y dudas pleno,
y soñé sueños que nadie osó soñar jamás;
pero en este silencio atroz, superior a toda voz,
sólo se oyó la palabra "Leonor", que yo me atreví a susurrar...
sí, susurré la palabra "Leonor" y un eco volvióla a nombrar.
Sólo eso y nada más.


Aunque mi alma ardía por dentro regresé a mis aposentos
pero pronto aquel rasguido se escuchó más pertinaz.
"Esta vez quien sea que llama ha llamado a mi ventana;
veré pues de qué se trata, que misterio habrá detrás.
Si mi corazón se aplaca lo podré desentrañar.
¡Es el viento y nada más!".


Mas cuando abrí la persiana se coló por la ventana,
agitando el plumaje, un cuervo muy solemne y ancestral.
Sin cumplido o miramiento, sin detenerse un momento,
con aire envarado y grave fue a posarse en mi portal,
en un pálido busto de Palas que hay encima del umbral;
fue, posóse y nada más.


Esta negra y torva ave tocó, con su aire grave,
en sonriente extrañeza mi gris solemnidad.
"Ese penacho rapado -le dije-, no te impide ser
osado, viejo cuervo desterrado de la negrura abisal;
¿cuál es tu tétrico nombre en el abismo infernal?"
Dijo el cuervo: "Nunca más".


Que una ave zarrapastrosa tuviera esa voz virtuosa
sorprendióme aunque el sentido fuera tan poco cabal,
pues acordaréis conmigo que pocos habrán tenido
ocasión de ver posado tal pájaro en su portal.
Ni ave ni bestia alguna en la estatua del portal
que se llamara "Nunca más".


Mas el cuervo, altivo, adusto, no pronunció desde el busto,
como si en ello le fuera el alma, ni una sílaba más.
No movió una sola pluma ni dijo palabra alguna
hasta que al fin musité: "Vi a otros amigos volar;
por la mañana él también, cual mis anhelos, volará".
Dijo entonces :"Nunca más".


Esta certera respuesta dejó mi alma traspuesta;
"Sin duda - dije-, repite lo que ha podido acopiar
del repertorio olvidado de algún amo desgraciado
que en su caída redujo sus canciones a un refrán:
"Nunca, nunca más".


Como el cuervo aún convertía en sonrisa mi porfía
planté una silla mullida frente al ave y el portal;
y hundido en el terciopelo me afané con recelo
en descubrir qué quería la funesta ave ancestral
al repetir: "Nunca más".


Esto, sentado, pensaba, aunque sin decir palabra
al ave que ahora quemaba mi pecho con su mirar;
eso y más cosas pensaba, con la cabeza apoyada
sobre el cojín purpúreo que el candil hacía brillar.
¡Sobre aquel cojín purpúreo que ella gustaba de usar,
y ya no usará nunca más!.



Luego el aire se hizo denso, como si ardiera un incienso
mecido por serafines de leve andar musical.
"¡Miserable! -me dije-. ¡Tu Dios estos ángeles dirige
hacia ti con el filtro que a Leonor te hará olvidar!
¡Bebe, bebe el dulce filtro, y a Leonor olvidarás!".
Dijo el cuervo: "Nunca más".


"¡Profeta! -grité -, ser malvado, profeta eres, diablo alado!
¿Del Tentador enviado o acaso una tempestad
trajo tu torvo plumaje hasta este yermo paraje,
a esta morada espectral? ¡Mas te imploro, dime ya,
dime, te imploro, si existe algún bálsamo en Galaad!"
Dijo el cuervo: "Nunca más".


"¡Profeta! -grité -, ser malvado, profeta eres, diablo alado!
Por el Dios que veneramos, por el manto celestial,
dile a este desventurado si en el Edén lejano
a Leonor, ahora entre ángeles, un día podré abrazar".
Dijo el cuervo: "¡Nunca más!".


"¡Diablo alado, no hables más!", dije, dando un paso atrás;
¡Que la tromba te devuelva a la negrura abisal!
¡Ni rastro de tu plumaje en recuerdo de tu ultraje
quiero en mi portal! ¡Deja en paz mi soledad!
¡Quita el pico de mi pecho y tu sombra del portal!"
Dijo el cuervo: "Nunca más".


Y el impávido cuervo osado aún sigue, sigue posado,
en el pálido busto de Palas que hay encima del portal;
y su mirada aguileña es la de un demonio que sueña,
cuya sombra el candil en el suelo proyecta fantasmal;
y mi alma, de esa sombra que allí flota fantasmal,
no se alzará...¡nunca más!.



Edgar Allan Poe.