“ —Dizque llegó un señor y el patrón con una bola de despensas allá pa’ nuestros jacales.
-¿Y qué les dijo? — preguntó Deborah —.
—Hijos de su tal por cual van a votar por éste licenciado y pos como uno es de al tiro ignorante en esos menesteres obedecimos al patrón.
—¿Quién era ése hombre?
— ¿Se refiere al licenciado? Pues la mera verdad no lo vicentié bien, nomás nos dijo que él nos ayudaría sin mercarnos algunas gallinas y despensas, eso a todos nos servía, en especial a mí señorita reportera — narraba el hombre — cuando me casé con muchos esfuerzos me hice de algunos centavos y logré mercarme una chiva, y la tuve y la cuidé como el hijo o nieto que nunca he de tener, para desgracia mía a mi suegra se le ocurrió morirse la semana pasada, no aguantó las heladas. Yo no quería, pero mi mujer se hizo de mañas y me convenció para que vendiera el animal y comprarle la caja a la estúpida de mi suegra que vino a morirse cuando mi chiva gozaba de tener una buena salud. Tuve que venderla y me dolió mas que si hubiera perdido un hijo, pero total los sacrificios no valieron pa’ nada. Recuerdo que mi chiva movía las orejas cuando quería que la pastoreara, sus ubres eran tersas, diría yo que mas suaves que las de mi mujer. No me haga caso señorita pero me da por la tristeza cuando hablo de mi chiva. Pero como le iba diciendo a ése licenciado no lo conocemos la mayoría de los acá.
—¿Entonces les dio despensas y gallinas? — le preguntó Deborah—
—Si, y también un guajolote, ese se lo afianzó doña Enriqueta, dizque porque ella tiene la maña de convencer a los tarugos.
La joven reportera se disponía a lanzarle otra pregunta pero el hombre interrumpió:
—Patrona con su respeto, pos fíjese usted que me da reharta pena lo que le voy a preguntar, pero yo tendré mis razones y usted las suyas ¿Me puedo quejar?
—Claro.
—Tengo mis razones para quejarme del mal estado en que nos dieron esas gallinas derrengadas y que por culecas nunca picotearon el máiz que le regábamos. Tres días después amanecieron muertas con mordidas de comadrejas. Aceptamos que esos nos pasó por porfiados.
—¿Y dígame no les dieron otra cosa?
—La mera verdad no, júimos de al tiro re mensos, hubiéramos pedido guantes para las manos, es que tenemos las palmas rasposas y dicen los decires que hasta el alma. Ahora que lo recuerdo bien hubiéramos pedido aunque sean cinco colchones.
—¿Colchones señor?
—Si.
-¿Usted patrona duerme en colchones?
—Por supuesto.
—La envidio, acá todos nos tiramos en catres rasposos y fríos, ha de ser bonito dormir en la comodidad y calor de un colchón.
—¿Entonces por quién votaron? — preguntó Deborah—.
—Por el güerito, por el licenciado que vino y nos dio las despensas. Así mismo fue patrona — explicaba el hombre—.
—¿Carajo acaso no saben que el voto no se vende y la democracia es un derecho constitucional?
—Sera el sereno pero aquí en cristiano la democracia no sirve, disculpe patrona, somos una bola de hambrientos y derrengados que ni ardiendo en leña se nos prendería la suerte. Con esto le aclaro que lo único que queremos es comer todos los días. ”
Francisco Rico Hernandez.
Nota:
Sacado De la Casa de la Abuela y sus Cuatro Generaciones
Perdidas. de Francisco Rico Hernandez.
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jueves, 4 de febrero de 2010
sábado, 12 de septiembre de 2009
En la Casa numero 33.

Eran las nueves de la mañana, un sol enorme se ponía en el cielo limpio, el viento había escurrido las nubes.
El cartero anunciaba su llegada silbando alegremente el pito, había llegado como todos los días puntualmente al lugar correspondiente, cumpliendo en ese acto el inicio de su ruta de trabajo. Aquel hombre llevaba puesto orgullosamente el uniforme de los servidores públicos del correo postal, unos zapatos negros, una gorra en la cabeza que lo cubría inútilmente de los rayos del sol; él tenia una cara alegre y un bigote estéticamente bien cortado.
La mochila de piel que traía consigo guardaba en su interior una variabilidad de sentimientos tangibles hechos cartas, mismos que estaban pronosticados a liberarse del encarcelamiento ocasional al abrirse un día de tantos.
En esas horas de aquella mañana don Gaspar, el cartero, recorría la calle Mariano Abasolo a pie. Escrupulosamente dejaba las cartas en las casas precisas. No había errores en el cumplimiento de su menester, más de diez años de experiencia lo abalaban.
En la casa marcada con el numero veintinueve le dejó a la maestra que ahí vivía, un paquete que contenía el libro del Kamasultra que por oferta única tenia ocho posiciones nunca antes vistas, además de cinco cartas pasionales escritas por sus diferentes novios por correspondencia. La siguiente morada que visitó era un lugar triste y solitario, desde que tenia memoria nunca había visto salir a nadie de allí, eso si, el buzón al otro día estaba vacio. La casa con el numero treinta y uno recibió del cartero un sobre tamaño oficio, el cual tenia una revista de astronomía, y una carta en donde mandaban una subscripción para pertenecer al equipo de Mausan.
En el siguiente hogar don Gaspar puso al buzón despintado y oxidado una carta para el pastor de una iglesia, misma que le enviaba desde prisión su hermano, en el escrito redactaba la cantidad exacta de dinero que tenia que reunir de su fieles para pagar la fianza.
“Una gota de sudor se escurría lentamente sobre su frente, don Gaspar sentía el calor del infierno en su pecho, le sudaban los testículos.”
Cuando por fin llegó al hogar de Toto, la casa marcada con el número treinta y tres de la calle Mariano Abasolo, don Gaspar tuvo un sentimiento de culpa, lo sentía cada día desde hace diecinueve meses, dos semanas, y cuatro días.
Sigilosamente colocó un par de cartas en el buzón y cuando se disponía a irse, la puerta se abrió y alguien dijo:
—¡ oiga cartero! Ese alguien era Toto.
—Hijo acaso no te rindes — agregó don Gaspar—.
—La esperanza no me deja.
—El cartero le lanzó una mirada de conmiseración.
Toto Riquelme todas las mañanas; sentado en su sillón, en silencio y con la vista bien puesta en su buzón, esperaba una carta que nunca llegaba. - Tal vez esta seleccionando las mejores palabras de amor, esa es la razón de su demora -, pensaba por las noches cuando el sueño era una excusa.
Cuando se atrevía a cerrar los ojos pensaba en Esperanza, recordaba la constelación de lunares en su cuello, el olor de otoños vivos de desprendía su cuerpo, sus manos largas y flacas, la amalgama peligrosa de sus labios juntos.
“Pienso en ti Esperanza, te amo y te deseo como si fueras la única mujer del mundo”.
Toto abrió las cartas enfrente de don Gaspar con una excelsitud de maestro, tanto esperar lo había vuelto juicioso. Una a una las fue abriendo; en la primer carta le informaban que Reader’s Digest necesitaba urgentemente el pago del segundo mes de su subscripción, en la otra carta le advertían que tenia que pagar el adeudo del predial de su casa, ya que el Honorable Ayuntamiento no tendría piedad alguna con los ciudadanos morosos. Las demás cartas eran de sus admiradores que leían sus notas en el periódico. No había ningún rastro escrito de algún amor. Que pequeño es el mundo cuando el pasado se hincha de recuerdos.
—¿Que día es hoy? — preguntó Toto—.
—Domingo — respondió el cartero—.
—La fecha.
—19 de octubre — dijo el cartero —.
—Un día como hoy, hace un par de años atrás ella abrió por primera vez los ojos al mundo. La vida se volvió desde entonces más feliz.
“Empecé a soñar contigo Esperanza desde el momento en que te comencé a extrañar, ahora cada noche no hago otra cosa que pensar en ti”.
Ha deber sido porque don Gaspar nunca se enamoró, por ese motivo no entendía lo que sufría aquel muchacho exiliado del amor. Toto la había conocido un buen día, en un viaje, en un salón, en una hora precisa, en el lugar exacto. Pasaron doce horas juntos, buen pretexto para enamorarse. Fue amor a primera vista, de esos de los que quedan pocos.
Don Gaspar escuchó otra vez la historia de amor de Toto, y harto después de una hora encolerizado gritó:
—¡Desde hace diecinueve meses, dos semanas y cuatro días escuchó tu historia de mierda!
—Que casualidad, es el mismo tiempo que llevo esperando alguna carta que me alivie el corazón.
—Lo siento hijo, es que hablar de amor, es hablar de enfermedades, y yo no soy doctor — finalizó el cartero—.
Toto invitó a don Gaspar a pasar adentro de su casa. El cartero en su estancia en la sala pudo ver un cuadro de ángeles colgado en la pared, una lámpara hecha de madera en la esquina, una galería de fotografías puestas en la mesa rectangular, y en el sillón vio el estuche de un violín, también observó que en la mesa principal Toto tenia una maquina de escribir, una taza de café y un cenicero lleno de cenizas.
Toto no pasaba de los treinta años, era un hombre largo, no tenia bigote y a veces miraba con la mirada abstraída de un sordo.
“Hay veces en que duermes con alguien para callar una platica insulsa y saciar tu sed de placer, por ego. Hay veces en cambio, que quisieras dormir con alguien para seguir la conversación y saciar tu sed de sentir, por compartir”.
Mientras fumaba sin prejuicio alguno él le contaba al cartero ya no la historia de amor, si no el motivo por el cual había visto pasar el invierno, la primavera, el verano, el otoño; sentado todas las mañanas en el mismo lugar, aguardando paciente una carta que no llegaba nunca.
—Fue una promesa — dijo desilusionado Toto—.
—Dicen que las mejores promesas, son esas que no hay que cumplir.
—Eso es de Sabina.
De pronto el sol se perdió en la inmensidad del cielo — el cielo esta muy alto — las nubes se reunieron y el viento luego sopló debajo del cielo. El viento barría las calles.
Cuando abrió la puerta para que el cartero se fuera, el viento descarrilado consiguió que la gorra de don Gaspar callera al suelo. Se inclinó para recogerla. Toto le agradeció por su visita, discurrió rumbo al buró y sacó del cajón una carta que le entregó al cartero.
—Llevas diecinueve meses, dos semanas y cuatro días entregándome una carta.
El sonrío y después agregó: — Lo hago porque es lo mejor que sé hacer.
“Esperanza arroyo claro, mariposa ligera ¿recuerdas cuando nos besábamos? ¿Qué sentiste con el primer beso? ¿Dicha, el amor? Yo me sentía el hombre más feliz del mundo. De pronto me vi soñando con los ojos abiertos, no había más cuerpo en el mundo que el tuyo, yo era tierra y tú nieve. ¿Cuantas cosas hermosas se nos han muerto? Decir tu nombre me eleva al firmamento”.
Se despidió de don Gaspar con un abrazo sincero y, recobró la esperanza porque sabía que mañana lo vería otra vez.
A Marisa.
“Fumando te espero.”
Francisco Rico Hernández.
8 de febrero del 2009.
Tlacotalpan, Veracruz.
domingo, 23 de agosto de 2009
Un Dia Normal / Dialogo.
A Marysol pita vidal.
La Mujer mas guapa que cualquiera.
Dialogo;
cOMPARTIR LO QUE DIGO,? NUNCA Voy A SABER si fue una buena idea.
Lo cierto es que aquí me toca contarte lo que un Día normal me paso contigo, esto que escribi es un texto que ha sido muy importante para mi, Y total que uno se va acostumbrando a cargar con el peso de las palabras que dice, y buen mary, yo acepto cualquier cargo con culpa, además esto fue un ejercisio para sentirme bien conmigo mismo. Yo no se si esto te va a parecer lindo, o sublime o vulgar, lo cierto es que es importante para mi, y me siento bien por hacerlo.
Marysol se que ayer en el café tu curiosidad aumentaba por el hecho de este texto, solo quiero decirte que Bienvenida al club de los curiosos en donde pierde mas, el que mas descubre....
Estábamos sentados en una acera, en ella un predio abandonado que años después se convertirá en un salón de eventos sociales.
Me tomé la cabeza de lado a lado con ambos brazos y mirando al suelo dije: —Necesito hacer algo con respecto al cumpleaños de Mary. Tenía la clarividencia al margen de la situación.
Cesar mi amigo, me miró con la mirada de un sordo, y esperó a que yo dijera algo:
— Mierda— apunté—.
Tenia que ser algo muy diferente a los regalos que ella posiblemente recibiría, y es que para mi Marysol no es cualquier cosa, lo malo es que yo nunca he sabido que soy yo para ella. — No importa, quien por su gusto muere, hasta la muerte disfruta—, pensé. Nunca fraguamos un plan espléndido que me llevara a los brazos de Marysol como una vez lo soñé, pero pienso yo que no haya nada mejor que improvisar.
Al día siguiente fui a casa de Cesar con una mochila al dorso en la cual tenía un centenar de cosas; hojas, tijeras, pegamento, revistas viejas, polvo de estrellas y un Cd de Ricardo Arjona para amenizar la situación fuera de la realidad.
Comenzamos haciendo la carta, pero esta tarea casi nos deja ciegos y nos hizo decir veinte groserías. El objetivo era recortar cada letra para formar palabras bellas que adornaran su entorno de luz. Recuerdo que mi exasperación no me dejó en paz toda esa tarde, en el terrible calor de las cuatro Cesar escrupulosamente me ayudaba con la maquina de escribir a proseguir con la carta ideal que estaba decorada con letras recortadas y letras de tinta de maquina. Al principio no tenia la menor idea de cómo comenzar, entonces astutamente me robé una frase siniestra de Arjona Del pasado, lo cambiaria todo con tal de reconstruirlo de nuevo para volverlo a vivir. Era una frase que abarcaba poco y decía mucho. Lo cruel fue lo último, termine despidiéndome de puño y letra con toda la pena del mundo y con toda firme intención de decirle que la amo sin que lo supiera. El sobre, deberían de ver el sobre, fue sacado de mi imaginación adornado con polvo de estrellas.
Eran las ocho de la noche y no noté que el disco se reprogramó tres veces, tenia el culo entumido y Cesar el cuello derrengado. Total que otro loco se enfiló a la aventura de los riesgos, Othoniel contagiado por la emoción de haber concluido la carta se ofreció a ir a comprar los pétalos de rosas y gardenias que estarían adentro de esa caja con hambre de fuga.
Caminaba por la calle De Las Rosas y vislumbré a lo lejos la casa de Marysol, y mis piernas temblaron más que la economía del país al aproximarme a su hogar. Esta acrobacia de ilusión por fin se iba a topar de frente con la emoción de quien provocó su nacimiento.
Lo bueno fue que nadie se encontraba en casa, tal vez celebrarían el cumpleaños de la hija mayor en otra parte. Sin más que hacer me vi obligado abrir el portón en el que ella algunas veces se columpiaba y entré dejando mis sueños en su puerta para que ella les diera el calor que ellos tanto buscaban y que sólo Marysol les podía dar. Othoniel y Cesar me miraron y entre muecas me dijeron: — Misión cumplida.
Días después, incluso de no haber recibido noticia alguna de Marysol y del regalo me puse los jeans de siempre y paso a paso fui a dar al parque central. Mi intención era desembarazarme de todos, acompañado solamente de mi mejor amigo Cesar para fumarnos un par de cigarros a escondidas.
Eso, eso que no sabría hilvanar en este recuerdo escrito me llevó a lo incierto y el fantasma de mi buena suerte apareció. Antes de cruzar la calle un JETTA blanco se nos atravesó, algo me dio la sensación de conocer a una persona entre todos los que viajaban en el auto y rogué a Dios que no fuera Marysol.
— ¿Mierda y si es ella? — le dije a mi amigo—.
— Tranquilo hay muchos autos, seguro que ella no es— agregó él—.
De repente una mano que sobresalía del auto me saludó.
Esa noche recuerdo que estaba enojado con un par de hermanos que se disfrazaban de amigos, pero de todo eso me salvé, no noté que se encendió una luz cuando salté.
Continuábamos caminando por el parque y yo no perdía de vista aquel auto blanco. Tal vez algo en mi deseaba que se estacionara el vehículo y bajara Mary, pero de igual forma no quería saber nada de ella.
Para mi fortuna sucedió lo primero, el auto se estacionó y bajó Marysol. Ella lucia terriblemente hermosa, llevaba puesta una blusa color blanco que ostentaba su aura angelical, su cabello lo mantenía suelto, sin redilas, y era objeto de sus manos imperativas, las estrellas embellecían su sonrisa de nervios, y sus ojos de fábula dulces y ligeros me miraban y yo me sentía el hombre mas afortunado del mundo, Marysol puso con su presencia la primavera, con todo su olor y su esencia exacta. Cuando estuve en presencia de ella me sentí acomplejado o tal vez ya lo estaba antes, vi llegar al amor temblando.
Cesar la saludó y se aparto de inmediato, sus amigos nos miraban desde el automóvil, atentos y curiosos, y yo no sabia si esto era fantasía o realidad, o si sólo el cielo se vino a este lugar.
Marysol me acarició con un beso dulce en la mejilla, de esos de bienvenida, y enseguida me agradeció el gesto tan gentil que tuve con ella hace días atrás, me dijo que al momento de llegar a su casa su hermana descubrió la caja y presintió que era para ella. Mientras hablaba yo no podía ni mover un músculo de mi boca, era yo en ese momento un idiota que no hacia otra cosa que verla y que no perdía ni un detalle de Marysol.
Esa noche me agregó sonrisas y yo sonreía para despistar y que ella no se diera cuenta que soy un manojo de nervios, complejos e inseguridad cuando estoy con ella, con esta tierna mariposa.
Después de un par de minutos de iniciar una charla difícil de hilvanar, ya sea un tanto por las astucias de la timidez me vi obligado y un tanto valiente al decirle a Marysol que lo que hice por ella el día de su cumpleaños lo volvería hacer siempre, también le dije después de muchas equivocaciones y redundancias en mi vocabulario que era un persona muy especial para mi. Justo ahí, me quedé abstraído, en un cielo cada vez mas alto, y mi sangre corría deprisa por mi cuerpo y yo no podía desparramar la timidez, es que me resultaba difícil decirle lo que tenia yo por dentro, lo que sentía por ella que era mas que obvio.
Quería decirle que yo nunca dejaba de pensar en ella, tenía ganas de gritarle a la cara que la amaba, que me gustaba mucho cuando estaba concentrada en clases, cuando llegaba tarde a las citas que fraguábamos, aun cuando nunca estuviera de acuerdo con su peinado, y que sinceramente odiaba yo los sábados, porque ella en ese día se iba con su madre a Tuxtilla.
Pero no lo hice, ni siquiera le soplé las palabras, hablábamos un lenguaje diferente, nada pude hacer, ahí estaban sus ojos, que podrían mirar todo y volver loco a cualquiera, pero en vez de eso me miraban a mi con la pupila dilatada, también aparecían sus labios; lugar donde podría dejarme caer, ahí estaban sus manos, su lunar escondido, sus cejas, su risa, sus manos, sus pies, su cabello, sus codos, orejas, nariz, no le faltaba nada, estaba completa como los pétalos de las rosas.
He llegado a sospechar que sueño mucho y actúo poco por culpa de esa timidez que no se quien me la heredó. Luego pensé que seria grotesco no disfrutar el momento, y eso fue lo que hice, lo disfruté. Cuando Marysol se fue me dejó las emociones alborotadas, salte corrí, grité y cincuenta pendejadas mas.
Recuerdo y se que en ese momento fui feliz como pocas veces en mi vida. Mi amor hacia ella era puro, limpio y sincero. Para mi Marysol hasta ese día era lo mejor que había puesto Dios en la tierra para hacerme feliz.
Si algún día llegara a leer esto, no me sentirá acomplejado. Si algún día llegaras a leer esto Marysol no pienses que se me aflojó un tornillo, simplemente me agarre de una nube y me escapé de todo hasta llegar al mundo de la hoja en blanco a decirte que me gustas desde siempre y que hoy me gustas mucho más.
Esto me pasó en un día normal, en un día cualquiera, en un día extraviado que jamás olvidaré porque recuerdo que estaba yo terriblemente enamorado.
Escrita en el trayecto de Cosamaloapan- Orizaba en algún día de Julio del 2006
p.d si llegaste hasta este punto de la lectura de seguro te dejara algo, si te quedaste en la mitad, tal vez este texto fue un error y una perdida de tiempo para ti, pero que importa, no lo sabrás nunca.
Francisco Rico Hernández.
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La Mujer mas guapa que cualquiera.
Dialogo;
cOMPARTIR LO QUE DIGO,? NUNCA Voy A SABER si fue una buena idea.
Lo cierto es que aquí me toca contarte lo que un Día normal me paso contigo, esto que escribi es un texto que ha sido muy importante para mi, Y total que uno se va acostumbrando a cargar con el peso de las palabras que dice, y buen mary, yo acepto cualquier cargo con culpa, además esto fue un ejercisio para sentirme bien conmigo mismo. Yo no se si esto te va a parecer lindo, o sublime o vulgar, lo cierto es que es importante para mi, y me siento bien por hacerlo.
Marysol se que ayer en el café tu curiosidad aumentaba por el hecho de este texto, solo quiero decirte que Bienvenida al club de los curiosos en donde pierde mas, el que mas descubre....
Estábamos sentados en una acera, en ella un predio abandonado que años después se convertirá en un salón de eventos sociales.
Me tomé la cabeza de lado a lado con ambos brazos y mirando al suelo dije: —Necesito hacer algo con respecto al cumpleaños de Mary. Tenía la clarividencia al margen de la situación.
Cesar mi amigo, me miró con la mirada de un sordo, y esperó a que yo dijera algo:
— Mierda— apunté—.
Tenia que ser algo muy diferente a los regalos que ella posiblemente recibiría, y es que para mi Marysol no es cualquier cosa, lo malo es que yo nunca he sabido que soy yo para ella. — No importa, quien por su gusto muere, hasta la muerte disfruta—, pensé. Nunca fraguamos un plan espléndido que me llevara a los brazos de Marysol como una vez lo soñé, pero pienso yo que no haya nada mejor que improvisar.
Al día siguiente fui a casa de Cesar con una mochila al dorso en la cual tenía un centenar de cosas; hojas, tijeras, pegamento, revistas viejas, polvo de estrellas y un Cd de Ricardo Arjona para amenizar la situación fuera de la realidad.
Comenzamos haciendo la carta, pero esta tarea casi nos deja ciegos y nos hizo decir veinte groserías. El objetivo era recortar cada letra para formar palabras bellas que adornaran su entorno de luz. Recuerdo que mi exasperación no me dejó en paz toda esa tarde, en el terrible calor de las cuatro Cesar escrupulosamente me ayudaba con la maquina de escribir a proseguir con la carta ideal que estaba decorada con letras recortadas y letras de tinta de maquina. Al principio no tenia la menor idea de cómo comenzar, entonces astutamente me robé una frase siniestra de Arjona Del pasado, lo cambiaria todo con tal de reconstruirlo de nuevo para volverlo a vivir. Era una frase que abarcaba poco y decía mucho. Lo cruel fue lo último, termine despidiéndome de puño y letra con toda la pena del mundo y con toda firme intención de decirle que la amo sin que lo supiera. El sobre, deberían de ver el sobre, fue sacado de mi imaginación adornado con polvo de estrellas.
Eran las ocho de la noche y no noté que el disco se reprogramó tres veces, tenia el culo entumido y Cesar el cuello derrengado. Total que otro loco se enfiló a la aventura de los riesgos, Othoniel contagiado por la emoción de haber concluido la carta se ofreció a ir a comprar los pétalos de rosas y gardenias que estarían adentro de esa caja con hambre de fuga.
Caminaba por la calle De Las Rosas y vislumbré a lo lejos la casa de Marysol, y mis piernas temblaron más que la economía del país al aproximarme a su hogar. Esta acrobacia de ilusión por fin se iba a topar de frente con la emoción de quien provocó su nacimiento.
Lo bueno fue que nadie se encontraba en casa, tal vez celebrarían el cumpleaños de la hija mayor en otra parte. Sin más que hacer me vi obligado abrir el portón en el que ella algunas veces se columpiaba y entré dejando mis sueños en su puerta para que ella les diera el calor que ellos tanto buscaban y que sólo Marysol les podía dar. Othoniel y Cesar me miraron y entre muecas me dijeron: — Misión cumplida.
Días después, incluso de no haber recibido noticia alguna de Marysol y del regalo me puse los jeans de siempre y paso a paso fui a dar al parque central. Mi intención era desembarazarme de todos, acompañado solamente de mi mejor amigo Cesar para fumarnos un par de cigarros a escondidas.
Eso, eso que no sabría hilvanar en este recuerdo escrito me llevó a lo incierto y el fantasma de mi buena suerte apareció. Antes de cruzar la calle un JETTA blanco se nos atravesó, algo me dio la sensación de conocer a una persona entre todos los que viajaban en el auto y rogué a Dios que no fuera Marysol.
— ¿Mierda y si es ella? — le dije a mi amigo—.
— Tranquilo hay muchos autos, seguro que ella no es— agregó él—.
De repente una mano que sobresalía del auto me saludó.
Esa noche recuerdo que estaba enojado con un par de hermanos que se disfrazaban de amigos, pero de todo eso me salvé, no noté que se encendió una luz cuando salté.
Continuábamos caminando por el parque y yo no perdía de vista aquel auto blanco. Tal vez algo en mi deseaba que se estacionara el vehículo y bajara Mary, pero de igual forma no quería saber nada de ella.
Para mi fortuna sucedió lo primero, el auto se estacionó y bajó Marysol. Ella lucia terriblemente hermosa, llevaba puesta una blusa color blanco que ostentaba su aura angelical, su cabello lo mantenía suelto, sin redilas, y era objeto de sus manos imperativas, las estrellas embellecían su sonrisa de nervios, y sus ojos de fábula dulces y ligeros me miraban y yo me sentía el hombre mas afortunado del mundo, Marysol puso con su presencia la primavera, con todo su olor y su esencia exacta. Cuando estuve en presencia de ella me sentí acomplejado o tal vez ya lo estaba antes, vi llegar al amor temblando.
Cesar la saludó y se aparto de inmediato, sus amigos nos miraban desde el automóvil, atentos y curiosos, y yo no sabia si esto era fantasía o realidad, o si sólo el cielo se vino a este lugar.
Marysol me acarició con un beso dulce en la mejilla, de esos de bienvenida, y enseguida me agradeció el gesto tan gentil que tuve con ella hace días atrás, me dijo que al momento de llegar a su casa su hermana descubrió la caja y presintió que era para ella. Mientras hablaba yo no podía ni mover un músculo de mi boca, era yo en ese momento un idiota que no hacia otra cosa que verla y que no perdía ni un detalle de Marysol.
Esa noche me agregó sonrisas y yo sonreía para despistar y que ella no se diera cuenta que soy un manojo de nervios, complejos e inseguridad cuando estoy con ella, con esta tierna mariposa.
Después de un par de minutos de iniciar una charla difícil de hilvanar, ya sea un tanto por las astucias de la timidez me vi obligado y un tanto valiente al decirle a Marysol que lo que hice por ella el día de su cumpleaños lo volvería hacer siempre, también le dije después de muchas equivocaciones y redundancias en mi vocabulario que era un persona muy especial para mi. Justo ahí, me quedé abstraído, en un cielo cada vez mas alto, y mi sangre corría deprisa por mi cuerpo y yo no podía desparramar la timidez, es que me resultaba difícil decirle lo que tenia yo por dentro, lo que sentía por ella que era mas que obvio.
Quería decirle que yo nunca dejaba de pensar en ella, tenía ganas de gritarle a la cara que la amaba, que me gustaba mucho cuando estaba concentrada en clases, cuando llegaba tarde a las citas que fraguábamos, aun cuando nunca estuviera de acuerdo con su peinado, y que sinceramente odiaba yo los sábados, porque ella en ese día se iba con su madre a Tuxtilla.
Pero no lo hice, ni siquiera le soplé las palabras, hablábamos un lenguaje diferente, nada pude hacer, ahí estaban sus ojos, que podrían mirar todo y volver loco a cualquiera, pero en vez de eso me miraban a mi con la pupila dilatada, también aparecían sus labios; lugar donde podría dejarme caer, ahí estaban sus manos, su lunar escondido, sus cejas, su risa, sus manos, sus pies, su cabello, sus codos, orejas, nariz, no le faltaba nada, estaba completa como los pétalos de las rosas.
He llegado a sospechar que sueño mucho y actúo poco por culpa de esa timidez que no se quien me la heredó. Luego pensé que seria grotesco no disfrutar el momento, y eso fue lo que hice, lo disfruté. Cuando Marysol se fue me dejó las emociones alborotadas, salte corrí, grité y cincuenta pendejadas mas.
Recuerdo y se que en ese momento fui feliz como pocas veces en mi vida. Mi amor hacia ella era puro, limpio y sincero. Para mi Marysol hasta ese día era lo mejor que había puesto Dios en la tierra para hacerme feliz.
Si algún día llegara a leer esto, no me sentirá acomplejado. Si algún día llegaras a leer esto Marysol no pienses que se me aflojó un tornillo, simplemente me agarre de una nube y me escapé de todo hasta llegar al mundo de la hoja en blanco a decirte que me gustas desde siempre y que hoy me gustas mucho más.
Esto me pasó en un día normal, en un día cualquiera, en un día extraviado que jamás olvidaré porque recuerdo que estaba yo terriblemente enamorado.
Escrita en el trayecto de Cosamaloapan- Orizaba en algún día de Julio del 2006
p.d si llegaste hasta este punto de la lectura de seguro te dejara algo, si te quedaste en la mitad, tal vez este texto fue un error y una perdida de tiempo para ti, pero que importa, no lo sabrás nunca.
Francisco Rico Hernández.
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martes, 11 de agosto de 2009
Aquella Noche.
Me había deslumbrado igual que un niño cuando ve algo extraordinario por primera vez. Eso fue a consecuencia de una caja musical enorme que un organillero utilizaba por primera vez en mi pueblo. Era un hombre que utilizaba anteojos y que dibujaba treinta años a cuestas, estaba acompañado por una mujer seria, con cabellos de bronce. Ellos habían venido del DF en un viaje expedito a Cosamaloapan. Esa noche era jueves y la noche anterior los ciudadanos se habían deslumbrado con el primer eclipse lunar del año. Yo discurría como siempre en el parque central con mochila al dorso la cual tenía trozos literarios que escribía en una libreta trotamundos, un libro de García Márquez y lapiceros con los cuales capturaba los versos improvisados que me sorprendían a cualquier hora.
Mientras fumaba con mis amigos escuché la música que deambulaba dulcemente en mis oídos. Él organillero daba un concierto amateur con una música tan pura, inmaculada, amena y al mismo tiempo tan añeja, que sentí una nostalgia porque esas notas musicales habían quedado brillando en el exilio del olvido. La música suspendió todos los ruidos de la calle, mermó los gritos de los indecentes, enamoró a los enamorados que se besaban, deslumbró a los jóvenes e hizo recordar a los viejos y calló a los que charlaban. Yo quedé gélido ante aquellas partituras de fábula. Me quedé en una abstracción ignota, deslumbrado como si hubiera visto por primera vez a una mujer desnuda.
Después me aproximé hacia ellos y les pregunté lo que mi curiosidad me ordenaba. Mientras la mujer de cabellos de bronce pedía un par de monedas a los transeúntes, su compañero aceptó con gusto mi entrevista improvisada. Él me dijo que en plena segunda guerra mundial Hitler donó al gobierno mexicano un par de organillos, hoy en día estas cajas musicales aun no se jubilan pues si lo hacen estarían matando algo más que música, le faltarían al respeto a la identidad mexicana. Él organillero me explicaba que los organillos por estos días ya no se fabrican, - Vaya usted a saber si necesitemos otra guerra mundial para que los fabriquen de nuevo-, les dije. Ellos rieron. Extraje de mi bolsillo del pantalón un par de monedas y las deposité al sombrero café que parecía de agente de tránsito y no de un organillero decente. Me alejé de ellos con el único propósito de capturar está vivencia que perdurara en el tiempo a través de una imagen fotográfica.
Después de andar exasperado por no encontrar un celular con cámara, mi amiga Alejandra me hizo el favor humano de prestarme su móvil. Ya todo estaba listo para la fotografía del recuerdo, David probaba escrupulosamente las funciones nocturnas de la cámara para que no hubiera tropiezo alguno en la calidad de la fotografía, yo por mi parte me peinaba y ensayaba mi mejor ángulo fotográfico para salir guapo en la foto. Cuando le propuse al organillero que nos tomáramos la fotografía él con remilgos de cabrón se negó rotundamente argumentando que las fotografías son mal usadas por la prensa y que el sindicato nacional de organilleros se los prohíbe.
-Lo siento-, dijo impasible la mujer. Yo caminé mostrando una sonrisa apretada y exclamé colérico, - Hijos de puta-. Lo que la música había trasformado en gloria pura, el sindicato de los organilleros lo volvió mierda.
Después de esto aprendí que la naturaleza tiene esa estética de cautivar y sorprender al ser humano, mientras éste tiene el talento de decepcionarla con sus acciones, con sus reglas y locuras. Recuerdo que aquella noche mágica fui feliz, pero la felicidad me duró lo que dura un estornudo. Antes de irme me pregunté:
— ¿A caso ocultaban algo?
Francisco Rico Hernandez.
Mientras fumaba con mis amigos escuché la música que deambulaba dulcemente en mis oídos. Él organillero daba un concierto amateur con una música tan pura, inmaculada, amena y al mismo tiempo tan añeja, que sentí una nostalgia porque esas notas musicales habían quedado brillando en el exilio del olvido. La música suspendió todos los ruidos de la calle, mermó los gritos de los indecentes, enamoró a los enamorados que se besaban, deslumbró a los jóvenes e hizo recordar a los viejos y calló a los que charlaban. Yo quedé gélido ante aquellas partituras de fábula. Me quedé en una abstracción ignota, deslumbrado como si hubiera visto por primera vez a una mujer desnuda.
Después me aproximé hacia ellos y les pregunté lo que mi curiosidad me ordenaba. Mientras la mujer de cabellos de bronce pedía un par de monedas a los transeúntes, su compañero aceptó con gusto mi entrevista improvisada. Él me dijo que en plena segunda guerra mundial Hitler donó al gobierno mexicano un par de organillos, hoy en día estas cajas musicales aun no se jubilan pues si lo hacen estarían matando algo más que música, le faltarían al respeto a la identidad mexicana. Él organillero me explicaba que los organillos por estos días ya no se fabrican, - Vaya usted a saber si necesitemos otra guerra mundial para que los fabriquen de nuevo-, les dije. Ellos rieron. Extraje de mi bolsillo del pantalón un par de monedas y las deposité al sombrero café que parecía de agente de tránsito y no de un organillero decente. Me alejé de ellos con el único propósito de capturar está vivencia que perdurara en el tiempo a través de una imagen fotográfica.
Después de andar exasperado por no encontrar un celular con cámara, mi amiga Alejandra me hizo el favor humano de prestarme su móvil. Ya todo estaba listo para la fotografía del recuerdo, David probaba escrupulosamente las funciones nocturnas de la cámara para que no hubiera tropiezo alguno en la calidad de la fotografía, yo por mi parte me peinaba y ensayaba mi mejor ángulo fotográfico para salir guapo en la foto. Cuando le propuse al organillero que nos tomáramos la fotografía él con remilgos de cabrón se negó rotundamente argumentando que las fotografías son mal usadas por la prensa y que el sindicato nacional de organilleros se los prohíbe.
-Lo siento-, dijo impasible la mujer. Yo caminé mostrando una sonrisa apretada y exclamé colérico, - Hijos de puta-. Lo que la música había trasformado en gloria pura, el sindicato de los organilleros lo volvió mierda.
Después de esto aprendí que la naturaleza tiene esa estética de cautivar y sorprender al ser humano, mientras éste tiene el talento de decepcionarla con sus acciones, con sus reglas y locuras. Recuerdo que aquella noche mágica fui feliz, pero la felicidad me duró lo que dura un estornudo. Antes de irme me pregunté:
— ¿A caso ocultaban algo?
Francisco Rico Hernandez.
martes, 4 de agosto de 2009
Un Dia normal.
Estábamos sentados en una acera, en ella un predio abandonado que años después se convertirá en un salón de eventos sociales.
Me tomé la cabeza de lado a lado con ambos brazos y mirando al suelo dije: —Necesito hacer algo con respecto al cumpleaños de Mary. Tenía la clarividencia al margen de la situación.
Cesar mi amigo, me miró con la mirada de un sordo, y esperó a que yo dijera algo:
— Mierda— apunté—.
Tenia que ser algo muy diferente a los regalos que ella posiblemente recibiría, y es que para mi Marysol no es cualquier cosa, lo malo es que yo nunca he sabido que soy yo para ella. — No importa, quien por su gusto muere, hasta la muerte disfruta—, pensé. Nunca fraguamos un plan espléndido que me llevara a los brazos de Marysol como una vez lo soñé, pero pienso yo que no haya nada mejor que improvisar.
Al día siguiente fui a casa de Cesar con una mochila al dorso en la cual tenía un centenar de cosas; hojas, tijeras, pegamento, revistas viejas, polvo de estrellas y un Cd de Ricardo Arjona para amenizar la situación fuera de la realidad.
Comenzamos haciendo la carta, pero esta tarea casi nos deja ciegos y nos hizo decir veinte groserías. El objetivo era recortar cada letra para formar palabras bellas que adornaran su entorno de luz. Recuerdo que mi exasperación no me dejó en paz toda esa tarde, en el terrible calor de las cuatro Cesar escrupulosamente me ayudaba con la maquina de escribir a proseguir con la carta ideal que estaba decorada con letras recortadas y letras de tinta de maquina. Al principio no tenia la menor idea de cómo comenzar, entonces astutamente me robé una frase siniestra de Arjona Del pasado, lo cambiaria todo con tal de reconstruirlo de nuevo para volverlo a vivir. Era una frase que abarcaba poco y decía mucho. Lo cruel fue lo último, termine despidiéndome de puño y letra con toda la pena del mundo y con toda firme intención de decirle que la amo sin que lo supiera. El sobre, deberían de ver el sobre, fue sacado de mi imaginación adornado con polvo de estrellas.
Eran las ocho de la noche y no noté que el disco se reprogramó tres veces, tenia el culo entumido y Cesar el cuello derrengado. Total que otro loco se enfiló a la aventura de los riesgos, Othoniel contagiado por la emoción de haber concluido la carta se ofreció a ir a comprar los pétalos de rosas y gardenias que estarían adentro de esa caja con hambre de fuga.
Caminaba por la calle De Las Rosas y vislumbré a lo lejos la casa de Marysol, y mis piernas temblaron más que la economía del país al aproximarme a su hogar. Esta acrobacia de ilusión por fin se iba a topar de frente con la emoción de quien provocó su nacimiento.
Lo bueno fue que nadie se encontraba en casa, tal vez celebrarían el cumpleaños de la hija mayor en otra parte. Sin más que hacer me vi obligado abrir el portón en el que ella algunas veces se columpiaba y entré dejando mis sueños en su puerta para que ella les diera el calor que ellos tanto buscaban y que sólo Marysol les podía dar. Othoniel y Cesar me miraron y entre muecas me dijeron: — Misión cumplida.
Días después, incluso de no haber recibido noticia alguna de Marysol y del regalo me puse los jeans de siempre y paso a paso fui a dar al parque central. Mi intención era desembarazarme de todos, acompañado solamente de mi mejor amigo Cesar para fumarnos un par de cigarros a escondidas.
Eso, eso que no sabría hilvanar en este recuerdo escrito me llevó a lo incierto y el fantasma de mi buena suerte apareció. Antes de cruzar la calle un JETTA blanco se nos atravesó, algo me dio la sensación de conocer a una persona entre todos los que viajaban en el auto y rogué a Dios que no fuera Marysol.
— ¿Mierda y si es ella? — le dije a mi amigo—.
— Tranquilo hay muchos autos, seguro que ella no es— agregó él—.
De repente una mano que sobresalía del auto me saludó.
Esa noche recuerdo que estaba enojado con un par de hermanos que se disfrazaban de amigos, pero de todo eso me salvé, no noté que se encendió una luz cuando salté.
Continuábamos caminando por el parque y yo no perdía de vista aquel auto blanco. Tal vez algo en mi deseaba que se estacionara el vehículo y bajara Mary, pero de igual forma no quería saber nada de ella.
Para mi fortuna sucedió lo primero, el auto se estacionó y bajó Marysol. Ella lucia terriblemente hermosa, llevaba puesta una blusa color blanco que ostentaba su aura angelical, su cabello lo mantenía suelto, sin redilas, y era objeto de sus manos imperativas, las estrellas embellecían su sonrisa de nervios, y sus ojos de fábula dulces y ligeros me miraban y yo me sentía el hombre mas afortunado del mundo, Marysol puso con su presencia la primavera, con todo su olor y su esencia exacta. Cuando estuve en presencia de ella me sentí acomplejado o tal vez ya lo estaba antes, vi llegar al amor temblando.
Cesar la saludó y se aparto de inmediato, sus amigos nos miraban desde el automóvil, atentos y curiosos, y yo no sabia si esto era fantasía o realidad, o si sólo el cielo se vino a este lugar.
Marysol me acarició con un beso dulce en la mejilla, de esos de bienvenida, y enseguida me agradeció el gesto tan gentil que tuve con ella hace días atrás, me dijo que al momento de llegar a su casa su hermana descubrió la caja y presintió que era para ella. Mientras hablaba yo no podía ni mover un musculo de mi boca, era yo en ese momento un idiota que no hacia otra cosa que verla y que no perdía ni un detalle de Marysol.
Esa noche me agregó sonrisas y yo sonreía para despistar y que ella no se diera cuenta que soy un manojo de nervios, complejos e inseguridad cuando estoy con ella, con esta tierna mariposa.
Después de un par de minutos de iniciar una charla difícil de hilvanar, ya sea un tanto por las astucias de la timidez me vi obligado y un tanto valiente al decirle a Marysol que lo que hice por ella el día de su cumpleaños lo volvería hacer siempre, también le dije después de muchas equivocaciones y redundancias en mi vocabulario que era un persona muy especial para mi. Justo ahí, me quedé abstraído, en un cielo cada vez mas alto, y mi sangre corría deprisa por mi cuerpo y yo no podía desparramar la timidez, es que me resultaba difícil decirle lo que tenia yo por dentro, lo que sentía por ella que era mas que obvio.
Quería decirle que yo nunca dejaba de pensar en ella, tenía ganas de gritarle a la cara que la amaba, que me gustaba mucho cuando estaba concentrada en clases, cuando llegaba tarde a las citas que fraguábamos, aun cuando nunca estuviera de acuerdo con su peinado, y que sinceramente odiaba yo los sábados, porque ella en ese día se iba con su madre a Tuxtilla.
Pero no lo hice, ni siquiera le soplé las palabras, hablábamos un lenguaje diferente, nada pude hacer, ahí estaban sus ojos, que podrían mirar todo y volver loco a cualquiera, pero en vez de eso me miraban a mi con la pupila dilatada, también aparecían sus labios; lugar donde podría dejarme caer, ahí estaban sus manos, su lunar escondido, sus cejas, su risa, sus manos, sus pies, su cabello, sus codos, orejas, nariz, no le faltaba nada, estaba completa como los pétalos de las rosas.
He llegado a sospechar que sueño mucho y actúo poco por culpa de esa timidez que no se quien me la heredó. Luego pensé que seria grotesco no disfrutar el momento, y eso fue lo que hice, lo disfruté. Cuando Marysol se fue me dejó las emociones alborotadas, salte corrí, grité y cincuenta pendejadas mas.
Recuerdo y se que en ese momento fui feliz como pocas veces en mi vida. Mi amor hacia ella era puro, limpio y sincero. Para mi Marysol hasta ese día era lo mejor que había puesto Dios en la tierra para hacerme feliz.
Si algún día llegara a leer esto, no me sentirá acomplejado. Si algún día llegaras a leer esto Marysol no pienses que se me aflojó un tornillo, simplemente me agarre de una nube y me escapé de todo hasta llegar al mundo de la hoja en blanco a decirte que me gustas desde siempre y que hoy me gustas mucho más.
Esto me pasó en un día normal, en un día cualquiera, en un día extraviado que jamás olvidaré porque recuerdo que estaba yo terriblemente enamorado.
Escrita en el trayecto de Cosamalopan- Orizaba en algún día de Julio del 2006
Francisco Rico Hernández.
Me tomé la cabeza de lado a lado con ambos brazos y mirando al suelo dije: —Necesito hacer algo con respecto al cumpleaños de Mary. Tenía la clarividencia al margen de la situación.
Cesar mi amigo, me miró con la mirada de un sordo, y esperó a que yo dijera algo:
— Mierda— apunté—.
Tenia que ser algo muy diferente a los regalos que ella posiblemente recibiría, y es que para mi Marysol no es cualquier cosa, lo malo es que yo nunca he sabido que soy yo para ella. — No importa, quien por su gusto muere, hasta la muerte disfruta—, pensé. Nunca fraguamos un plan espléndido que me llevara a los brazos de Marysol como una vez lo soñé, pero pienso yo que no haya nada mejor que improvisar.
Al día siguiente fui a casa de Cesar con una mochila al dorso en la cual tenía un centenar de cosas; hojas, tijeras, pegamento, revistas viejas, polvo de estrellas y un Cd de Ricardo Arjona para amenizar la situación fuera de la realidad.
Comenzamos haciendo la carta, pero esta tarea casi nos deja ciegos y nos hizo decir veinte groserías. El objetivo era recortar cada letra para formar palabras bellas que adornaran su entorno de luz. Recuerdo que mi exasperación no me dejó en paz toda esa tarde, en el terrible calor de las cuatro Cesar escrupulosamente me ayudaba con la maquina de escribir a proseguir con la carta ideal que estaba decorada con letras recortadas y letras de tinta de maquina. Al principio no tenia la menor idea de cómo comenzar, entonces astutamente me robé una frase siniestra de Arjona Del pasado, lo cambiaria todo con tal de reconstruirlo de nuevo para volverlo a vivir. Era una frase que abarcaba poco y decía mucho. Lo cruel fue lo último, termine despidiéndome de puño y letra con toda la pena del mundo y con toda firme intención de decirle que la amo sin que lo supiera. El sobre, deberían de ver el sobre, fue sacado de mi imaginación adornado con polvo de estrellas.
Eran las ocho de la noche y no noté que el disco se reprogramó tres veces, tenia el culo entumido y Cesar el cuello derrengado. Total que otro loco se enfiló a la aventura de los riesgos, Othoniel contagiado por la emoción de haber concluido la carta se ofreció a ir a comprar los pétalos de rosas y gardenias que estarían adentro de esa caja con hambre de fuga.
Caminaba por la calle De Las Rosas y vislumbré a lo lejos la casa de Marysol, y mis piernas temblaron más que la economía del país al aproximarme a su hogar. Esta acrobacia de ilusión por fin se iba a topar de frente con la emoción de quien provocó su nacimiento.
Lo bueno fue que nadie se encontraba en casa, tal vez celebrarían el cumpleaños de la hija mayor en otra parte. Sin más que hacer me vi obligado abrir el portón en el que ella algunas veces se columpiaba y entré dejando mis sueños en su puerta para que ella les diera el calor que ellos tanto buscaban y que sólo Marysol les podía dar. Othoniel y Cesar me miraron y entre muecas me dijeron: — Misión cumplida.
Días después, incluso de no haber recibido noticia alguna de Marysol y del regalo me puse los jeans de siempre y paso a paso fui a dar al parque central. Mi intención era desembarazarme de todos, acompañado solamente de mi mejor amigo Cesar para fumarnos un par de cigarros a escondidas.
Eso, eso que no sabría hilvanar en este recuerdo escrito me llevó a lo incierto y el fantasma de mi buena suerte apareció. Antes de cruzar la calle un JETTA blanco se nos atravesó, algo me dio la sensación de conocer a una persona entre todos los que viajaban en el auto y rogué a Dios que no fuera Marysol.
— ¿Mierda y si es ella? — le dije a mi amigo—.
— Tranquilo hay muchos autos, seguro que ella no es— agregó él—.
De repente una mano que sobresalía del auto me saludó.
Esa noche recuerdo que estaba enojado con un par de hermanos que se disfrazaban de amigos, pero de todo eso me salvé, no noté que se encendió una luz cuando salté.
Continuábamos caminando por el parque y yo no perdía de vista aquel auto blanco. Tal vez algo en mi deseaba que se estacionara el vehículo y bajara Mary, pero de igual forma no quería saber nada de ella.
Para mi fortuna sucedió lo primero, el auto se estacionó y bajó Marysol. Ella lucia terriblemente hermosa, llevaba puesta una blusa color blanco que ostentaba su aura angelical, su cabello lo mantenía suelto, sin redilas, y era objeto de sus manos imperativas, las estrellas embellecían su sonrisa de nervios, y sus ojos de fábula dulces y ligeros me miraban y yo me sentía el hombre mas afortunado del mundo, Marysol puso con su presencia la primavera, con todo su olor y su esencia exacta. Cuando estuve en presencia de ella me sentí acomplejado o tal vez ya lo estaba antes, vi llegar al amor temblando.
Cesar la saludó y se aparto de inmediato, sus amigos nos miraban desde el automóvil, atentos y curiosos, y yo no sabia si esto era fantasía o realidad, o si sólo el cielo se vino a este lugar.
Marysol me acarició con un beso dulce en la mejilla, de esos de bienvenida, y enseguida me agradeció el gesto tan gentil que tuve con ella hace días atrás, me dijo que al momento de llegar a su casa su hermana descubrió la caja y presintió que era para ella. Mientras hablaba yo no podía ni mover un musculo de mi boca, era yo en ese momento un idiota que no hacia otra cosa que verla y que no perdía ni un detalle de Marysol.
Esa noche me agregó sonrisas y yo sonreía para despistar y que ella no se diera cuenta que soy un manojo de nervios, complejos e inseguridad cuando estoy con ella, con esta tierna mariposa.
Después de un par de minutos de iniciar una charla difícil de hilvanar, ya sea un tanto por las astucias de la timidez me vi obligado y un tanto valiente al decirle a Marysol que lo que hice por ella el día de su cumpleaños lo volvería hacer siempre, también le dije después de muchas equivocaciones y redundancias en mi vocabulario que era un persona muy especial para mi. Justo ahí, me quedé abstraído, en un cielo cada vez mas alto, y mi sangre corría deprisa por mi cuerpo y yo no podía desparramar la timidez, es que me resultaba difícil decirle lo que tenia yo por dentro, lo que sentía por ella que era mas que obvio.
Quería decirle que yo nunca dejaba de pensar en ella, tenía ganas de gritarle a la cara que la amaba, que me gustaba mucho cuando estaba concentrada en clases, cuando llegaba tarde a las citas que fraguábamos, aun cuando nunca estuviera de acuerdo con su peinado, y que sinceramente odiaba yo los sábados, porque ella en ese día se iba con su madre a Tuxtilla.
Pero no lo hice, ni siquiera le soplé las palabras, hablábamos un lenguaje diferente, nada pude hacer, ahí estaban sus ojos, que podrían mirar todo y volver loco a cualquiera, pero en vez de eso me miraban a mi con la pupila dilatada, también aparecían sus labios; lugar donde podría dejarme caer, ahí estaban sus manos, su lunar escondido, sus cejas, su risa, sus manos, sus pies, su cabello, sus codos, orejas, nariz, no le faltaba nada, estaba completa como los pétalos de las rosas.
He llegado a sospechar que sueño mucho y actúo poco por culpa de esa timidez que no se quien me la heredó. Luego pensé que seria grotesco no disfrutar el momento, y eso fue lo que hice, lo disfruté. Cuando Marysol se fue me dejó las emociones alborotadas, salte corrí, grité y cincuenta pendejadas mas.
Recuerdo y se que en ese momento fui feliz como pocas veces en mi vida. Mi amor hacia ella era puro, limpio y sincero. Para mi Marysol hasta ese día era lo mejor que había puesto Dios en la tierra para hacerme feliz.
Si algún día llegara a leer esto, no me sentirá acomplejado. Si algún día llegaras a leer esto Marysol no pienses que se me aflojó un tornillo, simplemente me agarre de una nube y me escapé de todo hasta llegar al mundo de la hoja en blanco a decirte que me gustas desde siempre y que hoy me gustas mucho más.
Esto me pasó en un día normal, en un día cualquiera, en un día extraviado que jamás olvidaré porque recuerdo que estaba yo terriblemente enamorado.
Escrita en el trayecto de Cosamalopan- Orizaba en algún día de Julio del 2006
Francisco Rico Hernández.
sábado, 11 de julio de 2009
Figuras de Lodo
El sol desbarata las figuras de lodo. De pronto él se vio convertido en un objeto de barro.
La tierra estaba quebrada, árida y él se encontraba parado en ella debajo del sol que los consumía a ambos — Tierra y hombre—.
Ahí se encontraba ese hombre quemándose los cueros de barro, despellejándose todito. Su corazón latía, pero no tenia ni una gota de vida, el calor lo consumía, le pudría el alma.
En aquel lugar exiguo de sombras no existían las flores y el único ruido que se escuchaba era el sonido del palpitar de su corazón.
Sin darse cuenta de pronto sus piernas áridas estaban clavadas en el suelo. Eran estacas de barro. Del ombligo le creció una semilla de maíz, le había nacido un pequeño sol en su cuerpo.
“El cielo estaba ardiendo, Huitzilopochtli sonreía.”
Vio sus manos; eran dos y estaban inmóviles, secas, hechas barro como todo su cuerpo, inútiles. De su boca entreabierta salió una serpiente misma que después se convirtió en humo, el sol se come hasta el humo.
Él con una estrella sobre su frente seguía observando el cielo que se situaba allá arriba, es muy alto allá arriba donde se encuentra el cielo.
El sol es enorme, es una bola de fuego que da calor, es una yema de huevo hirviendo.
Un viento imprevisible que venia desde más allá de la distancia en donde el ojo pierde la vista desbarataba todo a su paso, quebraba el filo de las piedras, destrozaba los cimientos de la vida, desmenuzaba estirpes de nubes. Ahora en la tierra lo derruía todo; hasta los pensamientos borraba el aire.
Y él inmóvil e ingenuo aun se mantenía pensando si el sol estaba en la tierra o, la tierra en el sol. Pobre objeto de barro, desconocía su desgracia.
No tuvo tiempo de sucumbir al miedo, sus ojos de cristal se destruyeron de inmediato, su cuerpo se partió, se desmoronó, se hizo añicos; los remolinos intempestivos del viento lo trasformaron a pequeñas migajas de polvo. No quedó nada de él. El viento se fue, y sólo quedó el sol allá arriba; un ojo de lumbre que lo ve todo, que lo sabe todo.
¿Qué culpas habrá pagado aquel hombre de barro? Suplicio indecoroso es esperar ser destruido por algo tan ligero y tormentoso como es el viento.
Al final, en un enorme agujero oscuro de pronto despertó del sueño, no, no es cierto; los muertos no sueñan.
Francisco Rico Hernández.
19 de febrero del 2009.
Escrita en el transcurso de Tlacotalpan – Cosamaloapan.
Despues de 15 dias de viaje descarrilados y muy JOdiDOS, ESO si; muy
bien vividos.
La tierra estaba quebrada, árida y él se encontraba parado en ella debajo del sol que los consumía a ambos — Tierra y hombre—.
Ahí se encontraba ese hombre quemándose los cueros de barro, despellejándose todito. Su corazón latía, pero no tenia ni una gota de vida, el calor lo consumía, le pudría el alma.
En aquel lugar exiguo de sombras no existían las flores y el único ruido que se escuchaba era el sonido del palpitar de su corazón.
Sin darse cuenta de pronto sus piernas áridas estaban clavadas en el suelo. Eran estacas de barro. Del ombligo le creció una semilla de maíz, le había nacido un pequeño sol en su cuerpo.
“El cielo estaba ardiendo, Huitzilopochtli sonreía.”
Vio sus manos; eran dos y estaban inmóviles, secas, hechas barro como todo su cuerpo, inútiles. De su boca entreabierta salió una serpiente misma que después se convirtió en humo, el sol se come hasta el humo.
Él con una estrella sobre su frente seguía observando el cielo que se situaba allá arriba, es muy alto allá arriba donde se encuentra el cielo.
El sol es enorme, es una bola de fuego que da calor, es una yema de huevo hirviendo.
Un viento imprevisible que venia desde más allá de la distancia en donde el ojo pierde la vista desbarataba todo a su paso, quebraba el filo de las piedras, destrozaba los cimientos de la vida, desmenuzaba estirpes de nubes. Ahora en la tierra lo derruía todo; hasta los pensamientos borraba el aire.
Y él inmóvil e ingenuo aun se mantenía pensando si el sol estaba en la tierra o, la tierra en el sol. Pobre objeto de barro, desconocía su desgracia.
No tuvo tiempo de sucumbir al miedo, sus ojos de cristal se destruyeron de inmediato, su cuerpo se partió, se desmoronó, se hizo añicos; los remolinos intempestivos del viento lo trasformaron a pequeñas migajas de polvo. No quedó nada de él. El viento se fue, y sólo quedó el sol allá arriba; un ojo de lumbre que lo ve todo, que lo sabe todo.
¿Qué culpas habrá pagado aquel hombre de barro? Suplicio indecoroso es esperar ser destruido por algo tan ligero y tormentoso como es el viento.
Al final, en un enorme agujero oscuro de pronto despertó del sueño, no, no es cierto; los muertos no sueñan.
Francisco Rico Hernández.
19 de febrero del 2009.
Escrita en el transcurso de Tlacotalpan – Cosamaloapan.
Despues de 15 dias de viaje descarrilados y muy JOdiDOS, ESO si; muy
bien vividos.
viernes, 3 de julio de 2009
Cielo azul ( La cita / Fragmento del texto)
Esa noche se puso su mejor ropa, un pantalón liso color café, una camisa manga larga color azul y unos zapatos negros enlucidos de punta. Le dijo a su padre cuando se fue, pero no le puso hora exacta a su regreso.
En las escasas citas que él había tenido o participado siempre la distancia lo ayudaba a pensar en algún tema que amenizara la tertulia, pero esta vez y para su mala suerte su invitada vivía al lado. Iván respiró profundo y tocó la puerta. Había planchado con tanto esmero su camisa que se lamentó cuando por obra del nerviosismo se le arrugó al agacharse para atar sus cordones. Él silbaba para disimular esos momentos escabrosos y justo cuando por fin el miedo le consiguió ganar, ella abrió la puerta y apareció disipando los fantasmas, las dudas, los miedos.
Matilde lucia bella y en su boca traía una sonrisa que iluminaba hasta el mismo sol. Por el contrario de Iván, ella no vistió tan formal.
— No cabe duda que eres un extraterrestre— le dijo ella—.
Iván se acomplejó y se sintió un idiota.
Caminaron hasta los columpios ubicados en el patio y conversaron bajo la luz de la luna. Nadie los interrumpió. El momento fue tan ameno que no sintieron pasar las horas, hablaron de sus gustos, de los viajes de Iván, del fútbol y de las motocicletas. También debatieron horas y horas al preguntarse ¿Porque el cielo era azul? Matilde disfrutaba la compañía de Iván, se cautivó y se rió de lo cómico que lucía un niño extraterrestre vestido de adulto.
Iván por su parte olvidó su timidez, se explayó y hablo sin pudor alguno. Si alguien hubiera sido testigo de esa conversación abría contado las veinte veces que Iván dijo mierda. Para la mala fortuna de ellos se abrió la puerta y la voz de la madre de Matilde destempló el momento. Al oír el llamado de doña Mercedes ella le dijo a su acompañante:
— Ven te la presento.
— No gracias, no estoy loco — dijo Iván—.
Total que él sucumbió a los encantos de Matilde y se dejó llevar hasta la puerta en donde los aguardaba la madre.
— Hola, buenas noches— saludó doña Mercedes—.
— Hola— dijo Iván al borde del infarto.
Matilde heredó de su madre la mirada ligera y tranquila y los ojos cafés dulces. Doña Mercedes aun mostraba los vestigios y encantos de su belleza que cautivó en sus tiempos de juventud.
Iván partió una hora después mostrando agradecimiento con sus nuevas amigas. Antes de irse ya había pacto encontrarse con Matilde en los columpios al día siguiente. Aquella noche Iván descubrió a un ser humano muy diferente a los demás, único, descubrió en Matilde la poca seriedad que a veces tienen las mujeres, escuchó hablar de las cosas que tan pocos hombres pueden escuchar, se sintió maravillado.
Matilde logró tener un conexo con Iván, se identificó con él y aun que lo negó sintió un hueco en el estomago cuando aquel extraterrestre pactó una nueva cita. Aquellos niños con el paso del tiempo sentirían el amor cuando es amor.
Francisco Rico Hernández.
(Fragmento del texto tomado del Cielo azul,
Del libro de La casa de la abuela y sus cuatro Generaciones perdidas de francisco Rico Hernández.)
Publicado por Diario de un PEaton en 16:40
En las escasas citas que él había tenido o participado siempre la distancia lo ayudaba a pensar en algún tema que amenizara la tertulia, pero esta vez y para su mala suerte su invitada vivía al lado. Iván respiró profundo y tocó la puerta. Había planchado con tanto esmero su camisa que se lamentó cuando por obra del nerviosismo se le arrugó al agacharse para atar sus cordones. Él silbaba para disimular esos momentos escabrosos y justo cuando por fin el miedo le consiguió ganar, ella abrió la puerta y apareció disipando los fantasmas, las dudas, los miedos.
Matilde lucia bella y en su boca traía una sonrisa que iluminaba hasta el mismo sol. Por el contrario de Iván, ella no vistió tan formal.
— No cabe duda que eres un extraterrestre— le dijo ella—.
Iván se acomplejó y se sintió un idiota.
Caminaron hasta los columpios ubicados en el patio y conversaron bajo la luz de la luna. Nadie los interrumpió. El momento fue tan ameno que no sintieron pasar las horas, hablaron de sus gustos, de los viajes de Iván, del fútbol y de las motocicletas. También debatieron horas y horas al preguntarse ¿Porque el cielo era azul? Matilde disfrutaba la compañía de Iván, se cautivó y se rió de lo cómico que lucía un niño extraterrestre vestido de adulto.
Iván por su parte olvidó su timidez, se explayó y hablo sin pudor alguno. Si alguien hubiera sido testigo de esa conversación abría contado las veinte veces que Iván dijo mierda. Para la mala fortuna de ellos se abrió la puerta y la voz de la madre de Matilde destempló el momento. Al oír el llamado de doña Mercedes ella le dijo a su acompañante:
— Ven te la presento.
— No gracias, no estoy loco — dijo Iván—.
Total que él sucumbió a los encantos de Matilde y se dejó llevar hasta la puerta en donde los aguardaba la madre.
— Hola, buenas noches— saludó doña Mercedes—.
— Hola— dijo Iván al borde del infarto.
Matilde heredó de su madre la mirada ligera y tranquila y los ojos cafés dulces. Doña Mercedes aun mostraba los vestigios y encantos de su belleza que cautivó en sus tiempos de juventud.
Iván partió una hora después mostrando agradecimiento con sus nuevas amigas. Antes de irse ya había pacto encontrarse con Matilde en los columpios al día siguiente. Aquella noche Iván descubrió a un ser humano muy diferente a los demás, único, descubrió en Matilde la poca seriedad que a veces tienen las mujeres, escuchó hablar de las cosas que tan pocos hombres pueden escuchar, se sintió maravillado.
Matilde logró tener un conexo con Iván, se identificó con él y aun que lo negó sintió un hueco en el estomago cuando aquel extraterrestre pactó una nueva cita. Aquellos niños con el paso del tiempo sentirían el amor cuando es amor.
Francisco Rico Hernández.
(Fragmento del texto tomado del Cielo azul,
Del libro de La casa de la abuela y sus cuatro Generaciones perdidas de francisco Rico Hernández.)
Publicado por Diario de un PEaton en 16:40
miércoles, 1 de julio de 2009
Haromi, en el lugar de los ojos abiertos.

Cada mañana ella abría los ojos al mundo, suave, limpia y ligera como las nubes partía la luz del alba con su belleza. Insultantemente feliz era vivir la vida junto a ella.
Cada vez que dejaba caer las gotas de agua sobre su claro rostro los peces del rio nadaban interminablemente, irremediablemente. La luz flagrante del sol le alumbraba la piel, y su sombra de pronto salía para cuidarle los pasos.
Le resultaba fácil hablar de la felicidad y a veces le daba por ponerse triste deberás cuando las gentes no entendían el significado del milagro de despertar cada mañana. Dicen por ahí que volvía locos a los nostálgicos poetas que para ella recitaban sus poemas, los pintores no encontraban defecto alguno en su perfil, Haromi era bella interminablemente , y se sentía a gusto de no saberlo, de no tener contacto con la vanidad.
A veces el viento soplaba con fuerza y ella sentía cosquillas debajo de su falda, sonreía aunque el estruendo del aire destrozara las flores de los jardines.
Haromi tenia unos ojos verdes cocodrilos, y una boca angustia de los corazones sin dueños, y un par de cejas; pinceladas de Dios.
Una tarde de otoño estaba recostada sobre un árbol y sentada sobre las hojas secas que cubrían el suelo. Llevaba puesto un vestido blanco de manta con un listón dorado en la cintura, estaba descalza y las uñas de sus pies eran perfectas, en su largo y pasible cuello tenia colgado un collar de conchas que hizo cuando horas antes caminaba por la playa. Mientras seguía observando con abstracción la margarita que tenia sobre el dorso de su mano el viento sopló, consiguiendo en ese acto de la naturaleza mover la guirnalda de girasoles que sobre su cabeza llevaba, pero el insecto resistió el embate del viento, se aferraba a su nueva patria de carne y hueso, de calidez y tersidad.
Su rostro de princesa oriental, fino y exacto logró sorprenderse minutos después al ser testigo de la repentina aparición de decenas de margaritas que venían volando de diferentes direcciones para establecerse sutilmente a su alrededor. Haromi sonrió y se puso de pie para alegremente girar con los brazos extendidos sobre su propio eje.
Eso ocurrió porque todos recuerdan que fue cierto, lo que nunca se explicó fue lo que pasó después.
“Me duele el alma, se me entumece el corazón”
Tristemente ese día Haromi después de jugar con las margaritas tuvo que cerrar los ojos a la fuerza, insultaron al destino, todos los ángeles hubieran querido impedir que ella cerrara los ojos; no hubo tiempo, el mal ya estaba hecho.
Una gran tormenta nunca antes vista y que jamás se consiguió olvidar se presentó esa vez que ella dejó de ocupar un sitio en el lugar de los ojos abiertos. Las personas no lloraban, qué mas daba, si el cielo lo hacia por ellos. Todos sintieron en aquel momento que Haromi era en verdad el alma, la pureza y el halito pulcro de la vida.
“La oscuridad se equivocó, no debió acercase a ella, ¿por qué lo hizo?”
A nosotros los mortales nos conmueve el presentimiento de vivir en un pozo sin fondo, y si por mis venas pasara el dolor de la muerte, me echaría a llorar, pero algunos no quieren y no les gusta llenarse los ojos con pura oscuridad, ahí no le verían las pecas de su espalda, el murmullo de la belleza y de la vida no se escuchan cuando uno se esta quieto.
Después, aunque me gusta ver los amaneceres y giñarle el ojo a la vida, decidí caminar con la luz apagada, fundir los focos de mis ojos.
¿Restauraré los actos de Dios?
Francisco Rico Hernández.
26 de febrero
Del 20009.
Cosamaloapan, Veracruz.
jueves, 21 de mayo de 2009
Francisco viendo llover desde su ventana.
Francisco se había dispuesto a irse a la cama después de cenar en solitario en el comedor de su casa. Aquella acción de conciliar el sueño fue interrumpida por la intrépida certidumbre de encontrar en esa soledad ocasional la virtud extraordinaria de dejarse seducir por los encantos de la travesura y despilfarros de la libertad.
Era una noche de viernes que le daba el consuelo ameno a una semana febril de enero. Los padres de Francisco aquella noche habían asistido a una cena organizada por los compañeros ex universitarios con el único fin de recordar los episodios del desvarío febril de la juventud.
Como era hijo único, aquella ausencia de autoridad lo condenaba gratamente a ser el soberano absoluto de toda la casa. Francisco era un niño de doce años, con grandes ojos negros, no pasaba de los cincuenta kilos y tenia un lunar colocado en la parte izquierda del cuello; fue desde pequeño un niño muy solitario y tímido, por falta de habla su madre creyó que seria mudo, hasta que por fin, un buen día, a la edad de tres años dejó atrás el lenguaje de las señas y se esmeró en decir sus primeras palabras.
Siempre fue un chico acostumbrado a obedecer y aprendió la gran virtud de ser inflexible a sus creencias, hasta esa noche de viernes en que lo dejaron solo.
Francisco no dejó ningún objeto colocado en su lugar aquella noche, la casa estaba perfectamente desordenada y envuelta en una algarabía y regocijo desmesurado. Era el momento idóneo para despabilar a los sentidos de la rebeldía y altivez de la libertad.
Desordenó su habitación, quemó un duende de peluche que le regaló su abuela y que tanto odiaba, recortó del álbum fotográfico a los primos que detestaba, orinó sin levantar la tapa del baño, debajo del colchón de la cama de sus padres sacó una revista para adultos que ojeó sin pudor alguno, también en esa ocasión de desosiego se fumó un cigarro de la cajetilla de su padre que guardaba en el buró de la sala, Francisco contagiado por la intrépida locura del despilfarro de la libertad mandó al diablo todo el protocolo que tenia que realizar todos los días antes de dormir; él no se bañó, no se cepilló los dientes, ni mucho menos se atrevió a rezarle al Santo que nunca le había cumplido un milagro. Francisco mandó al carajo a las normas y a la excelsitud aquella noche de viernes.
Mientras en el estéreo se escuchaba a todo volumen las canciones del Tri, él en su habitación se mantenía ocupado comiendo frituras, chocolates y dulces mientras veía en la televisión the Simpsons. Toda esa irreverencia iba por buen camino hasta que comenzó a llover.
Aquel acto intempestivo de la naturaleza destempló el momento. La lluvia caía torrencialmente, Francisco tuvo el presentimiento que algo cataclistico se aproximaba.
—Estúpida lluvia— alcanzó a decir mientras observaba por la ventana que la calle poco a poco se inundaba—.
Los minutos siguieron trascurriendo y la lluvia no escampaba. Francisco salió de su habitación y caminó hacia la sala para apagar el estéreo, lo hizo, y después sonó el teléfono pero no se preocupó por contestarlo.
De regreso a su habitación él subió el volumen del televisor para sentirse mejor y no escuchar el estruendo de los rayos eléctricos que de un momento a otro se dejaron escuchar en el cielo.
Poco a poco comenzó a sentirse incomodo y a la vez un tanto nervioso a consecuencia de ser testigo de la tormenta que para él era la mas grande del siglo.
Las horas parecían transcurrir de lentamente y la tormenta no mermaba su fuerza ni los rayos bajaban la guardia. Entonces sucedió lo inevitable; la energía eléctrica desapareció en toda la colonia, incluyendo la casa del soberano miedoso. Al encontrase en la oscuridad Francisco no pudo sofocar el grito, y casi a la velocidad de la luz su cuerpo se enfermó de miedo: no podía hablar, moverse, pensar. En ese estado permaneció cinco minutos, hasta que por fin logró salir de aquel periodo de pánico. Tenía la certidumbre de que sus padres no regresarían pronto a su casa, por eso él tenia que enfrentarse solo cara a cara con sus miedos. Claramente trató con suma delicadeza recobrar el valor suficiente para encarar el terror que sentía cada vez que la lluvia venia acompañada por los truenos.
Recurrió a muchos métodos para olvidarse de la tormenta; cantó, gritó, se imaginó en otro lugar, y hasta trató de recordar las imágenes perturbadoras de la revista para adultos que se atrevió a mirar hace algunas horas atrás, cuando el mundo y él eran más felices.
Francisco aunque quiso ser optimista no encontró ningún motivo que lo exonerara del sufrimiento que le causaba aquel suplico de la naturaleza.
El reloj de la cocina anunciaba con su doces campanadas la media noche, misma que ostentaba miedos, sobresaltos y letanías.
Francisco trató de dormir, pero no lo consiguió. En su cama no encontraba la posición precisa para conciliar el sueño, se movía de un lugar a otro, se tapaba , se destapaba y hasta tuvo la idea de poner su cabeza debajo de la almohada para omitir los ruidos que provocaban la tormenta, pero fueron vanos intentos. Comenzó a cantar para dispar sus miedos y montar una atmósfera amena que le curara su desolación, y en ese instante sucedió lo que él tanto había esperado, la lluvia escampó.
Envuelto en una oscuridad Francisco se aproximó a su ventana, poco podía ver ya que los faroles de la calle no alumbraban a consecuencia de la falta de electricidad. Él con sus ojos miedosos vislumbró el inundamiento irrefutable de la calle, y el paso veloz de un perro, una banda sonora de grillos, y las ranas y luciérnagas que desfilaban en la Venecia improvisada. Después sintió un gran alivio y dijo:
— Por esta noche ya ha sido suficiente lluvia.
Y de pronto comenzó a llover.
— Maldición, no lo puedo creer— agregó furioso—.
Otra vez volvió a sufrir, esta vez la tormenta ya no daría tregua alguna, parecía que el cielo estaba condenado a romperse. Un gran miedo que no entendía de razones se apoderó de él, y este pobre chico ya no sabia que hacer para detener su martirio. — ¡Odio la lluvia!— gritó.
A continuación tomó su almohada y jaló un cobertor para meterse bajo la cama, donde allí rendido ya por el sueño pasaría la noche.
A la mañana siguiente sus padres entraron en su habitación y no lo encontraron acostado en su cama, su padre observó que las cortinas de la ventana estaban amarradas y alegremente le dijo a su esposa:
— Se ve que Francisco ya perdió el miedo por la lluvia, creo que ayer observó caer la lluvia por la ventana.
— También provocó un desorden en esta casa— agregó la esposa—.
— Aquí esta— dijo el padre—.
— Esta debajo de la cama, ahora mismo me va ha escuchar — apuntó la madre—.
— No amor, déjalo, mira se ve que ayer durmió como un angelito.
Francisco Rico Hernández.
Era una noche de viernes que le daba el consuelo ameno a una semana febril de enero. Los padres de Francisco aquella noche habían asistido a una cena organizada por los compañeros ex universitarios con el único fin de recordar los episodios del desvarío febril de la juventud.
Como era hijo único, aquella ausencia de autoridad lo condenaba gratamente a ser el soberano absoluto de toda la casa. Francisco era un niño de doce años, con grandes ojos negros, no pasaba de los cincuenta kilos y tenia un lunar colocado en la parte izquierda del cuello; fue desde pequeño un niño muy solitario y tímido, por falta de habla su madre creyó que seria mudo, hasta que por fin, un buen día, a la edad de tres años dejó atrás el lenguaje de las señas y se esmeró en decir sus primeras palabras.
Siempre fue un chico acostumbrado a obedecer y aprendió la gran virtud de ser inflexible a sus creencias, hasta esa noche de viernes en que lo dejaron solo.
Francisco no dejó ningún objeto colocado en su lugar aquella noche, la casa estaba perfectamente desordenada y envuelta en una algarabía y regocijo desmesurado. Era el momento idóneo para despabilar a los sentidos de la rebeldía y altivez de la libertad.
Desordenó su habitación, quemó un duende de peluche que le regaló su abuela y que tanto odiaba, recortó del álbum fotográfico a los primos que detestaba, orinó sin levantar la tapa del baño, debajo del colchón de la cama de sus padres sacó una revista para adultos que ojeó sin pudor alguno, también en esa ocasión de desosiego se fumó un cigarro de la cajetilla de su padre que guardaba en el buró de la sala, Francisco contagiado por la intrépida locura del despilfarro de la libertad mandó al diablo todo el protocolo que tenia que realizar todos los días antes de dormir; él no se bañó, no se cepilló los dientes, ni mucho menos se atrevió a rezarle al Santo que nunca le había cumplido un milagro. Francisco mandó al carajo a las normas y a la excelsitud aquella noche de viernes.
Mientras en el estéreo se escuchaba a todo volumen las canciones del Tri, él en su habitación se mantenía ocupado comiendo frituras, chocolates y dulces mientras veía en la televisión the Simpsons. Toda esa irreverencia iba por buen camino hasta que comenzó a llover.
Aquel acto intempestivo de la naturaleza destempló el momento. La lluvia caía torrencialmente, Francisco tuvo el presentimiento que algo cataclistico se aproximaba.
—Estúpida lluvia— alcanzó a decir mientras observaba por la ventana que la calle poco a poco se inundaba—.
Los minutos siguieron trascurriendo y la lluvia no escampaba. Francisco salió de su habitación y caminó hacia la sala para apagar el estéreo, lo hizo, y después sonó el teléfono pero no se preocupó por contestarlo.
De regreso a su habitación él subió el volumen del televisor para sentirse mejor y no escuchar el estruendo de los rayos eléctricos que de un momento a otro se dejaron escuchar en el cielo.
Poco a poco comenzó a sentirse incomodo y a la vez un tanto nervioso a consecuencia de ser testigo de la tormenta que para él era la mas grande del siglo.
Las horas parecían transcurrir de lentamente y la tormenta no mermaba su fuerza ni los rayos bajaban la guardia. Entonces sucedió lo inevitable; la energía eléctrica desapareció en toda la colonia, incluyendo la casa del soberano miedoso. Al encontrase en la oscuridad Francisco no pudo sofocar el grito, y casi a la velocidad de la luz su cuerpo se enfermó de miedo: no podía hablar, moverse, pensar. En ese estado permaneció cinco minutos, hasta que por fin logró salir de aquel periodo de pánico. Tenía la certidumbre de que sus padres no regresarían pronto a su casa, por eso él tenia que enfrentarse solo cara a cara con sus miedos. Claramente trató con suma delicadeza recobrar el valor suficiente para encarar el terror que sentía cada vez que la lluvia venia acompañada por los truenos.
Recurrió a muchos métodos para olvidarse de la tormenta; cantó, gritó, se imaginó en otro lugar, y hasta trató de recordar las imágenes perturbadoras de la revista para adultos que se atrevió a mirar hace algunas horas atrás, cuando el mundo y él eran más felices.
Francisco aunque quiso ser optimista no encontró ningún motivo que lo exonerara del sufrimiento que le causaba aquel suplico de la naturaleza.
El reloj de la cocina anunciaba con su doces campanadas la media noche, misma que ostentaba miedos, sobresaltos y letanías.
Francisco trató de dormir, pero no lo consiguió. En su cama no encontraba la posición precisa para conciliar el sueño, se movía de un lugar a otro, se tapaba , se destapaba y hasta tuvo la idea de poner su cabeza debajo de la almohada para omitir los ruidos que provocaban la tormenta, pero fueron vanos intentos. Comenzó a cantar para dispar sus miedos y montar una atmósfera amena que le curara su desolación, y en ese instante sucedió lo que él tanto había esperado, la lluvia escampó.
Envuelto en una oscuridad Francisco se aproximó a su ventana, poco podía ver ya que los faroles de la calle no alumbraban a consecuencia de la falta de electricidad. Él con sus ojos miedosos vislumbró el inundamiento irrefutable de la calle, y el paso veloz de un perro, una banda sonora de grillos, y las ranas y luciérnagas que desfilaban en la Venecia improvisada. Después sintió un gran alivio y dijo:
— Por esta noche ya ha sido suficiente lluvia.
Y de pronto comenzó a llover.
— Maldición, no lo puedo creer— agregó furioso—.
Otra vez volvió a sufrir, esta vez la tormenta ya no daría tregua alguna, parecía que el cielo estaba condenado a romperse. Un gran miedo que no entendía de razones se apoderó de él, y este pobre chico ya no sabia que hacer para detener su martirio. — ¡Odio la lluvia!— gritó.
A continuación tomó su almohada y jaló un cobertor para meterse bajo la cama, donde allí rendido ya por el sueño pasaría la noche.
A la mañana siguiente sus padres entraron en su habitación y no lo encontraron acostado en su cama, su padre observó que las cortinas de la ventana estaban amarradas y alegremente le dijo a su esposa:
— Se ve que Francisco ya perdió el miedo por la lluvia, creo que ayer observó caer la lluvia por la ventana.
— También provocó un desorden en esta casa— agregó la esposa—.
— Aquí esta— dijo el padre—.
— Esta debajo de la cama, ahora mismo me va ha escuchar — apuntó la madre—.
— No amor, déjalo, mira se ve que ayer durmió como un angelito.
Francisco Rico Hernández.
sábado, 16 de mayo de 2009
La Herencia de Don Feliciano.
Yo vi cuando la vendieron. Yo vi cuando su padre, don Feliciano, el cuidador de becerros vendió a su hija Mercedes con un foráneo disque comerciante de ropa.
La pobre no pasaba de los quince años y era tierna como los pétalos de las rosas, sus ojos negros intensos sollozaban como las lluvias de mayo, era flaca y su color de piel era el de la azúcar morena.
Yo vi cuando su padre la tenia parada junto a él al pie de la puerta de su casa, vi cuando su hermano y sus otras dos hermanas que aun miaban la cama la despedían mientras le colocaban junto a ella una caja con su ropa, dos cacerolas de barro y una muñeca vieja que se llevaba la niña grande.
Su padre era inmune a las rogativas de la pequeña Mercedes, a ella la pobreza le mataba la inocencia.
Escuché a los perros ladrar cuando un hombre, su futuro esposo llegó con su camioneta destartalada a buscar la inmaculada herencia de don Feliciano; la casta y virtuosa de Mercedes.
Mientras don Feliciano reciba el dinero que había acordado por la venta del cuerpo de su hija, observé claramente la humanidad de aquel hombre ignoto. Él tenia puestas unas botas de culebra muy sucias, el pantalón con la bragueta rota y por culpa de su obesidad la camisa cuadrada que lo cubría carecía de dos botones; era muy feo y mal hablado , pero eso si, con el dinero suficiente como para comprarse una virgen de a deberás y llevársela a su cuarto.
Después de tener todo en orden lo subsecuente fue que comenzó apretar el frio en la sierra.
Mercedes vio por última vez su pobre hogar, camino en dirección hacia sus pequeñas hermanas y les susurró al oído con amargura:
— Váyanse de aquí cuando puedan.
— No podemos — contestó una de ellas—.
— ¡Que se larguen lo más pronto posible!
— No podemos hacer eso, tenemos hambre.
Aquellas palabras ostentaban la condición de infortunio que se implantaría en el destino de sus hermanas. No hubo una despedida familiar, ni mucho menos mas lagrimas, simplemente las manos se movieron en el aire de un lado a otro y la desdicha, madre de esta terrible realidad apretó el corazón de todos y cerró las ventanas del alma que son los ojos, secando así toda gota de felicidad.
Yo vi todo eso, y mientras se me escurrían las lágrimas de los ojos vislumbré como se alejaba la niña Mercedes.
Esa misma noche me fui a la cantina de Jonás, ahí quería emborracharme para matar mis pobrezas, mis penas. Aquel lugar no tenía moral, las cuatro paredes estaba teñidas en un acto ambivalente de alegrías y tristezas, nada ahí era sublime, todo era desaliñado y lánguido. Le pedí al cantinero un trago mas desde mi mesa, al instante miré como don Feliciano entraba a la cantina impasible. Ese anciano no debía de pasar de los sesenta años y cada invierno que pasaba en esta sierra su corazón se volvía más gélido.
— Don Feliciano, siéntese aquí — le dije—.
— ¿Quien eres tú? — me preguntó —.
—Soy Gaudencio, el mismo flaco que vivía enfrente de su casa. Me fui del pueblo con mis padres cuando tenía diez años de edad a los United States, pero me los mataron al cruzar y por eso sólo me quedé allá nueve años tratando de sobrevivir, y ahora vuelvo con más pena que gloria a mi pueblo.
— Pobre de ti muchacho.
—No se fije don Feliciano, la vida me ha hecho hombre y yo no sé rajarme, por eso decidí regresar para empezar de nuevo, aquí en este pueblo en donde no crese nada, en donde la tierra no produce mas que miseria y desgracia — le dije—.
Don Feliciano no se atrevió a contestarme, pido una copa de brandy y mientras la bebía yo miré en sus ojos la amargura de su persona, el descuido de amor en el que había vivido tantos años.
— Cuénteme a usted como lo ha tratado la vida.
—Pues uno siempre esta acostumbrado a sobrellevarla como puede, la pobreza no perdona, la pobreza duele en la panza — agregó—.
— Ahí son los pesares.
Mientras continuábamos bebiendo en aquella cantina de pobres él me contó que por fin tenia una excusa para burlarse de la pobreza, me dijo que había logrado cobrar la herencia que le dejó su esposa muerta. — No tuve otra cosa mas que hacer— narraba— su madre me dijo que Mercedes era lo único de valor que dejaba a la familia, y por esa razón tuve que venderla, siguiendo la tradición del pueblo — Don Feliciano ya estaba harto de andar siempre con el ombligo pegado al espinazo, ya no veía lo duro, si no lo tupido. Con su miserable sueldo de cuidador de borregos tenia que mantener a cuatro bocas y todavía tenia la mala suerte de estar viejo y el inconveniente de haber nacido pobre.
Dos horas después cuando la noche es más pesada y el frio te cala los huesos, don Feliciano me dijo así nada más, sin preámbulos:
— Gaudencio a mi hija la vendí por trescientos pesos.
Hijo de toda su madre, pensé, vendió a la chamaca por tan poco, hasta yo la hubiera comprado, hubiera vendido por ella mi colchón y mi caballo, el negro que tanto me gusta.
Pero créanme cuando se los dijo, el dinero no le duró mucho, yo lo vi, se los digo de verdad. Esa misma noche tuvo que pagarle lo fiado al señor de los abarrotes que apunta de navaja le cobraba la deuda, también el muy pendejo se calentó demasiado y le agarró las nalgas a una puta que traía macho esa noche provocando así una pelea grande. Al final tuvo que pagar los desmanes que provocó, mesas quebradas, cristales rotos, y botellas despilfarradas, y aunque vendió su chamarra y se quedó con frio aun quedó debiendo la cuenta de la borrachera.
Francisco Rico Hernandez.
La pobre no pasaba de los quince años y era tierna como los pétalos de las rosas, sus ojos negros intensos sollozaban como las lluvias de mayo, era flaca y su color de piel era el de la azúcar morena.
Yo vi cuando su padre la tenia parada junto a él al pie de la puerta de su casa, vi cuando su hermano y sus otras dos hermanas que aun miaban la cama la despedían mientras le colocaban junto a ella una caja con su ropa, dos cacerolas de barro y una muñeca vieja que se llevaba la niña grande.
Su padre era inmune a las rogativas de la pequeña Mercedes, a ella la pobreza le mataba la inocencia.
Escuché a los perros ladrar cuando un hombre, su futuro esposo llegó con su camioneta destartalada a buscar la inmaculada herencia de don Feliciano; la casta y virtuosa de Mercedes.
Mientras don Feliciano reciba el dinero que había acordado por la venta del cuerpo de su hija, observé claramente la humanidad de aquel hombre ignoto. Él tenia puestas unas botas de culebra muy sucias, el pantalón con la bragueta rota y por culpa de su obesidad la camisa cuadrada que lo cubría carecía de dos botones; era muy feo y mal hablado , pero eso si, con el dinero suficiente como para comprarse una virgen de a deberás y llevársela a su cuarto.
Después de tener todo en orden lo subsecuente fue que comenzó apretar el frio en la sierra.
Mercedes vio por última vez su pobre hogar, camino en dirección hacia sus pequeñas hermanas y les susurró al oído con amargura:
— Váyanse de aquí cuando puedan.
— No podemos — contestó una de ellas—.
— ¡Que se larguen lo más pronto posible!
— No podemos hacer eso, tenemos hambre.
Aquellas palabras ostentaban la condición de infortunio que se implantaría en el destino de sus hermanas. No hubo una despedida familiar, ni mucho menos mas lagrimas, simplemente las manos se movieron en el aire de un lado a otro y la desdicha, madre de esta terrible realidad apretó el corazón de todos y cerró las ventanas del alma que son los ojos, secando así toda gota de felicidad.
Yo vi todo eso, y mientras se me escurrían las lágrimas de los ojos vislumbré como se alejaba la niña Mercedes.
Esa misma noche me fui a la cantina de Jonás, ahí quería emborracharme para matar mis pobrezas, mis penas. Aquel lugar no tenía moral, las cuatro paredes estaba teñidas en un acto ambivalente de alegrías y tristezas, nada ahí era sublime, todo era desaliñado y lánguido. Le pedí al cantinero un trago mas desde mi mesa, al instante miré como don Feliciano entraba a la cantina impasible. Ese anciano no debía de pasar de los sesenta años y cada invierno que pasaba en esta sierra su corazón se volvía más gélido.
— Don Feliciano, siéntese aquí — le dije—.
— ¿Quien eres tú? — me preguntó —.
—Soy Gaudencio, el mismo flaco que vivía enfrente de su casa. Me fui del pueblo con mis padres cuando tenía diez años de edad a los United States, pero me los mataron al cruzar y por eso sólo me quedé allá nueve años tratando de sobrevivir, y ahora vuelvo con más pena que gloria a mi pueblo.
— Pobre de ti muchacho.
—No se fije don Feliciano, la vida me ha hecho hombre y yo no sé rajarme, por eso decidí regresar para empezar de nuevo, aquí en este pueblo en donde no crese nada, en donde la tierra no produce mas que miseria y desgracia — le dije—.
Don Feliciano no se atrevió a contestarme, pido una copa de brandy y mientras la bebía yo miré en sus ojos la amargura de su persona, el descuido de amor en el que había vivido tantos años.
— Cuénteme a usted como lo ha tratado la vida.
—Pues uno siempre esta acostumbrado a sobrellevarla como puede, la pobreza no perdona, la pobreza duele en la panza — agregó—.
— Ahí son los pesares.
Mientras continuábamos bebiendo en aquella cantina de pobres él me contó que por fin tenia una excusa para burlarse de la pobreza, me dijo que había logrado cobrar la herencia que le dejó su esposa muerta. — No tuve otra cosa mas que hacer— narraba— su madre me dijo que Mercedes era lo único de valor que dejaba a la familia, y por esa razón tuve que venderla, siguiendo la tradición del pueblo — Don Feliciano ya estaba harto de andar siempre con el ombligo pegado al espinazo, ya no veía lo duro, si no lo tupido. Con su miserable sueldo de cuidador de borregos tenia que mantener a cuatro bocas y todavía tenia la mala suerte de estar viejo y el inconveniente de haber nacido pobre.
Dos horas después cuando la noche es más pesada y el frio te cala los huesos, don Feliciano me dijo así nada más, sin preámbulos:
— Gaudencio a mi hija la vendí por trescientos pesos.
Hijo de toda su madre, pensé, vendió a la chamaca por tan poco, hasta yo la hubiera comprado, hubiera vendido por ella mi colchón y mi caballo, el negro que tanto me gusta.
Pero créanme cuando se los dijo, el dinero no le duró mucho, yo lo vi, se los digo de verdad. Esa misma noche tuvo que pagarle lo fiado al señor de los abarrotes que apunta de navaja le cobraba la deuda, también el muy pendejo se calentó demasiado y le agarró las nalgas a una puta que traía macho esa noche provocando así una pelea grande. Al final tuvo que pagar los desmanes que provocó, mesas quebradas, cristales rotos, y botellas despilfarradas, y aunque vendió su chamarra y se quedó con frio aun quedó debiendo la cuenta de la borrachera.
Francisco Rico Hernandez.
lunes, 20 de abril de 2009
Haromi en el lugar de los ojos abiertos.
Cada mañana ella abría los ojos al mundo, suave, limpia y ligera como las nubes partía la luz del alba con su belleza. Insultantemente feliz era vivir la vida junto a ella.
Cada vez que dejaba caer las gotas de agua sobre su claro rostro los peces del rio nadaban interminablemente, irremediablemente. La luz flagrante del sol le alumbraba la piel, y su sombra de pronto salía para cuidarle los pasos.
Le resultaba fácil hablar de la felicidad y a veces le daba por ponerse triste deberás cuando las gentes no entendían el significado del milagro de despertar cada mañana. Dicen por ahí que volvía locos a los nostálgicos poetas que para ella recitaban sus poemas, los pintores no encontraban defecto alguno en su perfil, Haromi era bella interminablemente , y se sentía a gusto de no saberlo, de no tener contacto con la vanidad.
A veces el viento soplaba con fuerza y ella sentía cosquillas debajo de su falda, sonreía aunque el estruendo del aire destrozara las flores de los jardines.
Haromi tenia unos ojos verdes cocodrilos, y una boca angustia de los corazones sin dueños, y un par de cejas; pinceladas de Dios.
Una tarde de otoño estaba recostada sobre un árbol y sentada sobre las hojas secas que cubrían el suelo. Llevaba puesto un vestido blanco de manta con un listón dorado en la cintura, estaba descalza y las uñas de sus pies eran perfectas, en su largo y pasible cuello tenia colgado un collar de conchas que hizo cuando horas antes caminaba por la playa. Mientras seguía observando con abstracción la margarita que tenia sobre el dorso de su mano el viento sopló, consiguiendo en ese acto de la naturaleza mover la guirnalda de girasoles que sobre su cabeza llevaba, pero el insecto resistió el embate del viento, se aferraba a su nueva patria de carne y hueso, de calidez y tersidad.
Su rostro de princesa oriental, fino y exacto logró sorprenderse minutos después al ser testigo de la repentina aparición de decenas de margaritas que venían volando de diferentes direcciones para establecerse sutilmente a su alrededor. Haromi sonrió y se puso de pie para alegremente girar con los brazos extendidos sobre su propio eje.
Eso ocurrió porque todos recuerdan que fue cierto, lo que nunca se explicó fue lo que pasó después.
“Me duele el alma, se me entumece el corazón”
Tristemente ese día Haromi después de jugar con las margaritas tuvo que cerrar los ojos a la fuerza, insultaron al destino, todos los ángeles hubieran querido impedir que ella cerrara los ojos; no hubo tiempo, el mal ya estaba hecho.
Una gran tormenta nunca antes vista y que jamás se consiguió olvidar se presentó esa vez que ella dejó de ocupar un sitio en el lugar de los ojos abiertos. Las personas no lloraban, qué mas daba, si el cielo lo hacia por ellos. Todos sintieron en aquel momento que Haromi era en verdad el alma, la pureza y el halito pulcro de la vida.
“La oscuridad se equivocó, no debió acercase a ella, ¿por qué lo hizo?”
A nosotros los mortales nos conmueve el presentimiento de vivir en un pozo sin fondo, y si por mis venas pasara el dolor de la muerte, me echaría a llorar, pero algunos no quieren y no les gusta llenarse los ojos con pura oscuridad, ahí no le verían las pecas de su espalda, el murmullo de la belleza y de la vida no se escuchan cuando uno se esta quieto.
Después, aunque me gusta ver los amaneceres y giñarle el ojo a la vida, decidí caminar con la luz apagada, fundir los focos de mis ojos.
¿Restauraré los actos de Dios?
Francisco Rico Hernández.
26 de febrero
Del 20009.
Cosamaloapan, Veracruz.
Cada vez que dejaba caer las gotas de agua sobre su claro rostro los peces del rio nadaban interminablemente, irremediablemente. La luz flagrante del sol le alumbraba la piel, y su sombra de pronto salía para cuidarle los pasos.
Le resultaba fácil hablar de la felicidad y a veces le daba por ponerse triste deberás cuando las gentes no entendían el significado del milagro de despertar cada mañana. Dicen por ahí que volvía locos a los nostálgicos poetas que para ella recitaban sus poemas, los pintores no encontraban defecto alguno en su perfil, Haromi era bella interminablemente , y se sentía a gusto de no saberlo, de no tener contacto con la vanidad.
A veces el viento soplaba con fuerza y ella sentía cosquillas debajo de su falda, sonreía aunque el estruendo del aire destrozara las flores de los jardines.
Haromi tenia unos ojos verdes cocodrilos, y una boca angustia de los corazones sin dueños, y un par de cejas; pinceladas de Dios.
Una tarde de otoño estaba recostada sobre un árbol y sentada sobre las hojas secas que cubrían el suelo. Llevaba puesto un vestido blanco de manta con un listón dorado en la cintura, estaba descalza y las uñas de sus pies eran perfectas, en su largo y pasible cuello tenia colgado un collar de conchas que hizo cuando horas antes caminaba por la playa. Mientras seguía observando con abstracción la margarita que tenia sobre el dorso de su mano el viento sopló, consiguiendo en ese acto de la naturaleza mover la guirnalda de girasoles que sobre su cabeza llevaba, pero el insecto resistió el embate del viento, se aferraba a su nueva patria de carne y hueso, de calidez y tersidad.
Su rostro de princesa oriental, fino y exacto logró sorprenderse minutos después al ser testigo de la repentina aparición de decenas de margaritas que venían volando de diferentes direcciones para establecerse sutilmente a su alrededor. Haromi sonrió y se puso de pie para alegremente girar con los brazos extendidos sobre su propio eje.
Eso ocurrió porque todos recuerdan que fue cierto, lo que nunca se explicó fue lo que pasó después.
“Me duele el alma, se me entumece el corazón”
Tristemente ese día Haromi después de jugar con las margaritas tuvo que cerrar los ojos a la fuerza, insultaron al destino, todos los ángeles hubieran querido impedir que ella cerrara los ojos; no hubo tiempo, el mal ya estaba hecho.
Una gran tormenta nunca antes vista y que jamás se consiguió olvidar se presentó esa vez que ella dejó de ocupar un sitio en el lugar de los ojos abiertos. Las personas no lloraban, qué mas daba, si el cielo lo hacia por ellos. Todos sintieron en aquel momento que Haromi era en verdad el alma, la pureza y el halito pulcro de la vida.
“La oscuridad se equivocó, no debió acercase a ella, ¿por qué lo hizo?”
A nosotros los mortales nos conmueve el presentimiento de vivir en un pozo sin fondo, y si por mis venas pasara el dolor de la muerte, me echaría a llorar, pero algunos no quieren y no les gusta llenarse los ojos con pura oscuridad, ahí no le verían las pecas de su espalda, el murmullo de la belleza y de la vida no se escuchan cuando uno se esta quieto.
Después, aunque me gusta ver los amaneceres y giñarle el ojo a la vida, decidí caminar con la luz apagada, fundir los focos de mis ojos.
¿Restauraré los actos de Dios?
Francisco Rico Hernández.
26 de febrero
Del 20009.
Cosamaloapan, Veracruz.
martes, 24 de marzo de 2009
Un encuentro inesperado.
El teléfono está inmóvil en la cabina ubicada en la esquina de cualquier calle.
Haya afuera, en las calles se subastan las vidas.
Algunos se regodean en un pasado tan pasado que ya paso,sin embargo aun tienen el valor suficiente de acordarse cuando se les ocurre por ratitos recordar.
-Bueno- dijo él después de levantar el teléfono y marcar los números-
-Si- contesta una voz femenina-.
-¿Habla la mujer que me rompió el corazón?
-¿Quien habla?- pregunta ella ahora un tanto confundida-.
- El tipo mas desgraciado del mundo.
Francisco Rico Hernandez.
Haya afuera, en las calles se subastan las vidas.
Algunos se regodean en un pasado tan pasado que ya paso,sin embargo aun tienen el valor suficiente de acordarse cuando se les ocurre por ratitos recordar.
-Bueno- dijo él después de levantar el teléfono y marcar los números-
-Si- contesta una voz femenina-.
-¿Habla la mujer que me rompió el corazón?
-¿Quien habla?- pregunta ella ahora un tanto confundida-.
- El tipo mas desgraciado del mundo.
Francisco Rico Hernandez.
jueves, 19 de marzo de 2009
Un dia Normal.
Estábamos sentados en una acera, en ella un predio abandonado que años después se convertirá en un salón de eventos sociales.
Me tomé la cabeza de lado a lado con ambos brazos y mirando al suelo dije: —Necesito hacer algo con respecto al cumpleaños de Mary. Tenía la clarividencia al margen de la situación.
Cesar mi amigo, me miró con la mirada de un sordo, y esperó a que yo dijera algo:
— Mierda— apunté—.
Tenia que ser algo muy diferente a los regalos que ella posiblemente recibiría, y es que para mi Marysol no es cualquier cosa, lo malo es que yo nunca he sabido que soy yo para ella. — No importa, quien por su gusto muere, hasta la muerte disfruta—, pensé. Nunca fraguamos un plan espléndido que me llevara a los brazos de Marysol como una vez lo soñé, pero pienso yo que no haya nada mejor que improvisar.
Al día siguiente fui a casa de Cesar con una mochila al dorso en la cual tenía un centenar de cosas; hojas, tijeras, pegamento, revistas viejas, polvo de estrellas y un Cd de Ricardo Arjona para amenizar la situación fuera de la realidad.
Comenzamos haciendo la carta, pero esta tarea casi nos deja ciegos y nos hizo decir veinte groserías. El objetivo era recortar cada letra para formar palabras bellas que adornaran su entorno de luz. Recuerdo que mi exasperación no me dejó en paz toda esa tarde, en el terrible calor de las cuatro Cesar escrupulosamente me ayudaba con la maquina de escribir a proseguir con la carta ideal que estaba decorada con letras recortadas y letras de tinta de maquina. Al principio no tenia la menor idea de cómo comenzar, entonces astutamente me robé una frase siniestra de Arjona Del pasado, lo cambiaria todo con tal de reconstruirlo de nuevo para volverlo a vivir. Era una frase que abarcaba poco y decía mucho. Lo cruel fue lo último, termine despidiéndome de puño y letra con toda la pena del mundo y con toda firme intención de decirle que la amo sin que lo supiera. El sobre, deberían de ver el sobre, fue sacado de mi imaginación adornado con polvo de estrellas.
Eran las ocho de la noche y no noté que el disco se reprogramó tres veces, tenia el culo entumido y Cesar el cuello derrengado. Total que otro loco se enfiló a la aventura de los riesgos, Othoniel contagiado por la emoción de haber concluido la carta se ofreció a ir a comprar los pétalos de rosas y gardenias que estarían adentro de esa caja con hambre de fuga.
Caminaba por la calle De Las Rosas y vislumbré a lo lejos la casa de Marysol, y mis piernas temblaron más que la economía del país al aproximarme a su hogar. Esta acrobacia de ilusión por fin se iba a topar de frente con la emoción de quien provocó su nacimiento.
Lo bueno fue que nadie se encontraba en casa, tal vez celebrarían el cumpleaños de la hija mayor en otra parte. Sin más que hacer me vi obligado abrir el portón en el que ella algunas veces se columpiaba y entré dejando mis sueños en su puerta para que ella les diera el calor que ellos tanto buscaban y que sólo Marysol les podía dar. Othoniel y Cesar me miraron y entre muecas me dijeron: — Misión cumplida.
Días después, incluso de no haber recibido noticia alguna de Marysol y del regalo me puse los jeans de siempre y paso a paso fui a dar al parque central. Mi intención era desembarazarme de todos, acompañado solamente de mi mejor amigo Cesar para fumarnos un par de cigarros a escondidas.
Eso, eso que no sabría hilvanar en este recuerdo escrito me llevó a lo incierto y el fantasma de mi buena suerte apareció. Antes de cruzar la calle un JETTA blanco se nos atravesó, algo me dio la sensación de conocer a una persona entre todos los que viajaban en el auto y rogué a Dios que no fuera Marysol.
— ¿Mierda y si es ella? — le dije a mi amigo—.
— Tranquilo hay muchos autos, seguro que ella no es— agregó él—.
De repente una mano que sobresalía del auto me saludó.
Esa noche recuerdo que estaba enojado con un par de hermanos que se disfrazaban de amigos, pero de todo eso me salvé, no noté que se encendió una luz cuando salté.
Continuábamos caminando por el parque y yo no perdía de vista aquel auto blanco. Tal vez algo en mi deseaba que se estacionara el vehículo y bajara Mary, pero de igual forma no quería saber nada de ella.
Para mi fortuna sucedió lo primero, el auto se estacionó y bajó Marysol. Ella lucia terriblemente hermosa, llevaba puesta una blusa color blanco que ostentaba su aura angelical, su cabello lo mantenía suelto, sin redilas, y era objeto de sus manos imperativas, las estrellas embellecían su sonrisa de nervios, y sus ojos de fábula dulces y ligeros me miraban y yo me sentía el hombre mas afortunado del mundo, Marysol puso con su presencia la primavera, con todo su olor y su esencia exacta. Cuando estuve en presencia de ella me sentí acomplejado o tal vez ya lo estaba antes, vi llegar al amor temblando.
Cesar la saludó y se aparto de inmediato, sus amigos nos miraban desde el automóvil, atentos y curiosos, y yo no sabia si esto era fantasía o realidad, o si sólo el cielo se vino a este lugar.
Marysol me acarició con un beso dulce en la mejilla, de esos de bienvenida, y enseguida me agradeció el gesto tan gentil que tuve con ella hace días atrás, me dijo que al momento de llegar a su casa su hermana descubrió la caja y presintió que era para ella. Mientras hablaba yo no podía ni mover un musculo de mi boca, era yo en ese momento un idiota que no hacia otra cosa que verla y que no perdía ni un detalle de Marysol.
Esa noche me agregó sonrisas y yo sonreía para despistar y que ella no se diera cuenta que soy un manojo de nervios, complejos e inseguridad cuando estoy con ella, con esta tierna mariposa.
Después de un par de minutos de iniciar una charla difícil de hilvanar, ya sea un tanto por las astucias de la timidez me vi obligado y un tanto valiente al decirle a Marysol que lo que hice por ella el día de su cumpleaños lo volvería hacer siempre, también le dije después de muchas equivocaciones y redundancias en mi vocabulario que era un persona muy especial para mi. Justo ahí, me quedé abstraído, en un cielo cada vez mas alto, y mi sangre corría deprisa por mi cuerpo y yo no podía desparramar la timidez, es que me resultaba difícil decirle lo que tenia yo por dentro, lo que sentía por ella que era mas que obvio.
Quería decirle que yo nunca dejaba de pensar en ella, tenía ganas de gritarle a la cara que la amaba, que me gustaba mucho cuando estaba concentrada en clases, cuando llegaba tarde a las citas que fraguábamos, aun cuando nunca estuviera de acuerdo con su peinado, y que sinceramente odiaba yo los sábados, porque ella en ese día se iba con su madre a Tuxtilla.
Pero no lo hice, ni siquiera le soplé las palabras, hablábamos un lenguaje diferente, nada pude hacer, ahí estaban sus ojos, que podrían mirar todo y volver loco a cualquiera, pero en vez de eso me miraban a mi con la pupila dilatada, también aparecían sus labios; lugar donde podría dejarme caer, ahí estaban sus manos, su lunar escondido, sus cejas, su risa, sus manos, sus pies, su cabello, sus codos, orejas, nariz, no le faltaba nada, estaba completa como los pétalos de las rosas.
He llegado a sospechar que sueño mucho y actúo poco por culpa de esa timidez que no se quien me la heredó. Luego pensé que seria grotesco no disfrutar el momento, y eso fue lo que hice, lo disfruté. Cuando Marysol se fue me dejó las emociones alborotadas, salte corrí, grité y cincuenta pendejadas mas.
Recuerdo y se que en ese momento fui feliz como pocas veces en mi vida. Mi amor hacia ella era puro, limpio y sincero. Para mi Marysol hasta ese día era lo mejor que había puesto Dios en la tierra para hacerme feliz.
Si algún día llegara a leer esto, no me sentirá acomplejado. Si algún día llegaras a leer esto Marysol no pienses que se me aflojó un tornillo, simplemente me agarre de una nube y me escapé de todo hasta llegar al mundo de la hoja en blanco a decirte que me gustas desde siempre y que hoy me gustas mucho más.
Esto me pasó en un día normal, en un día cualquiera, en un día extraviado que jamás olvidaré porque recuerdo que estaba yo terriblemente enamorado.
Escrita en el trayecto de Cosamalopan- Orizaba en algún día de Julio del 2006.
Francisco Rico Hernández.
Posdata; a Marysol Pita Vidal, la mujer de fábula mas guapa que cualquiera, tu mano plantó violetas en mi lapicero, me hizo recordar que a veces es bueno decir “te necesito”, Mary gracias por hacerme escritor.
Me tomé la cabeza de lado a lado con ambos brazos y mirando al suelo dije: —Necesito hacer algo con respecto al cumpleaños de Mary. Tenía la clarividencia al margen de la situación.
Cesar mi amigo, me miró con la mirada de un sordo, y esperó a que yo dijera algo:
— Mierda— apunté—.
Tenia que ser algo muy diferente a los regalos que ella posiblemente recibiría, y es que para mi Marysol no es cualquier cosa, lo malo es que yo nunca he sabido que soy yo para ella. — No importa, quien por su gusto muere, hasta la muerte disfruta—, pensé. Nunca fraguamos un plan espléndido que me llevara a los brazos de Marysol como una vez lo soñé, pero pienso yo que no haya nada mejor que improvisar.
Al día siguiente fui a casa de Cesar con una mochila al dorso en la cual tenía un centenar de cosas; hojas, tijeras, pegamento, revistas viejas, polvo de estrellas y un Cd de Ricardo Arjona para amenizar la situación fuera de la realidad.
Comenzamos haciendo la carta, pero esta tarea casi nos deja ciegos y nos hizo decir veinte groserías. El objetivo era recortar cada letra para formar palabras bellas que adornaran su entorno de luz. Recuerdo que mi exasperación no me dejó en paz toda esa tarde, en el terrible calor de las cuatro Cesar escrupulosamente me ayudaba con la maquina de escribir a proseguir con la carta ideal que estaba decorada con letras recortadas y letras de tinta de maquina. Al principio no tenia la menor idea de cómo comenzar, entonces astutamente me robé una frase siniestra de Arjona Del pasado, lo cambiaria todo con tal de reconstruirlo de nuevo para volverlo a vivir. Era una frase que abarcaba poco y decía mucho. Lo cruel fue lo último, termine despidiéndome de puño y letra con toda la pena del mundo y con toda firme intención de decirle que la amo sin que lo supiera. El sobre, deberían de ver el sobre, fue sacado de mi imaginación adornado con polvo de estrellas.
Eran las ocho de la noche y no noté que el disco se reprogramó tres veces, tenia el culo entumido y Cesar el cuello derrengado. Total que otro loco se enfiló a la aventura de los riesgos, Othoniel contagiado por la emoción de haber concluido la carta se ofreció a ir a comprar los pétalos de rosas y gardenias que estarían adentro de esa caja con hambre de fuga.
Caminaba por la calle De Las Rosas y vislumbré a lo lejos la casa de Marysol, y mis piernas temblaron más que la economía del país al aproximarme a su hogar. Esta acrobacia de ilusión por fin se iba a topar de frente con la emoción de quien provocó su nacimiento.
Lo bueno fue que nadie se encontraba en casa, tal vez celebrarían el cumpleaños de la hija mayor en otra parte. Sin más que hacer me vi obligado abrir el portón en el que ella algunas veces se columpiaba y entré dejando mis sueños en su puerta para que ella les diera el calor que ellos tanto buscaban y que sólo Marysol les podía dar. Othoniel y Cesar me miraron y entre muecas me dijeron: — Misión cumplida.
Días después, incluso de no haber recibido noticia alguna de Marysol y del regalo me puse los jeans de siempre y paso a paso fui a dar al parque central. Mi intención era desembarazarme de todos, acompañado solamente de mi mejor amigo Cesar para fumarnos un par de cigarros a escondidas.
Eso, eso que no sabría hilvanar en este recuerdo escrito me llevó a lo incierto y el fantasma de mi buena suerte apareció. Antes de cruzar la calle un JETTA blanco se nos atravesó, algo me dio la sensación de conocer a una persona entre todos los que viajaban en el auto y rogué a Dios que no fuera Marysol.
— ¿Mierda y si es ella? — le dije a mi amigo—.
— Tranquilo hay muchos autos, seguro que ella no es— agregó él—.
De repente una mano que sobresalía del auto me saludó.
Esa noche recuerdo que estaba enojado con un par de hermanos que se disfrazaban de amigos, pero de todo eso me salvé, no noté que se encendió una luz cuando salté.
Continuábamos caminando por el parque y yo no perdía de vista aquel auto blanco. Tal vez algo en mi deseaba que se estacionara el vehículo y bajara Mary, pero de igual forma no quería saber nada de ella.
Para mi fortuna sucedió lo primero, el auto se estacionó y bajó Marysol. Ella lucia terriblemente hermosa, llevaba puesta una blusa color blanco que ostentaba su aura angelical, su cabello lo mantenía suelto, sin redilas, y era objeto de sus manos imperativas, las estrellas embellecían su sonrisa de nervios, y sus ojos de fábula dulces y ligeros me miraban y yo me sentía el hombre mas afortunado del mundo, Marysol puso con su presencia la primavera, con todo su olor y su esencia exacta. Cuando estuve en presencia de ella me sentí acomplejado o tal vez ya lo estaba antes, vi llegar al amor temblando.
Cesar la saludó y se aparto de inmediato, sus amigos nos miraban desde el automóvil, atentos y curiosos, y yo no sabia si esto era fantasía o realidad, o si sólo el cielo se vino a este lugar.
Marysol me acarició con un beso dulce en la mejilla, de esos de bienvenida, y enseguida me agradeció el gesto tan gentil que tuve con ella hace días atrás, me dijo que al momento de llegar a su casa su hermana descubrió la caja y presintió que era para ella. Mientras hablaba yo no podía ni mover un musculo de mi boca, era yo en ese momento un idiota que no hacia otra cosa que verla y que no perdía ni un detalle de Marysol.
Esa noche me agregó sonrisas y yo sonreía para despistar y que ella no se diera cuenta que soy un manojo de nervios, complejos e inseguridad cuando estoy con ella, con esta tierna mariposa.
Después de un par de minutos de iniciar una charla difícil de hilvanar, ya sea un tanto por las astucias de la timidez me vi obligado y un tanto valiente al decirle a Marysol que lo que hice por ella el día de su cumpleaños lo volvería hacer siempre, también le dije después de muchas equivocaciones y redundancias en mi vocabulario que era un persona muy especial para mi. Justo ahí, me quedé abstraído, en un cielo cada vez mas alto, y mi sangre corría deprisa por mi cuerpo y yo no podía desparramar la timidez, es que me resultaba difícil decirle lo que tenia yo por dentro, lo que sentía por ella que era mas que obvio.
Quería decirle que yo nunca dejaba de pensar en ella, tenía ganas de gritarle a la cara que la amaba, que me gustaba mucho cuando estaba concentrada en clases, cuando llegaba tarde a las citas que fraguábamos, aun cuando nunca estuviera de acuerdo con su peinado, y que sinceramente odiaba yo los sábados, porque ella en ese día se iba con su madre a Tuxtilla.
Pero no lo hice, ni siquiera le soplé las palabras, hablábamos un lenguaje diferente, nada pude hacer, ahí estaban sus ojos, que podrían mirar todo y volver loco a cualquiera, pero en vez de eso me miraban a mi con la pupila dilatada, también aparecían sus labios; lugar donde podría dejarme caer, ahí estaban sus manos, su lunar escondido, sus cejas, su risa, sus manos, sus pies, su cabello, sus codos, orejas, nariz, no le faltaba nada, estaba completa como los pétalos de las rosas.
He llegado a sospechar que sueño mucho y actúo poco por culpa de esa timidez que no se quien me la heredó. Luego pensé que seria grotesco no disfrutar el momento, y eso fue lo que hice, lo disfruté. Cuando Marysol se fue me dejó las emociones alborotadas, salte corrí, grité y cincuenta pendejadas mas.
Recuerdo y se que en ese momento fui feliz como pocas veces en mi vida. Mi amor hacia ella era puro, limpio y sincero. Para mi Marysol hasta ese día era lo mejor que había puesto Dios en la tierra para hacerme feliz.
Si algún día llegara a leer esto, no me sentirá acomplejado. Si algún día llegaras a leer esto Marysol no pienses que se me aflojó un tornillo, simplemente me agarre de una nube y me escapé de todo hasta llegar al mundo de la hoja en blanco a decirte que me gustas desde siempre y que hoy me gustas mucho más.
Esto me pasó en un día normal, en un día cualquiera, en un día extraviado que jamás olvidaré porque recuerdo que estaba yo terriblemente enamorado.
Escrita en el trayecto de Cosamalopan- Orizaba en algún día de Julio del 2006.
Francisco Rico Hernández.
Posdata; a Marysol Pita Vidal, la mujer de fábula mas guapa que cualquiera, tu mano plantó violetas en mi lapicero, me hizo recordar que a veces es bueno decir “te necesito”, Mary gracias por hacerme escritor.
martes, 17 de marzo de 2009
La fórmula secreta
I
USTEDES dirán que es pura necedad la mía,
Que es un desatino lamentarse de la suerte, y cuantimas de esta tierra pasmada
Donde nos olvidó el destino.
La verdad es que cuesta trabajo aclimatarse al hambre.
Y aunque digan que el hambre
Repartida entre muchos
Toca a menos, lo único cierto es que todos
Aquí
Estamos a medio morir
Y no tenemos ni siquiera
Dónde caernos muertos.
Según parece
Ya nos viene de a derecho la de malas.
Nada de que hay que echarle nudo ciego a este asunto.
Nada de eso.
Desde que el mundo es mundo
Hemos echado a andar con el ombligo pegado al espinazo
Y agarrándonos del viento con las uñas.
Se nos regatea hasta la sombra,
Y a pesar de todo así seguimos:
Medio aturdidos por el maldecido sol
Que nos cunde a diario a despedazos,
Siempre con la misma jeringa,
Como si quisiera revivir más el rescoldo.
Aunque bien sabemos
Que ni ardiendo en brasas
Se nos prenderá la suerte.
Pero somos porfiados.
Tal vez eso tenga compostura.
El mundo esta inundado de gente como nosotros,
De mucha gente como nosotros.
Y alguien tiene que oírnos,
Alguien y algunos más,
Aunque les revienten o reboten nuestros gritos.
No es que seamos alzados,
Ni es que le estemos pidiendo limosna a la luna.
Ni está en nuestro camino buscar de prisa la covacha,
O arrancar pa’l monte
Cada vez que nos cuchilean los perros.
Alguien tendrá que oírnos.
Cuando dejemos de gruñir como avispas en el enjambre,
O nos volvamos cola de remolino,
O cuando terminemos por escurrirnos sobre la tierra
Como un relámpago de muertos,
Entonces
Tal vez llegue a todos el remedio.
II
Cola de relámpago,
Remolino de muertos.
Con el vuelo que llevan,
Poco les durara el esfuerzo.
Tal vez acaben desechos en espuma
O se los trague este aire lleno de cenizas.
Y hasta pueden perderse
Yendo a tientas
Entre la revuelta oscuridad.
Al fin y al cabo ya son puro escombro.
El alma se ha de haber partido
De tanto darle potreones a la vida.
Puede que se acalambren
Entre las hebras heladas de la noche.
O el miedo los liquide
Borrándoles hasta el resuello.
San Mateo amaneció desde ayer con la cara ensombrecida.
Ruega por nosotros.
Animas benditas del purgatorio.
Ruega por nosotros.
Tan alta que esta la noche y ni con qué velarlos.
Ruega por nosotros.
Santo Dios, Santo Inmortal.
Ruega por nosotros.
Ya están todos pachiches de tanto que el sol
Les ha a sorbido el jugo.
Ruega por nosotros.
Santo san Antoñito.
Ruega por nosotros.
Atajo de malvados, retahíla de vagos.
Ruega por nosotros.
Cáfila de bandidos.
Ruega por nosotros.
Al menos estos ya no vivirán calados por el hambre.
Juan Rulfo.
Guion cinematógrafo para la película
La Formula Secreta, dirigida por Rubén Gámez.
México, D.f 1965.
USTEDES dirán que es pura necedad la mía,
Que es un desatino lamentarse de la suerte, y cuantimas de esta tierra pasmada
Donde nos olvidó el destino.
La verdad es que cuesta trabajo aclimatarse al hambre.
Y aunque digan que el hambre
Repartida entre muchos
Toca a menos, lo único cierto es que todos
Aquí
Estamos a medio morir
Y no tenemos ni siquiera
Dónde caernos muertos.
Según parece
Ya nos viene de a derecho la de malas.
Nada de que hay que echarle nudo ciego a este asunto.
Nada de eso.
Desde que el mundo es mundo
Hemos echado a andar con el ombligo pegado al espinazo
Y agarrándonos del viento con las uñas.
Se nos regatea hasta la sombra,
Y a pesar de todo así seguimos:
Medio aturdidos por el maldecido sol
Que nos cunde a diario a despedazos,
Siempre con la misma jeringa,
Como si quisiera revivir más el rescoldo.
Aunque bien sabemos
Que ni ardiendo en brasas
Se nos prenderá la suerte.
Pero somos porfiados.
Tal vez eso tenga compostura.
El mundo esta inundado de gente como nosotros,
De mucha gente como nosotros.
Y alguien tiene que oírnos,
Alguien y algunos más,
Aunque les revienten o reboten nuestros gritos.
No es que seamos alzados,
Ni es que le estemos pidiendo limosna a la luna.
Ni está en nuestro camino buscar de prisa la covacha,
O arrancar pa’l monte
Cada vez que nos cuchilean los perros.
Alguien tendrá que oírnos.
Cuando dejemos de gruñir como avispas en el enjambre,
O nos volvamos cola de remolino,
O cuando terminemos por escurrirnos sobre la tierra
Como un relámpago de muertos,
Entonces
Tal vez llegue a todos el remedio.
II
Cola de relámpago,
Remolino de muertos.
Con el vuelo que llevan,
Poco les durara el esfuerzo.
Tal vez acaben desechos en espuma
O se los trague este aire lleno de cenizas.
Y hasta pueden perderse
Yendo a tientas
Entre la revuelta oscuridad.
Al fin y al cabo ya son puro escombro.
El alma se ha de haber partido
De tanto darle potreones a la vida.
Puede que se acalambren
Entre las hebras heladas de la noche.
O el miedo los liquide
Borrándoles hasta el resuello.
San Mateo amaneció desde ayer con la cara ensombrecida.
Ruega por nosotros.
Animas benditas del purgatorio.
Ruega por nosotros.
Tan alta que esta la noche y ni con qué velarlos.
Ruega por nosotros.
Santo Dios, Santo Inmortal.
Ruega por nosotros.
Ya están todos pachiches de tanto que el sol
Les ha a sorbido el jugo.
Ruega por nosotros.
Santo san Antoñito.
Ruega por nosotros.
Atajo de malvados, retahíla de vagos.
Ruega por nosotros.
Cáfila de bandidos.
Ruega por nosotros.
Al menos estos ya no vivirán calados por el hambre.
Juan Rulfo.
Guion cinematógrafo para la película
La Formula Secreta, dirigida por Rubén Gámez.
México, D.f 1965.
jueves, 5 de marzo de 2009
Figuras de lodo.
El sol desbarata las figuras de lodo. De pronto él se vio convertido en un objeto de barro.
La tierra estaba quebrada, árida y él se encontraba parado en ella debajo del sol que los consumía a ambos — Tierra y hombre—.
Ahí se encontraba ese hombre quemándose los cueros de barro, despellejándose todito. Su corazón latía, pero no tenia ni una gota de vida, el calor lo consumía, le pudría el alma.
En aquel lugar exiguo de sombras no existían las flores y el único ruido que se escuchaba era el sonido del palpitar de su corazón.
Sin darse cuenta de pronto sus piernas áridas estaban clavadas en el suelo. Eran estacas de barro. Del ombligo le creció una semilla de maíz, le había nacido un pequeño sol en su cuerpo.
“El cielo estaba ardiendo, Huitzilopochtli sonreía.”
Vio sus manos; eran dos y estaban inmóviles, secas, hechas barro como todo su cuerpo, inútiles. De su boca entreabierta salió una serpiente misma que después se convirtió en humo, el sol se come hasta el humo.
Él con una estrella sobre su frente seguía observando el cielo que se situaba allá arriba, es muy alto allá arriba donde se encuentra el cielo.
El sol es enorme, es una bola de fuego que da calor, es una yema de huevo hirviendo.
Un viento imprevisible que venia desde más allá de la distancia en donde el ojo pierde la vista desbarataba todo a su paso, quebraba el filo de las piedras, destrozaba los cimientos de la vida, desmenuzaba estirpes de nubes. Ahora en la tierra lo derruía todo; hasta los pensamientos borraba el aire.
Y él inmóvil e ingenuo aun se mantenía pensando si el sol estaba en la tierra o, la tierra en el sol. Pobre objeto de barro, desconocía su desgracia.
No tuvo tiempo de sucumbir al miedo, sus ojos de cristal se destruyeron de inmediato, su cuerpo se partió, se desmoronó, se hizo añicos; los remolinos intempestivos del viento lo trasformaron a pequeñas migajas de polvo. No quedó nada de él.
El viento se fue, y sólo quedó el sol allá arriba; un ojo de lumbre que lo ve todo, que lo sabe todo.
¿Qué culpas habrá pagado aquel hombre de barro? Suplicio indecoroso es esperar ser destruido por algo tan ligero y tormentoso como es el viento.
Al final, en un enorme agujero oscuro de pronto despertó del sueño, no, no es cierto; los muertos no sueñan.
Francisco Rico Hernández.
19 de febrero del 2009.
Escrita en el transcurso de Tlacotalpan – Cosamaloapan.
Despues de 15 dias de viaje descarrilados y muy JOdiDOS, ESO si; muy
bien vividos.
La tierra estaba quebrada, árida y él se encontraba parado en ella debajo del sol que los consumía a ambos — Tierra y hombre—.
Ahí se encontraba ese hombre quemándose los cueros de barro, despellejándose todito. Su corazón latía, pero no tenia ni una gota de vida, el calor lo consumía, le pudría el alma.
En aquel lugar exiguo de sombras no existían las flores y el único ruido que se escuchaba era el sonido del palpitar de su corazón.
Sin darse cuenta de pronto sus piernas áridas estaban clavadas en el suelo. Eran estacas de barro. Del ombligo le creció una semilla de maíz, le había nacido un pequeño sol en su cuerpo.
“El cielo estaba ardiendo, Huitzilopochtli sonreía.”
Vio sus manos; eran dos y estaban inmóviles, secas, hechas barro como todo su cuerpo, inútiles. De su boca entreabierta salió una serpiente misma que después se convirtió en humo, el sol se come hasta el humo.
Él con una estrella sobre su frente seguía observando el cielo que se situaba allá arriba, es muy alto allá arriba donde se encuentra el cielo.
El sol es enorme, es una bola de fuego que da calor, es una yema de huevo hirviendo.
Un viento imprevisible que venia desde más allá de la distancia en donde el ojo pierde la vista desbarataba todo a su paso, quebraba el filo de las piedras, destrozaba los cimientos de la vida, desmenuzaba estirpes de nubes. Ahora en la tierra lo derruía todo; hasta los pensamientos borraba el aire.
Y él inmóvil e ingenuo aun se mantenía pensando si el sol estaba en la tierra o, la tierra en el sol. Pobre objeto de barro, desconocía su desgracia.
No tuvo tiempo de sucumbir al miedo, sus ojos de cristal se destruyeron de inmediato, su cuerpo se partió, se desmoronó, se hizo añicos; los remolinos intempestivos del viento lo trasformaron a pequeñas migajas de polvo. No quedó nada de él.
El viento se fue, y sólo quedó el sol allá arriba; un ojo de lumbre que lo ve todo, que lo sabe todo.
¿Qué culpas habrá pagado aquel hombre de barro? Suplicio indecoroso es esperar ser destruido por algo tan ligero y tormentoso como es el viento.
Al final, en un enorme agujero oscuro de pronto despertó del sueño, no, no es cierto; los muertos no sueñan.
Francisco Rico Hernández.
19 de febrero del 2009.
Escrita en el transcurso de Tlacotalpan – Cosamaloapan.
Despues de 15 dias de viaje descarrilados y muy JOdiDOS, ESO si; muy
bien vividos.
viernes, 20 de febrero de 2009
Distrito Federal.
Una calle: hay una caseta pública de teléfonos. Polo trata con un alambre de extraer delicadamente una moneda que guarda el aparato. Toña vigila.
Polo: — ¡cayó un veinte solo! ¡Mira un veinte! ¡Lo alcancé y salió!
Toña: — ahí viene máximo ¡quihubo!
Máximo: — Quihubo.
Toña: — nos encontramos un veinte en el teléfono. Salió solito.
Polo: — y yo le saqué otro con un alambre.
Máximo: — ándenle y les caigan. Los guardaran cinco años.
Toña: — a poco. Por un veinte.
Máximo: — pues claro.
Toña: — yo nada mas le eché aguas.
Máximo: — cómplice. Cuatro años.
Emilio Carballido.
Polo: — ¡cayó un veinte solo! ¡Mira un veinte! ¡Lo alcancé y salió!
Toña: — ahí viene máximo ¡quihubo!
Máximo: — Quihubo.
Toña: — nos encontramos un veinte en el teléfono. Salió solito.
Polo: — y yo le saqué otro con un alambre.
Máximo: — ándenle y les caigan. Los guardaran cinco años.
Toña: — a poco. Por un veinte.
Máximo: — pues claro.
Toña: — yo nada mas le eché aguas.
Máximo: — cómplice. Cuatro años.
Emilio Carballido.
martes, 23 de diciembre de 2008
La herencia de don Feliciano.
Yo vi cuando la vendieron. Yo vi cuando su padre, don Feliciano, el cuidador de becerros vendió a su hija Mercedes con un foráneo disque comerciante de ropa.
La pobre no pasaba de los quince años y era tierna como los pétalos de las rosas, sus ojos negros intensos sollozaban como las lluvias de mayo, era flaca y su color de piel era el de la azúcar morena.
Yo vi cuando su padre la tenia parada junto a él al pie de la puerta de su casa, vi cuando su hermano y sus otras dos hermanas que aun miaban la cama la despedían mientras le colocaban junto a ella una caja con su ropa, dos cacerolas de barro y una muñeca vieja que se llevaba la niña grande.
Su padre era inmune a las rogativas de la pequeña Mercedes, a ella la pobreza le mataba la inocencia.
Escuché a los perros ladrar cuando un hombre, su futuro esposo llegó con su camioneta destartalada a buscar la inmaculada herencia de don Feliciano; la casta y virtuosa de Mercedes.
Mientras don Feliciano reciba el dinero que había acordado por la venta del cuerpo de su hija, observé claramente la humanidad de aquel hombre ignoto. Él tenia puestas unas botas de culebra muy sucias, el pantalón con la bragueta rota y por culpa de su obesidad la camisa cuadrada que lo cubría carecía de dos botones; era muy feo y mal hablado , pero eso si, con el dinero suficiente como para comprarse una virgen de a deberás y llevársela a su cuarto.
Después de tener todo en orden lo subsecuente fue que comenzó apretar el frio en la sierra.
Mercedes vio por última vez su pobre hogar, camino en dirección hacia sus pequeñas hermanas y les susurró al oído con amargura:
— Váyanse de aquí cuando puedan.
— No podemos — contestó una de ellas—.
— ¡Que se larguen lo más pronto posible!
— No podemos hacer eso, tenemos hambre.
Aquellas palabras ostentaban la condición de infortunio que se implantaría en el destino de sus hermanas. No hubo una despedida familiar, ni mucho menos mas lagrimas, simplemente las manos se movieron en el aire de un lado a otro y la desdicha, madre de esta terrible realidad apretó el corazón de todos y cerró las ventanas del alma que son los ojos, secando así toda gota de felicidad.
Yo vi todo eso, y mientras se me escurrían las lágrimas de los ojos vislumbré como se alejaba la niña Mercedes.
Esa misma noche me fui a la cantina de Jonás, ahí quería emborracharme para matar mis pobrezas, mis penas. Aquel lugar no tenía moral, las cuatro paredes estaba teñidas en un acto ambivalente de alegrías y tristezas, nada ahí era sublime, todo era desaliñado y lánguido. Le pedí al cantinero un trago mas desde mi mesa, al instante miré como don Feliciano entraba a la cantina impasible. Ese anciano no debía de pasar de los sesenta años y cada invierno que pasaba en esta sierra su corazón se volvía más gélido.
— Don Feliciano, siéntese aquí — le dije—.
— ¿Quien eres tú? — me preguntó —.
—Soy Gaudencio, el mismo flaco que vivía enfrente de su casa. Me fui del pueblo con mis padres cuando tenía diez años de edad a los United States, pero me los mataron al cruzar y por eso sólo me quedé allá nueve años tratando de sobrevivir, y ahora vuelvo con más pena que gloria a mi pueblo.
— Pobre de ti muchacho.
—No se fije don Feliciano, la vida me ha hecho hombre y yo no sé rajarme, por eso decidí regresar para empezar de nuevo, aquí en este pueblo en donde no crese nada, en donde la tierra no produce mas que miseria y desgracia — le dije—.
Don Feliciano no se atrevió a contestarme, pido una copa de brandy y mientras la bebía yo miré en sus ojos la amargura de su persona, el descuido de amor en el que había vivido tantos años.
— Cuénteme a usted como lo ha tratado la vida.
—Pues uno siempre esta acostumbrado a sobrellevarla como puede, la pobreza no perdona, la pobreza duele en la panza — agregó—.
— Ahí son los pesares.
Mientras continuábamos bebiendo en aquella cantina de pobres él me contó que por fin tenia una excusa para burlarse de la pobreza, me dijo que había logrado cobrar la herencia que le dejó su esposa muerta. — No tuve otra cosa mas que hacer— narraba— su madre me dijo que Mercedes era lo único de valor que dejaba a la familia, y por esa razón tuve que venderla, siguiendo la tradición del pueblo — Don Feliciano ya estaba harto de andar siempre con el ombligo pegado al espinazo, ya no veía lo duro, si no lo tupido. Con su miserable sueldo de cuidador de borregos tenia que mantener a cuatro bocas y todavía tenia la mala suerte de estar viejo y el inconveniente de haber nacido pobre.
Dos horas después cuando la noche es más pesada y el frio te cala los huesos, don Feliciano me dijo así nada más, sin preámbulos:
— Gaudencio a mi hija la vendí por trescientos pesos.
Hijo de toda su madre, pensé, vendió a la chamaca por tan poco, hasta yo la hubiera comprado, hubiera vendido por ella mi colchón y mi caballo, el negro que tanto me gusta.
Pero créanme cuando se los dijo, el dinero no le duró mucho, yo lo vi, se los digo de verdad. Esa misma noche tuvo que pagarle lo fiado al señor de los abarrotes que apunta de navaja le cobraba la deuda, también el muy pendejo se calentó demasiado y le agarró las nalgas a una puta que traía macho esa noche provocando así una pelea grande. Al final tuvo que pagar los desmanes que provocó, mesas quebradas, cristales rotos, y botellas despilfarradas, y aunque vendió su chamarra y se quedó con frio aun quedó debiendo la cuenta de la borrachera.
Francisco Rico Hernandez.
La pobre no pasaba de los quince años y era tierna como los pétalos de las rosas, sus ojos negros intensos sollozaban como las lluvias de mayo, era flaca y su color de piel era el de la azúcar morena.
Yo vi cuando su padre la tenia parada junto a él al pie de la puerta de su casa, vi cuando su hermano y sus otras dos hermanas que aun miaban la cama la despedían mientras le colocaban junto a ella una caja con su ropa, dos cacerolas de barro y una muñeca vieja que se llevaba la niña grande.
Su padre era inmune a las rogativas de la pequeña Mercedes, a ella la pobreza le mataba la inocencia.
Escuché a los perros ladrar cuando un hombre, su futuro esposo llegó con su camioneta destartalada a buscar la inmaculada herencia de don Feliciano; la casta y virtuosa de Mercedes.
Mientras don Feliciano reciba el dinero que había acordado por la venta del cuerpo de su hija, observé claramente la humanidad de aquel hombre ignoto. Él tenia puestas unas botas de culebra muy sucias, el pantalón con la bragueta rota y por culpa de su obesidad la camisa cuadrada que lo cubría carecía de dos botones; era muy feo y mal hablado , pero eso si, con el dinero suficiente como para comprarse una virgen de a deberás y llevársela a su cuarto.
Después de tener todo en orden lo subsecuente fue que comenzó apretar el frio en la sierra.
Mercedes vio por última vez su pobre hogar, camino en dirección hacia sus pequeñas hermanas y les susurró al oído con amargura:
— Váyanse de aquí cuando puedan.
— No podemos — contestó una de ellas—.
— ¡Que se larguen lo más pronto posible!
— No podemos hacer eso, tenemos hambre.
Aquellas palabras ostentaban la condición de infortunio que se implantaría en el destino de sus hermanas. No hubo una despedida familiar, ni mucho menos mas lagrimas, simplemente las manos se movieron en el aire de un lado a otro y la desdicha, madre de esta terrible realidad apretó el corazón de todos y cerró las ventanas del alma que son los ojos, secando así toda gota de felicidad.
Yo vi todo eso, y mientras se me escurrían las lágrimas de los ojos vislumbré como se alejaba la niña Mercedes.
Esa misma noche me fui a la cantina de Jonás, ahí quería emborracharme para matar mis pobrezas, mis penas. Aquel lugar no tenía moral, las cuatro paredes estaba teñidas en un acto ambivalente de alegrías y tristezas, nada ahí era sublime, todo era desaliñado y lánguido. Le pedí al cantinero un trago mas desde mi mesa, al instante miré como don Feliciano entraba a la cantina impasible. Ese anciano no debía de pasar de los sesenta años y cada invierno que pasaba en esta sierra su corazón se volvía más gélido.
— Don Feliciano, siéntese aquí — le dije—.
— ¿Quien eres tú? — me preguntó —.
—Soy Gaudencio, el mismo flaco que vivía enfrente de su casa. Me fui del pueblo con mis padres cuando tenía diez años de edad a los United States, pero me los mataron al cruzar y por eso sólo me quedé allá nueve años tratando de sobrevivir, y ahora vuelvo con más pena que gloria a mi pueblo.
— Pobre de ti muchacho.
—No se fije don Feliciano, la vida me ha hecho hombre y yo no sé rajarme, por eso decidí regresar para empezar de nuevo, aquí en este pueblo en donde no crese nada, en donde la tierra no produce mas que miseria y desgracia — le dije—.
Don Feliciano no se atrevió a contestarme, pido una copa de brandy y mientras la bebía yo miré en sus ojos la amargura de su persona, el descuido de amor en el que había vivido tantos años.
— Cuénteme a usted como lo ha tratado la vida.
—Pues uno siempre esta acostumbrado a sobrellevarla como puede, la pobreza no perdona, la pobreza duele en la panza — agregó—.
— Ahí son los pesares.
Mientras continuábamos bebiendo en aquella cantina de pobres él me contó que por fin tenia una excusa para burlarse de la pobreza, me dijo que había logrado cobrar la herencia que le dejó su esposa muerta. — No tuve otra cosa mas que hacer— narraba— su madre me dijo que Mercedes era lo único de valor que dejaba a la familia, y por esa razón tuve que venderla, siguiendo la tradición del pueblo — Don Feliciano ya estaba harto de andar siempre con el ombligo pegado al espinazo, ya no veía lo duro, si no lo tupido. Con su miserable sueldo de cuidador de borregos tenia que mantener a cuatro bocas y todavía tenia la mala suerte de estar viejo y el inconveniente de haber nacido pobre.
Dos horas después cuando la noche es más pesada y el frio te cala los huesos, don Feliciano me dijo así nada más, sin preámbulos:
— Gaudencio a mi hija la vendí por trescientos pesos.
Hijo de toda su madre, pensé, vendió a la chamaca por tan poco, hasta yo la hubiera comprado, hubiera vendido por ella mi colchón y mi caballo, el negro que tanto me gusta.
Pero créanme cuando se los dijo, el dinero no le duró mucho, yo lo vi, se los digo de verdad. Esa misma noche tuvo que pagarle lo fiado al señor de los abarrotes que apunta de navaja le cobraba la deuda, también el muy pendejo se calentó demasiado y le agarró las nalgas a una puta que traía macho esa noche provocando así una pelea grande. Al final tuvo que pagar los desmanes que provocó, mesas quebradas, cristales rotos, y botellas despilfarradas, y aunque vendió su chamarra y se quedó con frio aun quedó debiendo la cuenta de la borrachera.
Francisco Rico Hernandez.
sábado, 20 de diciembre de 2008
Cielo Azul ( La cita/ Fragmento del texto)
Esa noche se puso su mejor ropa, un pantalón liso color café, una camisa manga larga color azul y unos zapatos negros enlucidos de punta. Le dijo a su padre cuando se fue, pero no le puso hora exacta a su regreso.
En las escasas citas que él había tenido o participado siempre la distancia lo ayudaba a pensar en algún tema que amenizara la tertulia, pero esta vez y para su mala suerte su invitada vivía al lado. Iván respiró profundo y tocó la puerta. Había planchado con tanto esmero su camisa que se lamentó cuando por obra del nerviosismo se le arrugó al agacharse para atar sus cordones. Él silbaba para disimular esos momentos escabrosos y justo cuando por fin el miedo le consiguió ganar, ella abrió la puerta y apareció disipando los fantasmas, las dudas, los miedos.
Matilde lucia bella y en su boca traía una sonrisa que iluminaba hasta el mismo sol. Por el contrario de Iván, ella no vistió tan formal.
— No cabe duda que eres un extraterrestre— le dijo ella—.
Iván se acomplejó y se sintió un idiota.
Caminaron hasta los columpios ubicados en el patio y conversaron bajo la luz de la luna. Nadie los interrumpió. El momento fue tan ameno que no sintieron pasar las horas, hablaron de sus gustos, de los viajes de Iván, del fútbol y de las motocicletas. También debatieron horas y horas al preguntarse ¿Porque el cielo era azul? Matilde disfrutaba la compañía de Iván, se cautivó y se rió de lo cómico que lucía un niño extraterrestre vestido de adulto.
Iván por su parte olvidó su timidez, se explayó y hablo sin pudor alguno. Si alguien hubiera sido testigo de esa conversación abría contado las veinte veces que Iván dijo mierda. Para la mala fortuna de ellos se abrió la puerta y la voz de la madre de Matilde destempló el momento. Al oír el llamado de doña Mercedes ella le dijo a su acompañante:
— Ven te la presento.
— No gracias, no estoy loco — dijo Iván—.
Total que él sucumbió a los encantos de Matilde y se dejó llevar hasta la puerta en donde los aguardaba la madre.
— Hola, buenas noches— saludó doña Mercedes—.
— Hola— dijo Iván al borde del infarto.
Matilde heredó de su madre la mirada ligera y tranquila y los ojos cafés dulces. Doña Mercedes aun mostraba los vestigios y encantos de su belleza que cautivó en sus tiempos de juventud.
Iván partió una hora después mostrando agradecimiento con sus nuevas amigas. Antes de irse ya había pacto encontrarse con Matilde en los columpios al día siguiente. Aquella noche Iván descubrió a un ser humano muy diferente a los demás, único, descubrió en Matilde la poca seriedad que a veces tienen las mujeres, escuchó hablar de las cosas que tan pocos hombres pueden escuchar, se sintió maravillado.
Matilde logró tener un conexo con Iván, se identificó con él y aun que lo negó sintió un hueco en el estomago cuando aquel extraterrestre pactó una nueva cita. Aquellos niños con el paso del tiempo sentirían el amor cuando es amor.
Francisco Rico Hernández.
(Fragmento del texto tomado del Cielo azul,
Del libro de La casa de la abuela y sus cuatro Generaciones perdidas de francisco Rico Hernández.)
En las escasas citas que él había tenido o participado siempre la distancia lo ayudaba a pensar en algún tema que amenizara la tertulia, pero esta vez y para su mala suerte su invitada vivía al lado. Iván respiró profundo y tocó la puerta. Había planchado con tanto esmero su camisa que se lamentó cuando por obra del nerviosismo se le arrugó al agacharse para atar sus cordones. Él silbaba para disimular esos momentos escabrosos y justo cuando por fin el miedo le consiguió ganar, ella abrió la puerta y apareció disipando los fantasmas, las dudas, los miedos.
Matilde lucia bella y en su boca traía una sonrisa que iluminaba hasta el mismo sol. Por el contrario de Iván, ella no vistió tan formal.
— No cabe duda que eres un extraterrestre— le dijo ella—.
Iván se acomplejó y se sintió un idiota.
Caminaron hasta los columpios ubicados en el patio y conversaron bajo la luz de la luna. Nadie los interrumpió. El momento fue tan ameno que no sintieron pasar las horas, hablaron de sus gustos, de los viajes de Iván, del fútbol y de las motocicletas. También debatieron horas y horas al preguntarse ¿Porque el cielo era azul? Matilde disfrutaba la compañía de Iván, se cautivó y se rió de lo cómico que lucía un niño extraterrestre vestido de adulto.
Iván por su parte olvidó su timidez, se explayó y hablo sin pudor alguno. Si alguien hubiera sido testigo de esa conversación abría contado las veinte veces que Iván dijo mierda. Para la mala fortuna de ellos se abrió la puerta y la voz de la madre de Matilde destempló el momento. Al oír el llamado de doña Mercedes ella le dijo a su acompañante:
— Ven te la presento.
— No gracias, no estoy loco — dijo Iván—.
Total que él sucumbió a los encantos de Matilde y se dejó llevar hasta la puerta en donde los aguardaba la madre.
— Hola, buenas noches— saludó doña Mercedes—.
— Hola— dijo Iván al borde del infarto.
Matilde heredó de su madre la mirada ligera y tranquila y los ojos cafés dulces. Doña Mercedes aun mostraba los vestigios y encantos de su belleza que cautivó en sus tiempos de juventud.
Iván partió una hora después mostrando agradecimiento con sus nuevas amigas. Antes de irse ya había pacto encontrarse con Matilde en los columpios al día siguiente. Aquella noche Iván descubrió a un ser humano muy diferente a los demás, único, descubrió en Matilde la poca seriedad que a veces tienen las mujeres, escuchó hablar de las cosas que tan pocos hombres pueden escuchar, se sintió maravillado.
Matilde logró tener un conexo con Iván, se identificó con él y aun que lo negó sintió un hueco en el estomago cuando aquel extraterrestre pactó una nueva cita. Aquellos niños con el paso del tiempo sentirían el amor cuando es amor.
Francisco Rico Hernández.
(Fragmento del texto tomado del Cielo azul,
Del libro de La casa de la abuela y sus cuatro Generaciones perdidas de francisco Rico Hernández.)
domingo, 2 de noviembre de 2008
Hotel.
Recuerdo que era noviembre. Si, ese mes era, porque recuerdo que en la recepción del hotel condenado a dos estrellas al que fui me robé de la ofrenda un dulce.
A la señora que mostraba los estragos del desvelo en su rostro le pagué el peaje barato que me daba la entrada al paraíso, ella me asignó el cuarto numero siete y entonces pensé: — Es el número de la suerte. Desafortunadamente olvidé por error el nombre de aquel lugar, templo del morbo y descanso para los viajeros pobres en busca de nada. Sólo se que estaba ubicado en el callejón Pino Suárez, son de esos que casi nadie camina en las horas del desvelo. El hotel era de cuatro pisos, con luces de neon en la recepción, misma que tenia espejos colgados en cualquier espacio en la pared y un anuncio de Coca-Cola en una lamina oxidada.
Mientras subía las escaleras estaba pensando si lo que iba hacer a mi edad era lo correcto. Entonces para no hacerle caso a la moral encendí un cigarro de mi cajetilla nueva. Al llegar al segundo piso caminé por el pasillo sombrío y abigarrado, a consecuencia de los nervios la llave de la habitación se me cayó antes de meterla al cerrojo.
— Mierda — dije—.
Las levanté y a continuación me dispuse a abrir la puerta. Al entrar al cuarto encendí el apagador y me encontré de frente con un ambiente triste, con una cama compartida con tantas gentes, con un olor a nada, con el cementerio exacto de amores claudicados y el lugar de receso de aventuras fervientes. Me encontré con el espacio vacío de mil vidas vividas. En el cuarto de hotel había dos sillas, una cama individual, un baño pequeño y un buró de madera apolillado con un cenicero con el nombre de otro hotel. Deslicé las cortinas de la ventana y miré hacia la calle y me distrajo un gato negro que me miró fijamente. Tuve que alejarme de la ventana por aquella sensación que me dio al ver al gato. Me acosté en la cama y para entonces encendí otro cigarro y evoqué algunas aventuras que años atrás realicé en cuartos como este con tanto fervor. No había notado que un espejo se establecía en el techo, justamente arriba de la cama, creo que para elevar los egos de los amantes de una hora. Me sentí un poco avergonzado por estar mas solo que un espantapájaros en el lugar más indicado para realizar el ejercicio básico de buscar en el sexo las sobras de los amores caducados.
Para entonces mi celular sonó al ritmo de Barbie súper Star de Joaquín Sabina.
— Hola — dije —.
— Te habían dicho que estás loco — agregaba ella — a tu edad como se te ocurren
tantas pendejadas.
— Vas a venir ¿Si o no?
— Esta bien, en cinco minutos llego — finalizó Isis—.
En la puerta, con una puntualidad estricta se escucharon los llamados de Isis. Me apresuré a abrirle la puerta y cuando la vi le dije:
— Tu puntualidad me asusta.
— No todos somos como tú de impuntuales.
— Te ves terriblemente bella — apunté—.
— Dime algo que no sepa — dijo con desden ella—.
— ¿Y dime como supiste en que cuarto estaba yo?
— Pregunté por ti en recepción, eres el único pendejo que viene a un lugar como este y solo.
— Se llama hotel Isis, y ahora tú estas conmigo, pasa.
Ella entró al cuarto y apenas se atrevió a mirar el lugar. Isis no lucia tan hermosa como le dije, pero para ser sincero si era muy bonita. Llevaba puesto un vestido de gala color lila escotado de una sola pieza, unas zapatillas doradas que combinaban con su bolso de mano, el aroma de su perfume de Carolina Herrera que tenia impregnaba un olor diáfano a flores frescas, su cabello lo tenia suelto, y las uñas de sus manos eran perfectas, con sus ojos de atardecer y su maquillaje sutil mostraba su belleza al natural; una belleza de Caribe, diría yo. Isis se acomodó en una silla mientras yo la miraba aun ubicado detrás de la puerta sin saber que decirle.
— ¿Quieres que pidamos unas cervezas o una botella de tequila? — me preguntó —.
— Tequila, hoy no tengo ganas de vomitar.
— Me parece bien.
— Espérame un momento bajaré a pedir la botella y unos vasos y hielo— le dije—.
— Toma mi tarjeta de crédito, es que no tengo mucho efectivo— agregó ella—.
— No jodas, ¿Crees que en un lugar como este aceptan tarjetas de crédito?
— No verdad.
— No.
— Perdón no te enojes, además esta noche contigo no quiero pelear, hoy no. — me dijo Isis—.
— No te preocupes no lo haremos.
Ella me sonrió sinceramente y entonces salí de la habitación y bajé comprar las cosas a la recepción.
Antes de partir de nuevo al cuarto la señora me preguntó sin miramientos; ¿Quiere usted condones joven? Me detuve un momento a pensar en lo que me había preguntado, y saliéndome de la abstracción me atreví a lanzarle la respuesta tímidamente: No, gracias.
Cuando llegué al cuarto Isis me dijo que esta noche podría ser muy larga. Después nos
servimos el tequila con refresco acompañado por un par de peces de hielo. Brindamos y nos bebimos la primera copa en un sólo sorbo. Saqué mí cajetilla y encendí un cigarro.
— ¿Quieres un cigarro?
— No, gracias ya dejé de fumar.
— Me parece perfecto— le dije—.
— Gracias por preocuparte por mi salud — me agradecía —.
— No era eso. Digo que me parece perfecto que ya no fumes, así no tendré que compartir mis cigarros.
— Eres un idiota — finalizó Isis—.
Si ella me hubiera preguntado el motivo por el cual estaba conmigo en un hotel, yo no hubiera encontrado la justificación adecuada que me exonerara de cualquier cargo con culpa. Sin embargo sabia con mucha lucidez que este lugar era el idóneo para que los dos estuviéramos solos, mas unidos que nunca, este hotel de mala muerte para mi era la boca de Dios. Ahí no había nada de prisas, miedos, muertes, hambre, mentiras, menstruación. No alcancé a notarlo antes pero vislumbré que en el dedo medio de la mano izquierda tenía un anillo de oro, ella notó que mi vista descubrió su prematuro secreto, mientras se lo sacaba del dedo me dijo:
— Justamente hoy me pidió que fuera su esposa.
— Tú lo has dicho Isis, justamente e inconvenientemente hoy.
— Aun no sé si lo amo.
— ¿Es abogado verdad? — le pregunté—.
— Si — contestó un poco confundida—.
— Dicen que los abogados saben poco de amor, pues el amor se cohíbe en los juzgados — agregué—.
Entonces ella se atrevió a decirme el mejor piropo de toda la noche: — Eres un hijo de puta.
No podría creer que esa mujer que no pasaba de los veintidós años tuviera una propuesta tan indecorosa como la propuesta del matrimonio. Nos servimos otra copa de tequila, y algo había ahí que me inspiraba el desgarramiento de mi timidez.
— Fúmate un cigarro, te hará bien— insistí—.
— Creo que tienes razón, dame un uno.
Yo había sido el culpable de que ella aprendiera a fumar. Años atrás una noche, en un portón que no era el de su casa ni el de la mía le confesé inoportunamente que me gustaba, le propuse de la manera menos indicada que fuera mi novia, Isis por esos años no se atrevió a responderme, sólo me pidió un cigarro y sin darnos cuenta entre los dos nos acabamos una cajetilla hablando de lo que sentíamos. Desde ese momento comenzó a fumar.
— ¿Porqué lo nuestro no funcionó?
— Tú lo arruinantes — afirmó ella—.
— ¡Yo!
— Si tú compañerito. Éramos buenos amigos, nos entendíamos, me escuchabas, me escribiste poemas. Pero después los dos no nos aguantábamos, discutíamos mucho, por culpa de nuestro carácter que son incompatibles. Además que le gustabas a mi prima.
— Mierda no sólo fue mi culpa, usted señorita también la cagó. Eras un crucigrama para mí. Además no exageres sólo te escribí dos poemas — aclaré —.
— Mejor cállate, no quiero discutir contigo como siempre. Además te informó que hubo otra cosa por la que no fuimos novios, ese pequeño detalle fue el hecho que eras muy mujeriego— añadió con remilgos—.
— No jodas Isis, te repito hasta la noche de luna que Merari sólo era mi amiga.
— Por favor francisco no me hagas reír, eres hasta descarado.
— Te informo que ya soy mas maduro que antes.
— Esta bien — dijo ella—.
La noche se hacia mas vieja, y las horas del desvelo y de los excesos hicieron acto de presencia en los cuartos vecinos. Me levanté de la cama en donde estaba sentado y tomé el cenicero lleno de colillas y lo vacié en el cesto del baño. Isis se sirvió otra copa de tequila y empezó con su clásico jueguito de halarse el cabello, luego me miró, cruzó las piernas y sensualmente me pidió que le encendiera el cigarrillo. Lo hice mientras me temblaban las manos. Después me senté en la cama y me quité el abrigo, ella tuvo el descaro de invadir mi espacio y se sentó en la cama, junto a mí. Sabía que ese acto de locomoción correspondía al evento pronosticado por el cual estábamos en aquel lugar. Isis me tomó de la mano y me susurró sin preámbulos al odio:
— Háblame de ella, de la bella.
— Me estremecí.
— No — apunté con autoridad—.
— Ha estas horas aquí, eso seria lo mas decente y romántico — me dijo—.
— Te puedo contar de muchas cosas; de la puta de mi vecina, de las preocupaciones que no tengo, te puedo hablar de literatura, de los abogados y hasta de política, pero por favor no me pidas que te hable de la bella.
— Es ahora o nunca — sentenció—.
Cuando me disponía por fin hablarle de la bella el momento fue destemplado por los ruidos que venían de la puerta. Presuroso atendí el llamado. Cuando abrí la puerta lo reconocí a primera vista aunque se hubiera dejado el cabello largo, era César y le dije:
— Carajo hubiera preferido que me partiera un rayo.
— Buenas noches Julianito — dijo con ánimos de fiesta—.
— ¿Y tú impúdico animal adicto a la inmoralidad como supiste que estaba yo aquí? — le pregunté —.
— Me llamó a mi móvil Isis, y me dijo que viniera. Cabrón se que te gusta dejar nombres falsos, pero el que dejaste esta vez en recepción me pareció muy gay, no mames “Julián”, que maricon me saliste — me dijo burlándose César—.
Isis se rió brevemente y a continuación César pasó y nos preguntó que carajos hacíamos los dos solos en un hotel, con tequila, cigarros, y cuestionó por ende el porque Isis estaba en la cama sentada despeinada y yo sin mi abrigo. No le di explicaciones ni ella tampoco.
— ¿Que hacemos para que valga la pena este desvelo? — preguntó César—.
— Quiero que “Julianito” — decía Isis mientras se burlaba — nos cuente ahora si de la bella.
— No hay gran cosa que contar, porque no mejor nos emborrachamos hasta perder el conocimiento — propuse—.
— Ni madres cabrón. Tú algo tienes, desde que regresaste de Xalapa estas más raro que de costumbre — me dijo César—. Tienes que contarnos acerca de la bella.
— Sabias César que Isis se va a casar — interrumpí—.
— ¿En verdad?
— No mames cabrón, no cambies el tema — apuntó Isis enfadada—.
— ¿En verdad te vas a casar Isis? — volvió a preguntar César—.
— Según ella, pero cometería un gran error si se casa con él, ni siquiera esta convencida de hacerlo — agregué—.
— Si estoy convencida, pero aun no se si lo amo — dijo Isis confundida—.
— Ves Cesar lo que te digo, como entender a las mujeres si ellas mismas se contradicen. Esta mujer, ¿Acabas de escuchar su confuso argumento?
— Los hombres son unos pendejos, ustedes tienen en su naturaleza la capacidad de arruinarlo todo y precipitar los hechos con sus prisas — aclaraba ella— si las cosas salen mal nos culpan. Nosotras siempre pedimos a hombres que nos escuchen, que sean tiernos y que nos hagan sentir respetadas y amadas.
— ¿Entonces por que luego andan de novias con cada barbaján? — preguntó Cesar—.
— No les digo que los hombres son unos brutos, eso es lo que “pedimos”, pero no muchas veces es lo que necesitamos, lo que queremos es un hombre que nos haga sentir mujer en todos los aspectos — nos dijo Isis —. Pero claro también tienen que ser tiernos y amarnos.
— No mames de cual te fumaste Isis, como es eso que lo que piden las mujeres a veces no es lo que necesitan — dijo mi amigo —.
— Yo si lo entiendo. Las mujeres son un misterio, un dulce misterio, por eso me gustan tanto — finalicé—.
Para entonces César se había servido una copa de tequila, encendió un cigarro y caminó rumbo a la ventana y contempló la avenida desabitada, por mi parte me recosté en el hombro de Isis y me sentí más cómodo, ella deslizó su mano en mi antebrazo y se sorprendió de la suavidad de mi piel. Mi amigo se bebió otra copa de tequila y encendió otro cigarrillo. Tenia claro que aquel cuartucho mismo que estábamos compartiendo con tantas gentes que alguna vez estuvieron antes que nosotros, el cual se acostumbró por el paso de los años a escuchar innumerables historia ya caducadas por el tiempo tenia en amparo a un trío de seres humanos que no encontraban un escaparate maravilloso para ser felices a plenitud.
— Saben me estoy acordando de La canción de las noches perdidas de Joaquín Sabina — dije—.
— Tú y tu puto Joaquín Sabina ya me tienes harto con ese maricon — apuntó César—
— Dinos si siempre nos vas a contar de la bella.
— Si, pero no toda la historia, prometí que seria lo que vivimos ella y yo un secreto.
— Que político me saliste — dijo César—.
— A mi me parece romántico — apuntó ella—.
Enseguida les empecé a narrar mi historia, omitiendo en verdad muchos detalles y eventualidades que prometí no contar. Entre algunas cosas que les dije fue que nos fumamos dos cajetillas, por igual forma les conté que mientas caminaba con ella de la mano y la besaba mi alma desvariaba de alegría, que con tan sólo respirar su cuello lugar de paz y de sus lunares yo me sentía insultantemente feliz. También agregué que bailamos salsa en la calle y que le regalé una rosa en el café que frecuentamos y que tuvimos el acuerdo gentil de enviarnos cartas por el correo postal.
— Que romántico — me dijo Isis mientras me tomaba del hombro—.
— Que loco eres — concluyó mi amigo—.
Después escuchamos unos alaridos de placer que provenían del cuarto vecino, Cesar se apresuro a abrir la puerta y atento escuchaba los gemidos intermitentes. Isis se empezó a carcajear y yo reprimí a mi amigo, a él no le importó lo que le dije, por eso le hice la broma de tocar la puerta del cuarto del placer y corrí a prisa a nuestra habitación y cerré la puerta dejándolo a fuera. — Eso le pasa por caliente, le dije a Isis.
Entre ella y yo nos acabamos lo que sobraba de la botella, impasibles a las rogativas de Cesar por entrar. Que noche tan inesperada y hasta extraña la que pasamos en ese hotel de dos estrellas. Todo estaba bien, hasta que Isis rompió el encanto.
— Mierda, no puedo ser todas las mujeres en una. Mi madre desea que fuera mejor hija, que fuera mejor estudiante, y ahora me presionan con eso del matrimonio. Necesito un espacio para mí. Sabes por eso también acepte tu invitación.
— No quiero te pongas triste, tu eres una gran persona con una capacidad intelectual y espiritual inmensa sin lugar a dudas puedes con esos menesteres — le dije—.
— No es que no me sienta capas, simplemente que tengo un poco de miedo a despertar agresivamente a una realidad que desconocía — me dijo—.
— Sabes que cuentas conmigo, yo te quiero mucho.
Ella me miró como ya hacia tiempo había dejado de mirarme. Yo la tomé de la mano y entonces cuando todo era sublime, Isis vomito. Yo me alejé de ella y corrí a abrirle la puerta a César.
— ¿Adónde esta Isis?
— En el baño.
— Vomitando.
— Si.
Yo me sentía un poco confundido, y por igual estaba sintiendo los estragos del tequila y del desvelo, eran las cuatro de la madrugada.
— No dejo de pensar en la bella.
— ¿En verdad?
— Si. Estoy demasiado involucrado, la quiero mucho, la quiero volver a ver.
— ¿Y no estarás bautizando de amor, lo que de seguro es compañía? , tal vez es como las demás mujeres de mentirosas — me dijo—.
— No creo. Yo se que aun hay mujeres que valen la pena por estos días en este mundo tan convulsionado. Es especial. No se explicártelo pero en un día normal, nosotros dos lo hicimos especial, fue una magia mutua que no estaba planeada y que más sin embargo se apareció. Fue sencillamente maravilloso haber compartido un pedazo de mi vida con ella, con la bella.
— Ojala.
Para entonces Isis había regresado y empezamos a contar un poco de nuestras vidas vividas en un tiempo de hace años atrás. Al terminar la reunión en un amanecer azul, nos despertamos a la realidad y dejamos aquel cuartucho de hotel que guardaría por el resto de su vida esa noche mágica y sensacional que pasamos.
— ¿Porque escogiste como reunión un hotel? — preguntó ella—.
— Digamos que para mi son los lugares mas oportunos, solos, grises, esporádicos, y en donde todos vienen con la seguridad que una mañana al despertar no se acordaran de nada— respondí— es un lugar que ami me gusta por que ahí la soledad te da las alas para volar al mundo de la literatura, es algo muy raro, para explicar.
— Acuérdate que fue en noviembre que venimos — dijo Cesar—.
— Si.
— ¿Y como se llama este hotel? — preguntó mi amiga—.
— No, eso si no lo preguntes — le dije—.
— ¿Porque? — Preguntó Cesar—.
— Porque la memoria luego encuentra caminos de regreso.
F.R.H
2 de noviembre del 2008.
A la señora que mostraba los estragos del desvelo en su rostro le pagué el peaje barato que me daba la entrada al paraíso, ella me asignó el cuarto numero siete y entonces pensé: — Es el número de la suerte. Desafortunadamente olvidé por error el nombre de aquel lugar, templo del morbo y descanso para los viajeros pobres en busca de nada. Sólo se que estaba ubicado en el callejón Pino Suárez, son de esos que casi nadie camina en las horas del desvelo. El hotel era de cuatro pisos, con luces de neon en la recepción, misma que tenia espejos colgados en cualquier espacio en la pared y un anuncio de Coca-Cola en una lamina oxidada.
Mientras subía las escaleras estaba pensando si lo que iba hacer a mi edad era lo correcto. Entonces para no hacerle caso a la moral encendí un cigarro de mi cajetilla nueva. Al llegar al segundo piso caminé por el pasillo sombrío y abigarrado, a consecuencia de los nervios la llave de la habitación se me cayó antes de meterla al cerrojo.
— Mierda — dije—.
Las levanté y a continuación me dispuse a abrir la puerta. Al entrar al cuarto encendí el apagador y me encontré de frente con un ambiente triste, con una cama compartida con tantas gentes, con un olor a nada, con el cementerio exacto de amores claudicados y el lugar de receso de aventuras fervientes. Me encontré con el espacio vacío de mil vidas vividas. En el cuarto de hotel había dos sillas, una cama individual, un baño pequeño y un buró de madera apolillado con un cenicero con el nombre de otro hotel. Deslicé las cortinas de la ventana y miré hacia la calle y me distrajo un gato negro que me miró fijamente. Tuve que alejarme de la ventana por aquella sensación que me dio al ver al gato. Me acosté en la cama y para entonces encendí otro cigarro y evoqué algunas aventuras que años atrás realicé en cuartos como este con tanto fervor. No había notado que un espejo se establecía en el techo, justamente arriba de la cama, creo que para elevar los egos de los amantes de una hora. Me sentí un poco avergonzado por estar mas solo que un espantapájaros en el lugar más indicado para realizar el ejercicio básico de buscar en el sexo las sobras de los amores caducados.
Para entonces mi celular sonó al ritmo de Barbie súper Star de Joaquín Sabina.
— Hola — dije —.
— Te habían dicho que estás loco — agregaba ella — a tu edad como se te ocurren
tantas pendejadas.
— Vas a venir ¿Si o no?
— Esta bien, en cinco minutos llego — finalizó Isis—.
En la puerta, con una puntualidad estricta se escucharon los llamados de Isis. Me apresuré a abrirle la puerta y cuando la vi le dije:
— Tu puntualidad me asusta.
— No todos somos como tú de impuntuales.
— Te ves terriblemente bella — apunté—.
— Dime algo que no sepa — dijo con desden ella—.
— ¿Y dime como supiste en que cuarto estaba yo?
— Pregunté por ti en recepción, eres el único pendejo que viene a un lugar como este y solo.
— Se llama hotel Isis, y ahora tú estas conmigo, pasa.
Ella entró al cuarto y apenas se atrevió a mirar el lugar. Isis no lucia tan hermosa como le dije, pero para ser sincero si era muy bonita. Llevaba puesto un vestido de gala color lila escotado de una sola pieza, unas zapatillas doradas que combinaban con su bolso de mano, el aroma de su perfume de Carolina Herrera que tenia impregnaba un olor diáfano a flores frescas, su cabello lo tenia suelto, y las uñas de sus manos eran perfectas, con sus ojos de atardecer y su maquillaje sutil mostraba su belleza al natural; una belleza de Caribe, diría yo. Isis se acomodó en una silla mientras yo la miraba aun ubicado detrás de la puerta sin saber que decirle.
— ¿Quieres que pidamos unas cervezas o una botella de tequila? — me preguntó —.
— Tequila, hoy no tengo ganas de vomitar.
— Me parece bien.
— Espérame un momento bajaré a pedir la botella y unos vasos y hielo— le dije—.
— Toma mi tarjeta de crédito, es que no tengo mucho efectivo— agregó ella—.
— No jodas, ¿Crees que en un lugar como este aceptan tarjetas de crédito?
— No verdad.
— No.
— Perdón no te enojes, además esta noche contigo no quiero pelear, hoy no. — me dijo Isis—.
— No te preocupes no lo haremos.
Ella me sonrió sinceramente y entonces salí de la habitación y bajé comprar las cosas a la recepción.
Antes de partir de nuevo al cuarto la señora me preguntó sin miramientos; ¿Quiere usted condones joven? Me detuve un momento a pensar en lo que me había preguntado, y saliéndome de la abstracción me atreví a lanzarle la respuesta tímidamente: No, gracias.
Cuando llegué al cuarto Isis me dijo que esta noche podría ser muy larga. Después nos
servimos el tequila con refresco acompañado por un par de peces de hielo. Brindamos y nos bebimos la primera copa en un sólo sorbo. Saqué mí cajetilla y encendí un cigarro.
— ¿Quieres un cigarro?
— No, gracias ya dejé de fumar.
— Me parece perfecto— le dije—.
— Gracias por preocuparte por mi salud — me agradecía —.
— No era eso. Digo que me parece perfecto que ya no fumes, así no tendré que compartir mis cigarros.
— Eres un idiota — finalizó Isis—.
Si ella me hubiera preguntado el motivo por el cual estaba conmigo en un hotel, yo no hubiera encontrado la justificación adecuada que me exonerara de cualquier cargo con culpa. Sin embargo sabia con mucha lucidez que este lugar era el idóneo para que los dos estuviéramos solos, mas unidos que nunca, este hotel de mala muerte para mi era la boca de Dios. Ahí no había nada de prisas, miedos, muertes, hambre, mentiras, menstruación. No alcancé a notarlo antes pero vislumbré que en el dedo medio de la mano izquierda tenía un anillo de oro, ella notó que mi vista descubrió su prematuro secreto, mientras se lo sacaba del dedo me dijo:
— Justamente hoy me pidió que fuera su esposa.
— Tú lo has dicho Isis, justamente e inconvenientemente hoy.
— Aun no sé si lo amo.
— ¿Es abogado verdad? — le pregunté—.
— Si — contestó un poco confundida—.
— Dicen que los abogados saben poco de amor, pues el amor se cohíbe en los juzgados — agregué—.
Entonces ella se atrevió a decirme el mejor piropo de toda la noche: — Eres un hijo de puta.
No podría creer que esa mujer que no pasaba de los veintidós años tuviera una propuesta tan indecorosa como la propuesta del matrimonio. Nos servimos otra copa de tequila, y algo había ahí que me inspiraba el desgarramiento de mi timidez.
— Fúmate un cigarro, te hará bien— insistí—.
— Creo que tienes razón, dame un uno.
Yo había sido el culpable de que ella aprendiera a fumar. Años atrás una noche, en un portón que no era el de su casa ni el de la mía le confesé inoportunamente que me gustaba, le propuse de la manera menos indicada que fuera mi novia, Isis por esos años no se atrevió a responderme, sólo me pidió un cigarro y sin darnos cuenta entre los dos nos acabamos una cajetilla hablando de lo que sentíamos. Desde ese momento comenzó a fumar.
— ¿Porqué lo nuestro no funcionó?
— Tú lo arruinantes — afirmó ella—.
— ¡Yo!
— Si tú compañerito. Éramos buenos amigos, nos entendíamos, me escuchabas, me escribiste poemas. Pero después los dos no nos aguantábamos, discutíamos mucho, por culpa de nuestro carácter que son incompatibles. Además que le gustabas a mi prima.
— Mierda no sólo fue mi culpa, usted señorita también la cagó. Eras un crucigrama para mí. Además no exageres sólo te escribí dos poemas — aclaré —.
— Mejor cállate, no quiero discutir contigo como siempre. Además te informó que hubo otra cosa por la que no fuimos novios, ese pequeño detalle fue el hecho que eras muy mujeriego— añadió con remilgos—.
— No jodas Isis, te repito hasta la noche de luna que Merari sólo era mi amiga.
— Por favor francisco no me hagas reír, eres hasta descarado.
— Te informo que ya soy mas maduro que antes.
— Esta bien — dijo ella—.
La noche se hacia mas vieja, y las horas del desvelo y de los excesos hicieron acto de presencia en los cuartos vecinos. Me levanté de la cama en donde estaba sentado y tomé el cenicero lleno de colillas y lo vacié en el cesto del baño. Isis se sirvió otra copa de tequila y empezó con su clásico jueguito de halarse el cabello, luego me miró, cruzó las piernas y sensualmente me pidió que le encendiera el cigarrillo. Lo hice mientras me temblaban las manos. Después me senté en la cama y me quité el abrigo, ella tuvo el descaro de invadir mi espacio y se sentó en la cama, junto a mí. Sabía que ese acto de locomoción correspondía al evento pronosticado por el cual estábamos en aquel lugar. Isis me tomó de la mano y me susurró sin preámbulos al odio:
— Háblame de ella, de la bella.
— Me estremecí.
— No — apunté con autoridad—.
— Ha estas horas aquí, eso seria lo mas decente y romántico — me dijo—.
— Te puedo contar de muchas cosas; de la puta de mi vecina, de las preocupaciones que no tengo, te puedo hablar de literatura, de los abogados y hasta de política, pero por favor no me pidas que te hable de la bella.
— Es ahora o nunca — sentenció—.
Cuando me disponía por fin hablarle de la bella el momento fue destemplado por los ruidos que venían de la puerta. Presuroso atendí el llamado. Cuando abrí la puerta lo reconocí a primera vista aunque se hubiera dejado el cabello largo, era César y le dije:
— Carajo hubiera preferido que me partiera un rayo.
— Buenas noches Julianito — dijo con ánimos de fiesta—.
— ¿Y tú impúdico animal adicto a la inmoralidad como supiste que estaba yo aquí? — le pregunté —.
— Me llamó a mi móvil Isis, y me dijo que viniera. Cabrón se que te gusta dejar nombres falsos, pero el que dejaste esta vez en recepción me pareció muy gay, no mames “Julián”, que maricon me saliste — me dijo burlándose César—.
Isis se rió brevemente y a continuación César pasó y nos preguntó que carajos hacíamos los dos solos en un hotel, con tequila, cigarros, y cuestionó por ende el porque Isis estaba en la cama sentada despeinada y yo sin mi abrigo. No le di explicaciones ni ella tampoco.
— ¿Que hacemos para que valga la pena este desvelo? — preguntó César—.
— Quiero que “Julianito” — decía Isis mientras se burlaba — nos cuente ahora si de la bella.
— No hay gran cosa que contar, porque no mejor nos emborrachamos hasta perder el conocimiento — propuse—.
— Ni madres cabrón. Tú algo tienes, desde que regresaste de Xalapa estas más raro que de costumbre — me dijo César—. Tienes que contarnos acerca de la bella.
— Sabias César que Isis se va a casar — interrumpí—.
— ¿En verdad?
— No mames cabrón, no cambies el tema — apuntó Isis enfadada—.
— ¿En verdad te vas a casar Isis? — volvió a preguntar César—.
— Según ella, pero cometería un gran error si se casa con él, ni siquiera esta convencida de hacerlo — agregué—.
— Si estoy convencida, pero aun no se si lo amo — dijo Isis confundida—.
— Ves Cesar lo que te digo, como entender a las mujeres si ellas mismas se contradicen. Esta mujer, ¿Acabas de escuchar su confuso argumento?
— Los hombres son unos pendejos, ustedes tienen en su naturaleza la capacidad de arruinarlo todo y precipitar los hechos con sus prisas — aclaraba ella— si las cosas salen mal nos culpan. Nosotras siempre pedimos a hombres que nos escuchen, que sean tiernos y que nos hagan sentir respetadas y amadas.
— ¿Entonces por que luego andan de novias con cada barbaján? — preguntó Cesar—.
— No les digo que los hombres son unos brutos, eso es lo que “pedimos”, pero no muchas veces es lo que necesitamos, lo que queremos es un hombre que nos haga sentir mujer en todos los aspectos — nos dijo Isis —. Pero claro también tienen que ser tiernos y amarnos.
— No mames de cual te fumaste Isis, como es eso que lo que piden las mujeres a veces no es lo que necesitan — dijo mi amigo —.
— Yo si lo entiendo. Las mujeres son un misterio, un dulce misterio, por eso me gustan tanto — finalicé—.
Para entonces César se había servido una copa de tequila, encendió un cigarro y caminó rumbo a la ventana y contempló la avenida desabitada, por mi parte me recosté en el hombro de Isis y me sentí más cómodo, ella deslizó su mano en mi antebrazo y se sorprendió de la suavidad de mi piel. Mi amigo se bebió otra copa de tequila y encendió otro cigarrillo. Tenia claro que aquel cuartucho mismo que estábamos compartiendo con tantas gentes que alguna vez estuvieron antes que nosotros, el cual se acostumbró por el paso de los años a escuchar innumerables historia ya caducadas por el tiempo tenia en amparo a un trío de seres humanos que no encontraban un escaparate maravilloso para ser felices a plenitud.
— Saben me estoy acordando de La canción de las noches perdidas de Joaquín Sabina — dije—.
— Tú y tu puto Joaquín Sabina ya me tienes harto con ese maricon — apuntó César—
— Dinos si siempre nos vas a contar de la bella.
— Si, pero no toda la historia, prometí que seria lo que vivimos ella y yo un secreto.
— Que político me saliste — dijo César—.
— A mi me parece romántico — apuntó ella—.
Enseguida les empecé a narrar mi historia, omitiendo en verdad muchos detalles y eventualidades que prometí no contar. Entre algunas cosas que les dije fue que nos fumamos dos cajetillas, por igual forma les conté que mientas caminaba con ella de la mano y la besaba mi alma desvariaba de alegría, que con tan sólo respirar su cuello lugar de paz y de sus lunares yo me sentía insultantemente feliz. También agregué que bailamos salsa en la calle y que le regalé una rosa en el café que frecuentamos y que tuvimos el acuerdo gentil de enviarnos cartas por el correo postal.
— Que romántico — me dijo Isis mientras me tomaba del hombro—.
— Que loco eres — concluyó mi amigo—.
Después escuchamos unos alaridos de placer que provenían del cuarto vecino, Cesar se apresuro a abrir la puerta y atento escuchaba los gemidos intermitentes. Isis se empezó a carcajear y yo reprimí a mi amigo, a él no le importó lo que le dije, por eso le hice la broma de tocar la puerta del cuarto del placer y corrí a prisa a nuestra habitación y cerré la puerta dejándolo a fuera. — Eso le pasa por caliente, le dije a Isis.
Entre ella y yo nos acabamos lo que sobraba de la botella, impasibles a las rogativas de Cesar por entrar. Que noche tan inesperada y hasta extraña la que pasamos en ese hotel de dos estrellas. Todo estaba bien, hasta que Isis rompió el encanto.
— Mierda, no puedo ser todas las mujeres en una. Mi madre desea que fuera mejor hija, que fuera mejor estudiante, y ahora me presionan con eso del matrimonio. Necesito un espacio para mí. Sabes por eso también acepte tu invitación.
— No quiero te pongas triste, tu eres una gran persona con una capacidad intelectual y espiritual inmensa sin lugar a dudas puedes con esos menesteres — le dije—.
— No es que no me sienta capas, simplemente que tengo un poco de miedo a despertar agresivamente a una realidad que desconocía — me dijo—.
— Sabes que cuentas conmigo, yo te quiero mucho.
Ella me miró como ya hacia tiempo había dejado de mirarme. Yo la tomé de la mano y entonces cuando todo era sublime, Isis vomito. Yo me alejé de ella y corrí a abrirle la puerta a César.
— ¿Adónde esta Isis?
— En el baño.
— Vomitando.
— Si.
Yo me sentía un poco confundido, y por igual estaba sintiendo los estragos del tequila y del desvelo, eran las cuatro de la madrugada.
— No dejo de pensar en la bella.
— ¿En verdad?
— Si. Estoy demasiado involucrado, la quiero mucho, la quiero volver a ver.
— ¿Y no estarás bautizando de amor, lo que de seguro es compañía? , tal vez es como las demás mujeres de mentirosas — me dijo—.
— No creo. Yo se que aun hay mujeres que valen la pena por estos días en este mundo tan convulsionado. Es especial. No se explicártelo pero en un día normal, nosotros dos lo hicimos especial, fue una magia mutua que no estaba planeada y que más sin embargo se apareció. Fue sencillamente maravilloso haber compartido un pedazo de mi vida con ella, con la bella.
— Ojala.
Para entonces Isis había regresado y empezamos a contar un poco de nuestras vidas vividas en un tiempo de hace años atrás. Al terminar la reunión en un amanecer azul, nos despertamos a la realidad y dejamos aquel cuartucho de hotel que guardaría por el resto de su vida esa noche mágica y sensacional que pasamos.
— ¿Porque escogiste como reunión un hotel? — preguntó ella—.
— Digamos que para mi son los lugares mas oportunos, solos, grises, esporádicos, y en donde todos vienen con la seguridad que una mañana al despertar no se acordaran de nada— respondí— es un lugar que ami me gusta por que ahí la soledad te da las alas para volar al mundo de la literatura, es algo muy raro, para explicar.
— Acuérdate que fue en noviembre que venimos — dijo Cesar—.
— Si.
— ¿Y como se llama este hotel? — preguntó mi amiga—.
— No, eso si no lo preguntes — le dije—.
— ¿Porque? — Preguntó Cesar—.
— Porque la memoria luego encuentra caminos de regreso.
F.R.H
2 de noviembre del 2008.
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